Archivos Mensuales: febrero 2017

A granel (Guillemo Viglione)

El hipermercado cerró los ultramarinos y mató las conversaciones de barrio. El autoservicio dejó las compras sin balanza y sin palabras. Prohibido bromear con la cajera que se forma cola. Hay cajas rápidas para los que llevan pocos productos y ya hay cajas en las que te cobras tú mismo. Las lechugas vienen en bolsa y deshojadas. Las manzanas maduran en bandejas de plástico rígido.

Éste es un mundo empaquetado, enlatado, etiquetado, clasificado, embotellado, precintado, embolsado, plastificado, deshuesado, desgrasado, pelado, precocinado y loncheado. Un mundo no retornable de PVC, Pet, Tetrabrik, aluminio, poliestireno expandido y mil tipos de plástico. Una vida insostenible, marcada, como nuestros productos, con fecha de caducidad.

El progreso es aséptico. Escrupuloso. Exacto y desapasionado. Yo prefiero vivir a granel. Comprar al corte. Que vuelvan las hueveras y el vermut de barril. Los mercados y los mercadillos. Conocer a quien regó los tomates. Rellenar sifones y devolver los cascos. Comprar lento, charlar y perder el tiempo.

No quiero una vida envasada al vacío. Aspiro a ser parte de un mundo imperfecto e inexacto. Amar a granel. No dosificar los besos. Derrochar abrazos. Reír a puñados. Hacer manojos de caricias y gastarlos sin recato.  No dar las gracias ni pedir perdón con cuentagotas. No poner etiquetas. Gastar la amistad a raudales. Soñar sin rigor y sin medida.

Comerme la vida a bocados y atragantarme de ella.

 

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Televisión espectáculo y democracia

Justo en este año 2017 se cumplen cincuenta de la publicación de La societé du spectacle (en español, La sociedad del espectáculo. Pre-Textos, 2005). Se trata de un libro del filósofo francés Guy Debord en el que venía a decir que todo en nuestras sociedades capitalistas se ha convertido en representación, en un espectáculo que no es sino la imagen invertida de la sociedad real en la que vivimos.

Decía Debord que el espectáculo que nos rodea y nos inunda es la consecuencia del cambio definitorio de nuestra civilización capitalista, el que convierte las relaciones de cercanía entre la gente en relaciones entre mercancías cuando el universo del mercado absorbe y coloniza a toda la sociedad.

Ese espectáculo, decía, no es solo una colección de representaciones o imágenes que nos ofrecen para nuestra diversión sino una relación social de la que formamos parte a través de una pertenencia enajenada que nos lleva a vivir en un estado de falsedad sin réplica y sin futuro posible, en un constante presente.

Pero esa espectacularización de la vida no es ni mucho menos inocua. El espectáculo que se nos presenta como la forma amable, ligera, la más familiar y sencilla de contemplar nuestro alrededor, es en realidad la estrategia de dominio más sofisticada que se haya podido inventar porque se convierte en “el amo absoluto de los recuerdos y el dueño incontrolado de los proyectos… el espectáculo puede dejar de hablar de algo durante tres días y es como si ese algo no existiese. Habla de cualquier otra cosa y es esa otra la que existe a partir de entonces” (G. Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo).

La televisión es el medio privilegiado no solo para hacer visible esa representación distorsionada sino para construirla. De inmediato, el espectáculo televisivo nos atrapa y nos involucra sin remedio en la representación para hacernos, justo en ese mismo instante, sujetos pasivos, con capacidad de vivir, como he dicho, solo en el presente y, por tanto, sin necesidad de réplica orientada a diseñar cualquier otro tipo de hoy día o de futuro.

Allí, en la televisión-espectáculo, se expresan y se resuelven en la banalidad todos los relatos que tejen la vida social y así nacen, como también decía Debord, una política-espectáculo, una justicia-espectáculo, una medicina-espectáculo… y, añado yo, incluso una economía-espectáculo. Las vemos (involucrados, incluso sin querer, en ellas) cada día y a cada instante.

