Archivos Mensuales: agosto 2015

No tanto, pero casi

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Así no se vive

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La alemanización de la Unión Europea, incluyendo Grecia

montarejpgEn el discurso que dio el entonces Ministro de Finanzas griego el 15 de julio, el Sr. Yanis Varoufakis, se refirió a las reformas impuestas a Grecia por el Eurogrupo (en el que el Ministro de Finanzas alemán, el Sr. Wolfgang Schäuble, era una figura dominante en tal grupo) como comparables a lo que “ocurrió en Versalles”, cuando los vencedores de la I Guerra Mundial impusieron a Alemania unas medidas de tal dureza que fueron la causa, más tarde, de la aparición de la II Guerra Mundial. Tales medidas eran, ni más ni menos, los pagos que los Aliados exigían a Alemania como reparaciones por los daños creados por ésta a los vencedores durante el conflicto militar. La severidad de tales medidas, claramente sancionadoras impuestas por los vencedores a los vencidos, era la imagen a la que Varoufakis hacía referencia en su discurso, referencia que no pasó desapercibida a nivel internacional.

El sr. Varoufakis estaba así denunciando la victimización de Grecia por parte de los estados europeos, liderados por el estado alemán que, debido a su historia, tenía que haber sido especialmente sensible a no reproducir lo que los vencedores impusieron a su propio país a principios del siglo XX. La insensibilidad de este estado y de su gobierno ha sido abrumadora. En los años 50 del siglo XX se perdonó al estado alemán más de la mitad de la deuda pública que tal estado debía a los vencedores de la II Guerra Mundial (incluso a Grecia). Y a pesar de haber sido el máximo beneficiario de las políticas de reestructuración de la deuda pública que hayan existido en Europa, el estado alemán ha sido el que más se ha opuesto a reestructurar la deuda griega. Como dijo el alcalde (del partido conservador) de Londres, el sr. Boris Johnson, “el hombre con la pistola en la sien de Grecia es el Ministro de Finanzas alemán, el sr. Wolfgang Schäuble,… pues son los alemanes los que dirigen la campaña de dominar a Grecia”. Fue precisamente un conocido sociólogo alemán, Ulrich Beck, quien predijo que “era intención de la Canciller Merkel el alemanizar Europa, y que lo estaba consiguiendo”. Hoy, el estado alemán está consiguiendo lo que ni el Káiser ni Hitler pudieron hacer: es decir, el dominio de Europa.

El valor de las analogías históricas

Se dirá que las analogías históricas son intrínsecamente limitadas pues la historia nunca se repite por mucho que los parecidos entre dos momentos históricos sean muy notables. Así, se argumentará que este dominio alemán sobre el resto de Europa no se ha conseguido militarmente, y que los estados dominados han aceptado tal relación de dominación (se presenta como “liderazgo”) voluntariamente, deseando su pertenencia a tal Eurozona (donde se produce el dominio alemán), aprobada por las poblaciones de tales estados. El pueblo griego, por ejemplo, desea continuar perteneciendo al Eurogrupo. No es pues una situación alcanzada por la fuerza y/o por medidas militares, sino voluntariamente.

Ni qué decir tiene que estos argumentos que cuestionan tales analogías históricas tienen un elemento de verdad. Después de todo, aquellos que vivieron la ocupación nazi de sus territorios (como lo conoció el pueblo griego) saben que lo que ocurre ahora no es lo mismo que lo que ocurrió entonces. Ahora bien, que tengan un elemento de verdad no quiere decir, sin embargo, que tengan toda la verdad. Porque el dominio y la brutalidad con la que fue dominada Europa entonces, y lo es ahora, varía en su forma pero no en su contenido e intento. En ambos casos hubo un dominio brutal, que se ha expresado en la destrucción de un 25% en el PIB de Grecia, con consecuencias humanas duraderas y un sufrimiento enorme. Y esta es la realidad que debe denunciarse y movilizarse para poner fin a tanta crueldad y tanto dolor en aras de una dominación aceptada voluntariamente para ahora conseguir un futuro que nunca llegó ni nunca llegará.

Y, una vez más, este enorme poderío y dominio alemán fue promovido y amparado por los otros estados europeos y por el estado estadounidense en su intento, esta vez, de parar a la Unión Soviética, una de las causas del apoyo al establecimiento de la Unión Europea y de la Eurozona. Y este dominio tuvo y tiene unas consecuencias enormemente negativas para la periferia de la Eurozona, incluido España, Grecia, Portugal e Italia.

¿Cómo se perpetúa el dominio alemán?

La Eurozona no se puede entender como una suma de países, pues cada país tiene clases sociales que pueden o no compartir los mismos intereses. Alemania, por ejemplo, tiene clases sociales que, aun cuando comparten algunos intereses económicos, otros no los comparten. Y uno de ellos – en el que tales intereses no coinciden – es en el modelo económico de desarrollo dominante, cristalizado en las reformas Schröder-Merkel. Tal modelo económico está basado en la importancia que las exportaciones tienen en el desempeño económico del país. Es, en realidad, el modelo liberal por excelencia, pues su éxito depende de pagar a su clase trabajadora muy por debajo del nivel de su productividad. Esta circunstancia hace muy difícil a los países periféricos (a pesar de tener salarios más bajos que los alemanes) poder competir con las exportaciones alemanas.

El gran éxito de las exportaciones alemanas hace que el balance comercial (la diferencia entre exportaciones e importaciones) sea equivalente a un 8% del PIB alemán, que es una cifra elevadísima, muy por encima de lo que la Eurozona considera aceptable. Alemania exporta mucho más de lo que importa. Y ello se debe en parte a la limitada capacidad adquisitiva de la clase trabajadora alemana como consecuencia de sus salarios limitados. En realidad, Oskar Lafontaine, que fue Ministro de Finanzas del Gobierno Schröder, había propuesto que el motor de la economía fuera la demanda doméstica basada en un aumento de los salarios y del gasto público, medidas que, al no ser aprobadas por el canciller Schröder, determinaron su salida del gobierno y del partido socialdemócrata, estableciendo más tarde el partido “Die Linke” (Las Izquierdas), siendo hoy uno de los economistas más lúcidos de la Eurozona.

