El efecto Placebo

Un placebo es una terapia que no tiene eficacia médica, pero que puede tener efectos curativos o paliativos si el paciente cree que en realidad está tomando una medicina.

Los placebos son inocuos, normalmente píldoras de azúcar.

El placebo puede ser una pastilla, pero también una operación quirúrgica o un tratamiento psicoterapéutico, que sólo tiene resultados por el mero hecho de que algunas personas creen que se están medicando.

Antes de la llegada de los fármacos en el siglo XX, era el arma más potente de la Medicina contra la enfermedad. Excremento de cocodrilo, aceite de gusano, sangre de lagarto y hasta ser tocado por el Rey eran medicinas usadas entre el siglo XVI y el XIX.

Desde la publicación, en 1955, del libro “The Powerful Placebo” de H.K. Beecher, se reconoció que el 35% de los pacientes con una amplia variedad de enfermedades podría ser tratada sólo con placebo. En estudios posteriores, se ha visto que puede funcionar en el 70% de los casos.

El aspecto psicológico del placebo, particularmente el poder de la sugestión, es lo que se ha considerado hasta ahora para explicar su éxito, y con esta suposición gran parte de la comunidad médica ha reconocido su eficacia y lo aplica en numerosos casos.

El nacimiento del placebo puede atribuirse a una mentira de una enfermera del ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Las fuerzas aliadas tomaron por asalto las playas del sur de Italia. La enfermera estaba ayudando a un anestesista que estaba atendiendo a las tropas de EE.UU. bajo el bombardeo alemán. Cuando el suministro de morfina faltaba, la enfermera aseguró a un soldado herido que se estaba poniendo una inyección de un analgésico potente, aunque su jeringa contenía sólo agua salada.

Sorprendentemente, la inyección falsa alivó la agonía del soldado.

Para llegar al mercado de medicamentos, las compañías farmacéuticas tienen que demostrar que funcionan mejor que el placebo. Pero a veces el placebo es tan potente como lo real.

¿Por qué nuestros cuerpos responden de forma tan potente a medicinas falsas?

 

Cuando una persona cree que va a tomar una medicina, su cerebro activa una región vinculada a la habilidad de experimentar un beneficio o una recompensa, el núcleo accumbens, y segrega dopamina, provocando el alivio al dolor. Los neurólogos descubrieron así que el grado en que una persona responde a un tratamiento de placebo está vinculado íntimamente a la actividad que registre el área del cerebro destinada a obtener un beneficio o una recompensa.

Experimentos con ultrasonido contra el dolor de muelas comprobaron que el grupo al cual se le hacía la aplicación con el aparato desconectado también dejó de sentir dolor e inclusive mejoró de la inflamación.

Investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) han encontrado una nueva explicación: la genética.

En gente que sufría graves trastornos depresivos, o MDD, los genes que influían en los caminos de recompensa del cerebro pueden modular la respuesta a los placebos.

“Nuestros hallazgos sugieren que pacientes con MDD que tienen unos genotipos específicos MAO-A y COMT pueden estar biológicamente en ventaja o desventaja al crear una respuesta al placebo, debido a la actividad de estas dos enzimas”, dijo el Dr. AndrewLeuchter, que dirige el Laboratorio del Cerebro, Comportamiento y Farmacología en el Instituto Semel de UCLA.

“Hasta donde sabemos, es el primer estudio en examinar la asociación entre los polimorfismos MAO-A y COMT y una respuesta al placebo en personas que sufren un grave desorden depresivo”, comenta.

Leuchter señala que “esta no es la única explicación para una respuesta al placebo, que es probable que esté causada por muchos factores, tanto biológicos como psicosociales. Pero los datos sugieren que las diferencias individuales en respuesta al placebo están significativamente influenciadas por los genotipos concretos”, dice.

 

El color que tienen los comprimidos también inducen al efecto placebo:

Un estudio de la Universidad de Amsterdam demostró que los comprimidos de color rojo o negro tienen mayor “eficacia” que el resto. Y es que los blancos son percibidos como “más débiles”; los rojos, amarillos o anaranjados se consideran estimulantes y los azules o verdes consiguen transmitir tranquilidad. Las cápsulas, además, son más eficaces que las pastillas.

Se ha comprobado que los analgésicos más caros son los que mejor curan el dolor de cabeza mientras que las tabletas más baratas, cuando se sabe que lo son, a veces no resultan eficaces.

Los medicamentos inyectados consiguen mejores resultados que los orales pero la que se lleva la palma es la cirugía, aunque tan sólo consista en abrir y cerrar al paciente. Además, la eficacia de una terapia puede aumentar entre un 25 y un 75% si se dice que el tratamiento es muy potente, que la administración es complicada y que la terapia es muy moderna y eficaz.

A la vista de los resultados del placebo, superiores en muchas ocasiones a los de cualquier fármaco, la pregunta que algunos expertos se plantean es si es necesario gastar sumas ingentes en nuevos medicamentos con escasa diferencia de resultados en comparación al placebo.
La clave está en creer.Si creemos funciona.

Por otro lado existe el llamado efecto nocebo.

Este efecto también está identificado, y ocurre cuando a un paciente se le dice que tal o cual fármaco va a producirle tal o cual efecto secundario.

Así, si a un paciente se le dice que determinada medicina puede producir ardor de estómago es más probable que le de ardor de estómago que si no se lo dices. Si creemos que una acción o sustancia nos va a dañar, lo pasaremos bastante peor que si no tenemos esta creencia. Los médicos y familiares de pacientes temerosos e ‘hipocondríacos’ saben que a estos no les conviene leer los prospectos de los medicamentos, pues, por sugestión, probablemente irán padeciendo algo de lo que lean.

Diez años atrás los investigadores descubrieron algo sorprendente:

Las mujeres que se creían propensas a padecer del corazón al final acababan muriendo de alguna enfermedad cardiaca en una proporción cuatro veces superior al de otras mujeres, que con factores de riesgo similares, no tenían esos pensamientos tan fatalistas.

En otras palabras: el mayor riesgo de muerte no era ni la edad, ni el colesterol, ni el peso… sino la creencia de sufrir la enfermedad.

Si crees que estás enfermo acabarás estándolo.

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Publicado el 04/10/2014 en Principal y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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