La televisión convertida en la fábrica del espectáculo se ha convertido en el entramado que organiza con brillantez y eficacia la ignorancia sobre todo lo que nos sucede y el olvido de lo que, a pesar de todo, haya podido llegar a conocerse. Y gracias a ello -sigo utilizando las palabras de Guy Debord- se ha podido acabar “con aquella inquietante concepción, que dominó durante doscientos años, según la cual una sociedad podía ser criticable y transformable, reformada o revolucionada”.

En España, como en tantas otras cosas, estamos viviendo todo esto igual que en otros países pero a nuestra manera, es decir aceleradamente y con exageración. El espectáculo y la banalización de todo lo que en la realidad es complejo ha capturado a todas las fórmulas del debate social.

Se ha convertido en espectáculo la búsqueda de pareja, la intimidad de los hogares y las familias, el amor o el desamor entre los matrimonios, la búsqueda de trabajo, el fracaso empresarial, la inocencia de los niños, la preparación de platos de cocina, el conocimiento o las operaciones de cirugía estética pero también la política y el debate sobre la economía y la forma de satisfacer nuestras necesidades más inmediatas.

No es cuestión baladí porque el espectáculo consiste en reducir cualquiera de esos trozos de nuestro alrededor y la realidad en la que estamos como un todo a fuegos de artificio, en expresarla del modo más simple o soez -si hace falta-, en gritarse unos a otros llamando constantemente la atención para que todas las miradas converjan, ajenas al exterior y a la contingencia de nuestra época, en el momento presente y en la mera anécdota.

Cuando el debate político o el económico se convierten en espectáculo televisivo también se aprovecha la representación para invertir los componentes de la realidad (intereses, ideologías, poder, clases…) y así poder deformarla. Se acaba con la historia y con el saber contrastado sobre el presente haciéndolos innecesarios para descubrir la verdad, porque desvelar las evidencias es el papel que ahora corresponde en exclusiva a los expertos. Y el diálogo, el contraste y la deliberación que son los elementos imprescindibles para generar conocimiento real se sustituyen por fanfarrias y voceríos, por los insultos propios de quien se limita a exponer lo poco o mucho que sepa como quien asalta una trinchera enemiga.

De espaldas, sin debate auténtico, sin necesidad de oírse uno a otro ni de utilizar como punto de apoyo algo del pensamiento ajeno, ya no puede existir lo verdadero -lo dice también Debord- sino, a lo sumo, verdades que no lo son porque lo son solamente de cada uno, meras hipótesis que nacen para no llegar a ser alguna vez demostradas. Así es natural que los contrastes solo puedan dirimirse entre insultos y agresiones, sin dejar hablar al oponente y que no importe que la mentira se use como sujeto, verbo y predicado. Que sea una constante sobre la que nadie pide explicaciones ni que su uso conlleve responsabilidad, solo el alimento que oxigena su propio alarido.

El morbo, el escándalo, la lágrima, la agresión, el insulto de los que se nutre el espectáculo se perciben como expresiones ingenuas, efusiones de espontaneidad y libre albedrío, un resultado de la naturalidad con la que los actores dejan correr sus sentimientos y emociones en complicidad no expresa con la parte del público que se identifica con cada uno de ellos. Pero, en realidad, el espectáculo está perfecta y milimétricamente diseñado y programado, como cualquier buena representación, para que todos esos elementos produzcan en los espectadores justo el efecto emocional (político) que se desea producir. Para ello y por esa razón, los actores que intervienen en el espectáculo televisivo, en la política-espectáculo o en la economía-espectáculo, no lo hacen por lo que son, ni los expertos por lo mucho o poco que saben, sino por el papel que representan. Y son seleccionados para que en conjunto se conforme el mosaico de emociones e impactos que se corresponda perfectamente con el efecto final que se busca provocar.