¿Qué ha hecho Alemania en tantos años?

Una cosa que no se ha hecho es lo que deseaba Oskar Lafontaine: aumentar los salarios, con lo cual se hubiera estimulado también la economía alemana y la europea. Lo que el establishment alemán hizo fue exportar los euros acumulados por las exportaciones, prestando a los países periféricos, siendo ésta la causa del crecimiento de la deuda privada y pública en estos países. Tras la burbuja inmobiliaria en España estaban los préstamos de la banca alemana a la española, y detrás de la enorme deuda pública griega estaban los préstamos de la banca alemana a los bancos y al estado griegos.

Y cuando los bancos españoles y griegos no pudieron devolver el dinero a los bancos alemanes, el estado alemán prestó dinero a los estados español y griego para que se los prestaran a sus bancos y así éstos pagaran su deuda a los bancos alemanes. Antepusieron así los intereses de sus bancos a todo lo demás.

Y para conseguir el dinero que se debía a sus bancos, el estado alemán ha sido capaz de llegar a unos niveles de dureza y brutalidad que incluso sorprendieron a autoridades monetarias del Estado Federal de EE. UU. En las recientes memorias del que fuera equivalente a Ministro de Finanzas del Gobierno Obama, el sr. Timothy F. Geithner, escribe que, en una conversación con el ministro alemán, le sorprendió la dureza que Alemania estaba dispuesta a utilizar frente al gobierno griego (anterior al de Syriza) en caso de que no siguieran las normas que el estado alemán proponía para conseguir el pago de su deuda. Y lo que es más preocupante es el apoyo del Partido Socialdemócrata alemán a las reformas Schröder-Merkel y a las medidas propuestas por la Canciller Merkel como condición del tercer rescate, que significan la continuación de tanto dolor.

Una de ellas es la imposición de las propuestas realizadas por el estado alemán (y aprobadas por las instituciones europeas) de que se establezca un fondo de privatizaciones, gestionado por las autoridades europeas, que fuercen al estado griego a privatizar la propiedad pública de tal estado, a fin de recoger 50.000 millones de euros. Una de las primeras privatizaciones ha sido la de los aeropuertos más rentables en las zonas turísticas griegas (a unos precios irrisorios), vendiéndose a una empresa alemana Fraport para su gestión. Esta compañía alemana gestiona varios aeropuertos en aquel país, incluyendo el de Frankfurt. Dígase como se diga, es un pillaje de los recursos públicos griegos hecho bajo la supervisión de las autoridades europeas (en las cuales la influencia del estado alemán es mayor), pillaje que se realiza bajo la amenaza (y que ya se realizó una vez) que el Banco Central Europeo no proveerá dinero ni a los bancos ni al estado griego en caso de que se desobedezca. Hoy lo que estamos viendo en Grecia es la III Guerra Mundial, guerra que está ocurriendo sin disparar un tiro y sin soldados, realizada por individuos con corbata y con una sonrisa en sus labios, prototipo de la burocracia europea y de los establishments financieros, económicos, políticos y mediáticos europeos que están, a la vez que supervisando las privatizaciones, imponiendo unos recortes de las pensiones, el 40% de las cuales no llega al umbral de pobreza en aquel país. En un lenguaje bélico, esta situación se definiría como “la ocupación de Grecia por el estado alemán”. En el lenguaje mediático tales términos no se utilizan por considerarse provocadores, ignorando con ello que no es la narrativa sino la realidad que aquella esconde la que debe denunciarse por haber convertido “el sueño europeo” en una mayor pesadilla para los pueblos tanto de la periferia como del centro de Europa.

Fuente

El lenguaje de la Bestia

La Bestia habla, tiene un idioma propio.

Esa bestia, a la que llamamos Sistema, tiene una presencia cada vez menos abstracta: ya empieza a ser un ente con unas características bien definidas y reconocibles.

Y una de ellas es un lenguaje propio, con unas lógicas propias y con una intencionalidad final concreta.

Un lenguaje que ha sido inoculado en nuestras mentes y que nos ha programado a todos sin que nos demos ni cuenta, para que seamos partícipes directos de la eliminación de nuestra propia identidad individual y de nuestra conversión en meras piezas de la maquinaria.

Como hemos dicho con anterioridad en otros artículos, el Sistema actúa como si fuera una especie de maquinaria psíquica, que está instalada en nuestras psiques, programando todas nuestras acciones de forma semi-inconsciente.

Es muy difícil identificarlo correctamente, pues no tiene nombre, ni cara, ni cuerpo, ni podemos hacernos una imagen clara de él; se refleja en todas nuestras expresiones culturales, en lo que creemos que son nuestros anhelos y sueños, en nuestras leyes, en nuestras creencias e ideologías.

Solo podemos detectar su presencia poderosa y omnisciente en los resultados, constatando que efectivamente está ahí, oculto en cada gesto y en cada uno de nuestros actos, dirigiendo la orquesta humana desde las sombras del inconsciente colectivo…

Pero desde hace un tiempo, relativamente corto, ha dado un salto adelante.

Ha salido de las sombras y ha empezado a hablar con una voz propia cada vez más reconocible.

El suyo es un lenguaje explícito, frío y eficiente…pero también es extremadamente sincero: nos dice, sin ambages, que no nos considera seres humanos individuales, sino simples números, susceptibles de ser sumados, restados o borrados en cualquier momento.

Lo podemos percibir en la profusión de lenguaje estadístico que inunda nuestras existencias y que nos ha convertido a todos en cifras abstractas parametrizables.

Un ejemplo claro de como ese lenguaje está calando en nuestras mentes y en nuestra visión del mundo y de la realidad, lo podemos encontrar en los medios de comunicación y más concretamente al escuchar cualquier noticiario televisivo.

Fijémonos, por ejemplo, en lo que encontramos en un noticiario televisivo de forma habitual.

Las noticias vienen acompañadas de una amplia profusión de fríos datos estadísticos, cuyo efecto principal es la uniformización, la despersonalización y la eliminación de cualquier expresión de individualidad.

Cuando combinamos esa deshumanización estadística con un bombardeo de imágenes morbosas, en forma de grandes desastres, espectaculares accidentes, explosiones, cadáveres, dolor y muerte, eso acaba teniendo un efecto devastador sobre nuestra forma de ver el mundo, a las demás personas y a nosotros mismos.

Nos hemos acostumbrado a ver morir a seres humanos y a convertirlos automáticamente en datos estadísticos en nuestro cerebro, en forma de muertos o heridos y clasificándolos según etiquetas, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Podríamos decir que la máquina nos está “mecanizando” a nosotros también, programando nuestras mentes con su lógica fría y calculadora, para que seamos como ella.

 

Pongamos un ejemplo: supongamos que por la televisión, en un noticiario, nos muestran uno de esos vídeos de accidentes desgraciados grabados con una cámara de vigilancia.

Nos muestran a una persona que pasea tranquilamente por la calle con su perrito y de repente, vemos como el animal cruza la calle de improviso, su dueño corre tras él y lo atropella un coche. Ver una imagen como esta, puede provocarnos un impacto emocional. No importa si esa persona es china, rusa, blanca o negra. Nos identificaremos con ella porqué está haciendo algo que podríamos hacer nosotros y le sucede algo que también podría sucedernos a nosotros mismos o a algún ser querido. Eso provoca que sintamos empatía hacia esa persona y que su desgracia nos provoque un cierto grado de dolor.

¿Pero qué sucede si yo acompaño esas imágenes con una nutrida dosis de fríos datos estadísticos?

Supongamos que nos muestran esas mismas imágenes, pero una voz en off nos va diciendo que “cada año mueren 1500 personas atropelladas por distracciones en las ciudades del país, de las cuales, un 25% fallecen” y posteriormente nos muestran vídeos muy cortos o en multipantalla de muchos otros atropellos en diferentes países, con los datos estadísticos comparativos de víctimas en aquellos lugares, con números de muertos, heridos y tantos por ciento de hombres y mujeres atropellados.

Esa profusión de datos, acompañada de las imágenes impactantes, tiene un efecto demoledor en nuestra forma de ver y sentir la realidad.

De repente, ya no vemos a esa persona desconocida concreta con la que podíamos identificarnos y que podía provocarnos empatía; esa empatía se ve sustancialmente reducida, porque esa persona pasa a ser el reflejo visual de un dato estadístico.

Bien, pues este efecto de programación en nuestra mente, se repite de forma incesante y constante, hora tras hora, día tras día, sin que seamos conscientes de ello, como un veneno que va calando en nuestra psique gota a gota.

Esa es la función principal de los medios de comunicación de masas: son la herramienta de uniformización masiva más poderosa de todos los tiempos.

Son la antena desde la que el sistema emite constantemente los paquetes de datos que deben ser instalados en nuestros cerebros para las consiguientes “actualizaciones diarias del software del Sistema”.

Si los analizamos con atención descubriremos que esta programación mental propia de una máquina, está estructurada con una serie de lógicas internas completamente perversas, de las que nadie se da ni cuenta.

 

El lenguaje de programación mental que nos transmiten los noticiarios, no se limita a reducir a las personas a simples cifras estadísticas: también las clasifica de forma lógica según un sistema de valores implícito, y a la vez, crea un sistema paralelo de simulación cuantitativa de empatía hacia los demás, algo parecido a una nueva sub-rutina de programación mental basada en emociones pre-fabricadas y parametrizables, cuyo objetivo es sustituir los posibles rastros de empatía real, espontánea y sincera que aún alberguemos y que nos caracteriza como individuos humanos.

Vamos a intentar aclarar lo que acabamos de exponer.

Cada día las noticias nos muestran a personas muriendo o sufriendo.

Pero a todos se nos hace más que obvio que los medios cuantifican sibilinamente la cantidad de empatía que debemos sentir hacia esas personas dependiendo de sus características: los medios no las tratan a todas por igual.

Hay diferentes escalafones, determinados por la raza o la proximidad étnica o nacional.

Incluso hay diferentes escalas dependiendo de las clases sociales y las profesiones.

Por ejemplo, en un noticiario cualquiera, de forma inadvertida y sutil, se nos transmite la idea de que un policía o un agente de la autoridad siempre tiene más valor que cualquier otro civil.

Cuando las víctimas son policías, siempre se cuentan aparte del resto, como si fueran de una clase superior. ¿Cuántas veces hemos escuchado narraciones del tipo “en el tiroteo, se produjeron 5 víctimas mortales, 2 de las cuales eran policías?”

Es una distinción continuada que los periodistas ya parecen hacer de forma inconsciente.

Pero en muchos casos, este tipo de distinciones no tienen nada de inconsciente, sino que estamos ante una manipulación emocional premeditada de carácter político.

Recordemos cuando en España sufríamos los atentados de ETA y moría un policía, un guardia civil o un militar: siempre nos decían cuántos hijos tenía la víctima, con la intención poco disimulada, de manipular nuestras emociones y generar una respuesta empática en favor de la víctima (y por lo tanto del gobierno) y de rechazo visceral hacia los terroristas.

Como vemos, el lenguaje de programación mental del Sistema que nos transmiten los noticiarios, contiene implícitamente una escala de valoración de las personas dependiendo de su “clasificación” dentro de la sociedad.

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Si en una noticia nos dicen que mueren 4 obreros en un accidente laboral (en el caso excepcional de que nos hablen de un muerto en accidente laboral que no lleve uniforme y pistola), ¿alguna vez nos notifican cuántos hijos huérfanos dejan esos trabajadores?

Nunca, o casi nunca.