En la televisión-espectáculo nada se deja al azar aunque lo que se busca se esconda, como se esconden los trucos en los juegos de manos. El presentador o conductor (nunca mejor utilizada esta expresión de connotaciones mussolinianas) recibe constantemente las órdenes a través del “pinganillo” para que el programa discurra justo y exactamente por donde los propietarios del mundo que son sus dueños han determinado previamente que debe discurrir, y su desarrollo se modifica, se reorienta, se acelera, se pausa o sencillamente se corta en el momento necesario para que el efecto producido sea el buscado y nunca otro diferente. El “debate” en la televisión-espectáculo no se coordina u organiza -aunque lo parezca- como la escena donde hay un contraste que produce pensamiento libre sino que se conduce, se gobierna, según se ha decidido previamente para que genere el no-saber que se quiere producir y difundir. Es un acabado producto de diseño para acabar con el diálogo social que genera conocimiento auténtico como base de una auténtica democracia.

Dice con toda la razón Amartya Sen que la democracia es un sistema exigente, y no sólo una condición mecánica (como el gobierno por la mayoría) tomada aisladamente: “tiene complejas exigencias, que ciertamente incluyen la votación y el respeto por los resultados electorales. Pero también requiere la protección de libertades, el respeto por los derechos legalmente conferidos, la garantía de discusión libre, la distribución de noticias y comentarios sin censura alguna. Hasta las elecciones pueden ser tremendamente defectivas si ocurren sin que los diferentes participantes tengan una adecuada oportunidad de presentar sus posturas, o sin que el electorado goce de la libertad de obtener noticias y considerar los puntos de vista de los protagonistas principales.” (La democracia como valor universal).

La televisión-espectáculo que banaliza los problemas sociales y degrada su análisis hurta a la sociedad justamente lo que resulta imprescindible para que la democracia llegue a serlo realmente: la posibilidad de contemplar todos los componentes de la realidad para deliberar sobre ellos con todos los puntos de vista por delante. Es el instrumento más útil que puede haber para acabar con la democracia sin que nos vayamos dando cuenta de ello.

 

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Los fabricantes de Trumps

Vivimos en una sociedad que no relaciona actos con consecuencias. Cualquiera ve que, en circunstancias normales, al abrir un grifo sale agua y al no cerrarlo en horas se produce una inundación. Para los grandes hechos de nuestro tiempo esa regla de acción/resultado parece obviarse, a pesar de todas las evidencias. El nuevo presidente estadounidense Donald Trump es hijo directo de muchos errores y atropellos. Y los poderes varios siguen sin ver su responsabilidad y por tanto alimentando el fenómeno.

Donald Trump ha organizado un desastre monumental en poco más de una semana en el cargo. Su decreto migratorio contra países de mayoría musulmana con los que no tiene negocios (los unidos por lazos comerciales con él no están incluidos) ha ocasionado un caos humanitario, legal, institucional, de relaciones internacionales, sin precedentes. Una de sus últimas gestas por el momento destituir a la fiscal general interina por negarse a defender su polémico veto. Pero ha habido mucho más después. Le colgó el teléfono al presidente de Australia, lo que está provocando manifestaciones sin precedentes en Melbourne.  La más escandalosa a esta hora es la declaración de la jefa de camapaña de Trump y ahora asesora principal Chris Matthews. Se ha inventado una masacre que nunca existió a la que ha llamado Bowling Green massacre, atribuida a dos irakíes y culpa de Obama, para justificar el veto a los musulmanes. Cuesta creer que, desde instancias oficiales, se pueda llegar a más. El concepto que la propia Matthews acuñó: realidades alternativa, es decir, mentiras como montañas.

Lo previsto, sin embargo. Con 70 años, y dada su ostentación y presencia en medios, pocos pueden decir que no supieran cómo era Trump. Sobradamente conocidos sus métodos empresariales, se le relaciona incluso con las mafias neoyorquinas. Su ideología, xenófoba, racista, machista y de la más cerril extrema derecha. Su pueril egolatría. Su jactanciosa y vulgar forma de vivir, en su propia torre de oro, rodeado de una familia de plástico. ¿Quién ha podido pensar que un ser así va a ocuparse del bienestar de los ciudadanos?