Y la razón implícita de ello es que, siguiendo la lógica interna del Lenguaje del Sistema, un obrero tiene un valor muy inferior a un policía y por lo tanto no es necesario condicionar una respuesta empática artificial ante su desaparición, básicamente porque el sistema tampoco obtendría ningún beneficio al hacerlo, como sí sucede al tratar de generar empatía con alguien que representa a la autoridad y al poder.

Esa es la cruda realidad.

Pero la perversión implícita en este lenguaje del Sistema, va mucho más allá aún.

Este es un razonamiento que a algunas personas les puede incomodar, pero la realidad es que todas las catástrofes o tragedias que nos cuentan en los noticiarios, siguen unas fórmulas implícitas que todos tenemos asumidas de forma inconsciente.

Cualquier tragedia es cuantificable tanto en Magnitud como en Intensidad y dispone de su propia unidad de medida, como la tiene la distancia, el volumen, la fuerza o la corriente eléctrica.

No seamos hipócritas: la MAGNITUD de una tragedia se mide en Muertos. Y los heridos, son algo parecido a los decimales.

¿Cuántas veces hemos escuchado en las noticias algo como “el accidente provocó 21 muertos y 37 heridos”?

Eso significa que la magnitud de la tragedia, fue de 21.37

Un suceso con 1 muerto y 3 heridos, tiene una magnitud de 1.3 y uno con tan solo 26 heridos, una magnitud de 0.26

¿Parece un cálculo frío e inhumano de lo que es una tragedia?

Lo es. Es inhumano.

Pero este es el lenguaje de la Bestia, el lenguaje del Sistema, que inadvertidamente los medios de comunicación inoculan en nuestra psique.

Y todos lo tenemos plenamente asumido de forma inconsciente: programa nuestra mente como si fuéramos poco más que autómatas.

Pero no solo se cuantifica inconscientemente la Magnitud de las tragedias.

También se cuantifica la Intensidad de la tragedia, es decir, la carga emocional o empatía condicionada que debe provocar en el espectador.

Y para cuantificar la intensidad de la tragedia, existe otra unidad de medida: el Niñomuerto.

¿Cuántas veces hemos escuchado en las noticias algo como “el accidente provocó 200 muertos, 75 de los cuales eran niños”?

¿Qué nos transmite una noticia redactada de esta manera?

Pues que la tragedia tuvo una Magnitud de 200 y una Intensidad de 75.

La función final de la cuantificación de la Intensidad de la tragedia, midiéndola en niños muertos, es condicionar la cantidad de empatía que el suceso debe despertar en nosotros. Es un mecanismo que busca programar y cuantificar nuestra respuesta emocional, convirtiéndola en algo fácilmente parametrizable, como si fuéramos máquinas.

Puede parecer una exposición muy dura y descarnada, pero esa es la auténtica realidad y la podemos constatar cada día cuando encendemos la televisión, escuchamos la radio o leemos las noticias en un diario o en Internet.

Y puesto que todos hemos aceptado funcionar según estos parámetros de programación, ¡Dejémonos ya de tanta hipocresía y digamos las cosas por su nombre, de forma explícita y sin tantos rodeos!

Hagámoslo de una vez: añadamos ya estas unidades de cálculo de tragedia a las ya múltiples unidades de medida del Sistema Internacional. Pongamos al Muerto y al Niñomuerto al lado del Metro, el Kilogramo, el Amperio, el Newton o el Joule.

Que no mareen más la perdiz nuestros amigos los periodistas: que lo digan con toda naturalidad…”Última hora: se ha producido una tragedia de 200.42 Muertos de magnitud y una intensidad de 55 Niñosmuertos”.

Porque de hecho ya lo hacen y solo la repugnante hipocresía de nuestra sociedad y del mundo periodístico en particular, les impide exponerlo explícitamente.

Y ya puestos a arrancar máscaras y a aceptar sin tapujos que hemos sido programados con el frio e insensible lenguaje de la bestia, acabemos de deducir qué otras fórmulas se ocultan en su interior.

Hemos hablado de las unidades de magnitud e intensidad que sirven para cuantificar las tragedias y la respuesta emocional condicionada que deben provocar en el espectador.

Pero dichos cálculos se ven alterados por un conjunto de parámetros adicionales que no podemos ignorar.

Y es que como ya indicábamos antes, no todos los muertos cuentan igual.

Para calcular el valor de un muerto, también se aplica algo parecido a una fórmula matemática implícita, que incluye una serie de factores correctores.

La cantidad de valor que tiene un muerto depende de su profesión (un político cuenta más que un policía y un policía más que un barrendero o un camionero, por ejemplo); su posición social (un empresario rico vale más que un obrero); su nivel de celebridad (un jugador de fútbol famoso vale más que un maestro de escuela), etc…

Y a ello, debemos añadir los importantes factores correctores referentes a la raza, la cultura o la procedencia.

En Occidente, por ejemplo, un blanco vale por 1, un oriental vale por 0,3 y un africano negro o un indio, valen por 0,1; un hindú, un musulmán o un budista vale menos que un cristiano; un alemán vale más que un rumano y un norteamericano vale mucho más que un bengalí, etc…

Además, si la víctima habla tu idioma vale más que si lo hace en otro idioma; y podríamos decir que el valor dado a la víctima de una tragedia, también es inversamente proporcional a la distancia entre su lugar de origen y el tuyo.

A ello debemos añadir un factor adicional de corrección referente a la forma en que se han producido las víctimas. Por ejemplo, a un muerto en accidente de avión se le otorga un valor de tragedia superior a un muerto por hambruna, a causa del impacto visual y psicológico del suceso…y así con un largo etcétera de condicionantes diversos.

Todos estos elementos configuran algo parecido a una fórmula matemática que aplicamos de forma inconsciente a cada víctima cuando en las noticias nos hablan de cualquier tragedia o suceso.

Es este conjunto de rutinas lógicas, instaladas inadvertidamente en nuestra mente, las que provocan que sintamos un mayor impacto emocional por 4 muertos por un accidente de avioneta en nuestro país, que por 5.000 muertos en Etiopía a causa del hambre o de la guerra.

Si habláramos solo de “magnitud nominal” de la tragedia, la tragedia de Etiopía tendría una magnitud de 5000 respecto a la de 4 de nuestro país…pero los factores correctores reducen enormemente el valor de la unidad de magnitud de tragedia (el Muerto) en el caso de los etíopes, de manera que cada muerto etíope queda reducido a apenas unas milésimas de “muerto occidental” próximo a nuestra casa.

Sí, es muy cruel hablar en estos términos…pero así es el lenguaje de la bestia, instalado en nuestra mente y actualizado y reforzado, cada día, por los medios de comunicación.

Y lo aplicamos constantemente, como si fuera la cosa más natural y lógica del mundo.

Otra cosa es que nos neguemos a aceptar que nuestro cerebro está programado con estos parámetros…allá cada uno con su nivel de tolerancia a la hipocresía.

Esta es la cruda realidad y este es el lenguaje con el que la maquinaria del Sistema está programando nuestra mente a nivel profundo; susurra incesantemente sus cifras estadísticas en nuestros oídos, como un mantra que nos aturde las emociones, hasta el punto de que ya no vemos a las demás personas como iguales a los que amar o respetar, sino como datos sumables o restables, como puntitos lejanos que oteamos desde una gran altura y por los que no podemos sentir nada.

Este lenguaje, con su lógica fría y su simulación numérica y simplista de lo que es la emoción o la empatía, tiene la capacidad de convertir lo mágico, lo misterioso, lo inaprehensible, en una mera desviación estadística.

Por lo visto, es el lenguaje del nuevo mundo hacia el que nos encaminamos.

Un lenguaje científico y tecnocrático, en el que los individuos de valor incalculable, con sus sueños y talentos únicos, son sacrificados impíamente en los altares de la eficiencia del Sistema, para aumentar en un 0,1% algún indicador estadístico de la gran maquinaria.

Nos han infectado la mente con este nuevo lenguaje, con el objetivo de que nos adaptemos sumisamente al nuevo mundo que se está gestando y para que concibamos sus lógicas internas como algo natural e inevitable, como lo es el paso del tiempo , la ley de la gravedad o la constante de la velocidad de la luz.

Y de hecho, es algo que ya está sucediendo; la infección ya ha llegado a lo más hondo de nuestra psique.

Con la crisis, hemos visto como a gran cantidad de personas, con sus sueños, sus anhelos y décadas de esfuerzos denodados a sus espaldas, se las ha “desechado” como piezas inservibles, para favorecer un descenso de 100 puntos en la Prima de Riesgo, o para aumentar en un 0,3% el crecimiento económico interanual.

¡Y la mayoría de gente se lo ha tragado como si fuera la cosa más natural del mundo!

Por lo visto, la inmensa mayoría de la población está dispuesta a sacrificarse en pos de alguna cifra macroeconómica abstracta, sin tan solo preguntarse qué representa esa cifra, si es algo real o no, ni a quien favorece realmente la mejora de ese indicador de significado tan difuso.

Con expresión resignada nos encaminamos nosotros mismos hacia el altar de la oblación, siguiendo el sendero de la “responsabilidad ciudadana”, para ser sacrificados por la gloria del Dios-Sistema.

Las voces de los grandes sacerdotes resuenan en los altavoces mediáticos, prometiéndonos que “nuestra sangre fertilizará los campos y aumentará el rendimiento de las cosechas en un 10%” y conformados, nos tumbamos sobre el altar para que nos desollen…y ya ni tan solo, en el colmo de nuestra derrota como seres humanos, exigimos que se realice un ritual decente para nuestra inmolación, adornado con bellos cánticos de ofrenda o danzas ceremoniales; ¡Que va! Nos han programado hasta tal punto, que permitimos que cualquier funcionario gris y mediocre nos abra en canal y nos despelleje con desprecio, como si fuéramos reses en un matadero.

Y aquellos que se atreven a rebelarse y levantan sus gritos llamando a la rebelión, a la desobediencia, o incluso a quemar el templo, no tardan en ser acallados por sus propios compañeros, que los acusan de violentos, de insolidarios o de vagos improductivos que no están dispuestos a sacrificarse por el bien común, el progreso de la humanidad, o la recuperación patria.

Son los nuevos herejes, ahora denostados bajo el apelativo de “terroristas anti-sistema” y no tardan en ser golpeados o incluso linchados por esas masas dispuestas a eviscerarse por la “gran causa” del Dios-Sistema.

Imaginemos por un momento, ¿qué habría pasado durante esta crisis, o ahora, durante la impostada fase de recuperación, si el lenguaje de la Bestia no estuviera instalado en nuestra mente con toda su parafernalia estadística?

La reacción de la población habría sido muy diferente.

Si la gente no se hubiera creído, absolutamente convencida, que su sufrimiento y sus apuros servían para que la prima de riesgo bajara 70 puntos o las expectativas de crecimiento pasaran del 0,9% al 1,4%, nadie habría tragado con la situación. Los ciudadanos solo se habrían fijado en los aprietos de su día a día, solo habrían visto a sus hijos viviendo peor que antes y eso los podría haber llenado de una rabia incontenible de impredecibles consecuencias.

Sí, es cierto, la rabia ha existido, se ha reflejado en las calles de alguna manera, pero ha sido apaciguada en gran manera (entre otros factores) por la susurrante voz de la Bestia; con su lenguaje falaz y su profusión de datos, ha conseguido hipnotizar a las masas y desviar toda esa rabia real y tangible, diluyéndola en un mar de datos abstractos e incomprensibles.

Ha sido al otorgarle cifras estadísticas al sufrimiento individual, disfrazándolo de esfuerzo colectivo, cuando la gente ha aceptado sumisamente su estado de precariedad.

Cada gota de sufrimiento ha sido sustituida por un “dato estadístico esperanzador” que indicaba unos “prometedores resultados” y una “incipiente recuperación” y la gente ha seguido recibiendo los latigazos con la cabeza gacha, pensando “bueno, ahora toca remar fuerte, pero pronto llegaremos a puerto”, como esclavos en una galera romana a los cuales se les comunica, tras una jornada extenuante, que “han rendido un 0,25% mejor que el día anterior y que su navío es un 1,2% más rápido que el resto de galeras de la flota”.

Mucha gente dirá que ha sido el gobierno el que ha manipulado a la población, ofreciendo todos esos datos macroeconómicos esperanzadores; pero esa solo es una visión superficial de la situación. La realidad profunda, es que si nuestra mente no hubiera sido programada con el lenguaje de la bestia y si no lo hubiéramos interiorizado tanto, hasta el punto de alterar nuestra percepción de la realidad, los gobiernos no dispondrían de ningún resorte para conducirnos como un rebaño.

La clave de todo, radica en la aceptación de los programas mentales.

Somos esclavos en una galera, que pensamos:

“Hoy me han pegado 3 latigazos, pero la media para esta galera es de 4 latigazos diarios, ¡soy afortunado!”

“Hoy han muerto 8 remeros por extenuación, pero en el resto de galeras mueren 10…tenemos un índice de mortalidad del 80% respecto a la media de la flota romana, ¡qué satisfactorio!”

“Hoy ha fallecido mi compañero de remo; es el cuarto de este mes, lo que indica un descenso interanual en el número de compañeros fallecidos en acto de servicio…¡Las condiciones mejoran!”

¿Dónde está la dignidad y el amor incondicional por la propia vida y por la de los demás?

Si pensamos así, si sustituimos cada latigazo y cada abuso, cada muestra de nuestra hiriente esclavitud e indignante sometimiento, por un dato estadístico vacío de sentido, ¿quién es el principal culpable de nuestra situación? ¿El que abusa de nosotros y lo decora con datos vacíos para sacar beneficio de nuestro lavado de cerebro, o nosotros, que nos creemos este lenguaje y lo tenemos interiorizado como si fuera algo real?

¿Qué sucedería si ignoráramos toda esta acumulación de datos vacuos y nos centráramos en el dolor del latigazo y en la injusticia de estar encadenados en un navío, remando hasta la muerte, para beneficio de un sistema que desprecia nuestra existencia?

A base de calcular las condiciones estadísticas de nuestra esclavitud, hemos acabado olvidando lo realmente esencial: que somos esclavos, que estamos encadenados a un remo y que nos pegan latigazos para que sigamos remando.

Solo centramos nuestra atención en contabilizar los latigazos, en lugar de focalizar toda nuestra energía en luchar por dejar de ser unos esclavos de una vez por todas.

¡Debería darnos vergüenza!

La dignidad no se puede cuantificar; no es algo negociable o relativizable. Se tiene o no se tiene. Uno se respeta a sí mismo o no se respeta. Punto. Y lo mismo sucede con las demás personas.

Como ya hemos dicho otras veces, nuestro valor real es incalculable.

Pero es algo que hemos olvidado por completo.

Debemos reconocer que el Sistema es una maquinaria tremendamente eficiente a la hora de manipularnos y reducirnos a la nada.

Ha conseguido programar nuestras mentes, primero para que sacrificáramos nuestras vidas por conceptos abstractos, pero con un reflejo tangible y real, como eran las patrias, las religiones y las ideologías.

Y con el paso del tiempo, ha dado un paso más y está consiguiendo que sacrifiquemos nuestra existencia y nuestra dignidad por simples datos estadísticos, mucho más abstractos y difusos, hasta el punto de que prácticamente existen solo dentro de nuestra mente.

Podemos decir, alto y claro, que los datos y las macro-cifras estadísticas, son la nueva representación de la divinidad.

La imagen icónica del nuevo Dios al que debemos entregar nuestras vidas y las de nuestros hijos si es necesario.

Ahora, la santísima trinidad son la Eficiencia, el Rendimiento y la Sostenibilidad.

A través de ellos se alcanza el paraíso.

Todos hemos aceptado este nuevo modelo de divinidad; todos nos hemos subyugado servilmente a esta entidad abstracta.

Y con ella, aceptamos la autoridad implacable de sus máximos representantes: los tecnócratas, los flamantes sacerdotes de la nueva religión mundial.

Ellos son los portavoces máximos de los designios de nuestro nuevo dios: la Máquina-Sistema, que exige continuos sacrificios de sangre para ser cada vez más eficiente.

Los viejos dogmas de fe de la religión han muerto para siempre: ahora la nueva religión es la ciencia y tiene un lenguaje litúrgico propio.

Las túnicas han caído y las sotanas se apolillan en los armarios por el desuso…pero que nadie crea que los viejos sacerdotes han desaparecido.

Ahora llevan batas blancas cuando pertenecen a la Sagrada Orden de los Científicos, o visten trajes y corbatas cuando forman parte de la Santa Orden de los Economistas; y han cambiado sus cruces y báculos por tubos de ensayo, escáneres cerebrales y completas auditorías de las cuentas.

Sus antiguos sermones se han convertido en sesudos estudios científicos igualmente dogmáticos, pues son portadores de una supuesta verdad absoluta indiscutible, respaldada por presuntos datos incontrovertibles.

Es la religión del Nuevo Mundo.

Un Nuevo Orden donde el destino de los individuos seguirá estando escrito de antemano, como antaño.

Ahora vendrá determinado por tantos por ciento y cifras solo escrutables por los magnos sacerdotes; nuestro destino vendrá determinado por nuestra inclinación genética, cuantificable mediante probabilidades y por condicionantes socio económicos parametrizables mediante análisis estadísticos.

Los nuevos sacerdotes determinarán si en base a estos datos debemos ir en una dirección o en otra; determinarán si seremos más eficientes para el sistema ocupando una u otra posición social; si seremos prescindibles o si debemos ser reciclados; si iremos al cielo de la eficiencia o al infierno de la improductividad.

La nueva doctrina, vomitada por los nuevos sacerdotes nos dice: “No sois nada. Solo sois paquetes de datos clasificables. Y estáis al servicio del Dios-Sistema. Lo amaréis por encima de todas la cosas y temeréis su ira cuando oséis ignorar sus designios”

¿Acaso no son los mismos conceptos que han encadenado nuestras mentes durante milenios, pero mucho más evolucionados y perfeccionados?

¡Es fascinante la capacidad que tiene el Sistema para cambiar de piel y adaptarse a las nuevas circunstancias que su propia evolución va generando!

 

Fuente

 

 

 

 

 

Madrid para las élites

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Los cristales del Café Comercial, que desde que se anunció el cierre están cubiertos por dentro de papel continuo marrón, están llenos por fuera de papelitos en forma de corazón con mensajes de cariño, indignación y memoria. Es la reacción de los madrileños ante el cierre del café más antiguo de Madrid, pero no están ahí por puro respeto a la antigüedad, sino por la cantidad de recuerdos que contenía el café, y sobre todo por la cantidad de cosas que podrían haber seguido pasando ahí y que ya no pasarán más. Es bonito, el gesto de los papeles. Una bonita despedida. Te arranca hasta una media sonrisa, que se te pasa cuando piensas que esos papelitos irán a la papelera, como tantas otras cosas, cuando desmonten definitivamente el local del Comercial y lo conviertan en aquello que está por venir. Podemos hasta jugar a adivinar. ¿Qué será? ¿Un Starbucks? No, hay uno unos metros más abajo en la misma calle Fuencarral. También hay ya tiendas de todas las compañías telefónicas, además de tienda de Apple, VIPS, 100 montaditos, Tiger… Podría ser un Bershka, o cualquier tienda de ropa de ese tipo, aunque la mayoría de esas tiendas están más cerca de Gran Vía. No, quizás la mejor apuesta sea un Burger King, que es lo único de ese tipo que falta en la zona, y que así le haría competencia al McDonald que hay enfrente.

Pasan apenas cinco días de la noticia del cierre del Café Comercial y nos llega otra, la del cierre del bar Noviciado, apenas unas calles más allá, que cae víctima de la renta antigua. El Noviciado es mucho menos histórico, romántico y literario que el Comercial, es más bien un bar de batalla, de los de toda la vida. Forma parte de la vida reciente de muchos jóvenes y no tan jóvenes por un motivo muy sencillo: vendía bocadillos a 2,20, y otros muchos platos a precios accesibles. En una época donde el paro y la precariedad definen radicalmente nuestra economía, y en un barrio tan, tan moderno que define su modernidad y su actualidad a base de que todo sea cada vez más caro, esos bocadillos contundentes eran la garantía de que aunque tuvieras poco dinero podías hacer vida en Malasaña, de día o de noche, y comer a un precio decente. Era el refugio válido para todos. Apenas hay un par de sitios más así en Malasaña, excepciones en territorio de precios disparados. Ahora hay uno menos.

Duele el recuerdo e invade la nostalgia. Pero esto va mucho más allá de las historias particulares del Comercial o del Noviciado. Esto va también, y sobre todo, de que se están perdiendo sitios que no solo han definido el carácter y la historia del barrio, sino que además han permitido que éste fuera accesible y vivible para muchas personas que cada vez tienen menos cabida en él, porque no se lo pueden permitir. Con este tipo de pasos avanzamos hacia una ciudad cuyo centro deja de tener barrios para la gente y pasa a tener ambientes de moda para la élite, de forma que si tienes dinero, puedes acceder a todo, pero si no lo tienes, tu sitio está en la periferia, porque aquí ya no puedes acceder a la vivienda, ni al ocio, ni a la comida, ni a nada. Como consecuencia el barrio, Malasaña en este caso pero podrían ser muchos otros en muchas ciudades, se vacía de familias, de jóvenes que empiezan a construir sus vidas o de gente mayor, porque los precios se hacen inaccesibles para la gran mayoría de la sociedad. Acabamos teniendo calles dedicadas meramente al consumo, en las que ya no tienes protagonismo como persona sino solo como consumidor, y convertimos el centro de la ciudad en un escaparate, una fachada continua de tiendas de franquicias o de grandes cadenas, prácticamente iguales a las que encuentras en cualquier otra gran ciudad. A pesar de su resistencia hasta rozar la asfixia, las iniciativas locales y los pequeños comercios pierden su espacio, porque es imposible que compitan económicamente con los alquileres que pagan las grandes empresas que van devorando espacio a su alrededor.

Los cierres del Comercial y el Noviciado son una muestra más de un barrio que nos echa y de una ciudad que nos roban. Hablamos mucho en los últimos tiempos de la necesidad de regeneración política, pero es muy difícil construir democracia real si nuestro propio entorno urbano está estrictamente ordenado en términos económicos, en vez de en términos de horizontalidad, transversalidad e integración social. Igual que la educación influye de forma determinante en nuestros valores como sociedad, también lo hace el entorno en el que nos desarrollamos como personas. Al priorizar la rentabilidad y el dinero, generamos espacios de privilegiados y de desfavorecidos (si no tienes dinero, no vayas al centro), eliminamos espacios de desarrollo personal no relacionados con el dinero (por ejemplo, cada vez más las plazas están absorbidas por las terrazas de los bares), reducimos drásticamente casi todo lo que tenga que ver con el arte (sin ir más lejos, olvídate de las tertulias literarias del Café Comercial) e inculcamos a todo el que esté por venir que el espacio público se ordena en función de rentabilidad, eficiencia y consumo. En resumen, perdemos. Perdemos la libertad de cada persona de tomar decisiones vitales en su propia ciudad sin depender de su situación económica, perdemos la variedad y la riqueza del pequeño comercio no sometido a los intereses y a las condiciones laborales a menudo precarias de las grandes multinacionales, perdemos acceso a la diversidad social y artística, y perdemos una ciudad horizontal donde no te sientas cada vez más abajo en función de tu poder adquisitivo. Perdemos como individuos y perdemos como sociedad, cada vez más focalizada hacia el consumo.

El Comercial y el Noviciado no han sido los primeros, ni serán los últimos. Vendrán más. Y por cada uno de estos sitios que cierre, no solo perderemos recuerdos, también nos estarán robando un pequeño gran trozo de nuestro derecho a la ciudad. Es necesario ser conscientes de lo que esto supone y exigir medidas políticas y sociales que no solo defiendan la historia del café más antiguo de Madrid, sino sobre todo que planteen un espacio urbano ordenado en función de las necesidades de la gente y la sociedad, y que no esté exclusivamente sometido al beneficio empresarial. Cuando en la ciudad quepamos todos, estaremos cambiando el futuro.

Edge of Stability

 

 

Vivir Consciente

La percepción superficial de la información que se cultiva dentro de la sociedad contemporánea elimina totalmente la visión individualizada de la realidad, convirtiendo a la persona en una especie de robot al servicio del sistema. La educación, todo el sistema de valores que nos imponen la sociedad, la televisión y la familia, tienen el mismo objetivo: hacer que pensemos lo menos posible.

Hoy en día, la formación adecuada y las prácticas de autodesarrollo son más asequibles gracias a los medios de comunicación social.

El psicólogo británico Ken Robinson, autor del libro The Element: How Finding Your Passion Changes Everything, echa toda la culpa al entorno que agota rápidamente los bien escasos recursos psicológicos de la persona haciéndola percibir de manera continua los flujos informativos sin poder analizarlos debidamente. Una de las opciones sería desconectarse temporalmente de los medios de comunicación, el teléfono e Internet para tratar de recobrar energías. Pero tenemos dependencia informativa parecida a la drogadicción. Estamos pendientes de tantas minucias, sin hacer caso a cosas realmente importantes, como, por ejemplo, los descubrimientos científicos capaces de voltear nuestra conciencia.

Se suele pensar que algunas personas son creativas y otras no. Pero esto no es del todo cierto. La creatividad es algo inherente a la naturaleza humana. Pero el sistema la oprime a través de las guarderías infantiles y escuelas. El pensamiento divergente es la capacidad de pensar de manera distinta a los clichés aprobados, lo que justamente constituye la variable creativa de la mentalidad humana. Según estudios científicos, el nivel de divergencia en los niños de edad preescolar alcanza el 98 %, pero disminuye hasta el 10 % en los de la secundaria y sigue bajando. Para los veinticinco años, la persona apenas si tiene el 2 % del nivel de divergencia. Un ejemplo muy simple. Frente a cualquier circunstancia inesperada, como un apagón eléctrico o cosas por el estilo, la población de las grandes ciudades se da al pánico. La dependencia de las altas tecnologías puede llegar a extremos críticos, cuando la persona se siente despistada e incapaz de hallar soluciones frescas.

Las tecnologías modernas nos facilitan mucho el logro del resultado, por lo que acabamos delegando parte de las funciones a los equipos mecánicos o electrónicos para nunca más volver a pensar en ellas. Así, los niños contemporáneos ya no son tan ágiles para contar mentalmente, prefieren andar con una calculadora. Por un lago, esto les permite liberar energías, mas por otro, simplemente dejan de hacer esfuerzo. Algunos psicólogos aseveran que por esta misma razón puede disminuir la capacidad imaginativa del niño, porque si antes le bastaba un palito para imaginarse montando a caballo, ahora hay formas concretas, visualizada del animal, lo que debilita su potencial imaginativo. -Evgueni Tatárintsev-.

El sistema de enseñanza parece estar concebido para matar la capacidad de reflexionar. El experto agrego que las clases de informática a nivel de primaria tienen efecto negativo, porque son demasiado profundas. En vez de dibujar y esculpir, los niños preparan presentaciones según esquemas estándar. Teóricamente, la escuela puede crear condiciones adecuadas para el desarrollo de la creatividad infantil, pero es la familia la que debe tener el papel central en este asunto.

El niño, desde que nace, comienza a estudiar el mundo que lo rodea. Es inteligente, activo y aprehensivo porque aprovecha sus tres herramientas básicas a la vez: la inteligencia, el cuerpo y las emociones. La armonía de estas tres funciones asegura su desarrollo equilibrado a partir de la curiosidad y el interés.

La mayoría de las personas no siente su cuerpo, ni sus emociones. No los analiza, ni es consciente de ellos. Es esto lo que nos convierte en robots. Los niños, en cambio, tiene muy bien desarrollada esta “inteligencia corporal”. Sienten muy bien su cuerpo y sus emociones, así como las emociones de otras personas. La crueldad del proceso educativo hace que el niño vaya perdiendo contacto con su cuerpo, y al separarse del mismo, se llene de estereotipos impuestos y obligaciones de todo tipo.- Anfisa Kalistrátova-.

Los psicólogos destacan dos enfermedades del siglo XXI, o mejor dicho, dos formas de neurosis que atormentan la conciencia de la mayoría de las personas. La escasez de dinero y la falta de tiempo. Las dos cosas son fantasía pura, un autoengaño que remplaza las necesidades auténticas que solo podemos ver si nos detenemos un instante para escudriñar en el interior de nuestra mente. ¿Qué es lo que realmente necesitamos? ¿Qué queremos? ¿A dónde vamos?

 

Fuente

Kommon Blog

Free The Writers

Café de Papel

Historias que vale la pena compartir

Te miro me miras... Nos miramos

El blog de María G. Vicent

Nonet

Unas palabras especialmente para ti....

LA ZONA TRIBAL

.......ELIGE BIEN LAS PIEZAS DEL PUZZLE

Las termitas del cielo

Entropía callejera

#Barbanza

Mirada subjetiva de las noticias, con mucha picardia e ironía en #Barbanza

QUEBRANTANDO EL SILENCIO

.......ELIGE BIEN LAS PIEZAS DEL PUZZLE

風俗に生かされている

風俗に生かされている男の風俗探検!いろんな地域、いろんなジャンルの風俗を好き嫌いせず体験していきます。