En pocos días hemos profundizado en muchos más datos inquietantes. Su falta absoluta de empatía hacia los demás. Hacia poblaciones enteras de seres humanos, prohibidos por su origen. Hacia su propia familia incluso. Las declaraciones de su esposa, la tercera, Melania, las de él mismo, duelen en la dignidad de mujer. Es como si el multimillonario Donald se hubiera comprado una geisha que ni defeca, valorada por “sus pechos” y su belleza y, sin duda, por su sumisión al marido. Pasados los días, por cierto, Melania ha desaparecido del mapa y cumple las funciones de primera dama, viajes incluidos, la hija favorita de Trump, Ivanka.

 Con sus subalternos, prescinde hasta de la cortesía: se informa que ha prohibido al personal de la Casa Blanca que le hable o le mire si se cruza con él, a no ser que el presidente desee hacerlo y tome la iniciativa. Lo nuevo es que ha dictado una norma por la que los hombres deben usar corbata y las mujeres “atuendos de mujer”.

Esa forma de firmar sus incendiarios decretos como soltando la cuchilla de una guillotina. Esa firma enorme, apretada, con altos picos de soberbia. Ahora, con la euforia de su éxito definitivo: la cima del mundo. Se ha rodeado de fieles que refuerzan su ego, rechazando a los expertos. En cabeza, Steve Bannon, un activista de ultraderecha, aupado desde la web de difamación y propaganda Breitbart News, a convertirse en el principal asesor presidencial, elemento imprescindible en el Consejo de Seguridad Nacional. Hemos sabido que Trump es una persona influenciable y que Bannon le ha tomado la medida. A juego con todo el equipo, la nueva embajadora ante la ONU, Nikki Haley, hizo gala de la Diplomacia Trump en su presentación con este mensaje: “A quienes no nos apoyan, estamos anotando sus nombres”. Nadie sensato se extraña del temor e indignación que esta presidencia norteamericana suscita.

Trump era un elemento perfectamente conocido, un peligro global. ¿Quién ha podido votarle y confiarle la dirección de su país? Millones de descontentos, sin criterio. Deslumbrados por un botarate –como buena parte de ellos– que ha llegado a tener mucho dinero. Dinero, el gran valor de nuestro tiempo. Y sin duda unos cuantos unabombers del sistema, enfurecidos con la situación.

Alguien, mucho antes, abrió el grifó y no lo cerró. Alguien fabricó al Trump presidente, a los votantes de Trump y a esa ciudadanía abotargada, pisoteada, maleable, abandonada en suma. Es asombroso que no previeran consecuencias a la gran estafa que llamaron crisis. Al fomento de la desigualdad, a los engaños sostenidos, al egoísmo y la crueldad extrema que se ha enseñoreado de nuestro mundo, a la pérdida de principios. Ciertamente, de los escenarios previstos como reacción, Trump es el peor. Y todavía no hemos visto sino el principio de su mandato.

Ha sido lo que un profesor francés, Jean-Claude Michéa, llamó “La escuela de la ignorancia”, la docente y la que emana de los medios de la banalidad. De recortar sistemáticamente en cultura y disuadir el pensamiento crítico. De imponer como valores supremos el dinero y el triunfo. Sin escrúpulos a la trampa. El triunfo y la trampa. Trump como metáfora. Ya saben, “si sueñas, loterías”, dice la administración del PP.

Los medios norteamericanos y muchos europeos son conscientes de lo sucedido. La amenaza a la libertad de expresión, a la verdad, que todos los Trump suponen. Buena parte de los españoles no, con esa visión local que quieren seguir adaptando a sus intereses cualquier oportunidad. Trump ataca a los medios críticos, no a los que están al servicio del poder. Fox no tiene problema alguno, es su modelo. Una sensible diferencia.

Es fácil imaginar, aquí, las reuniones de directores, adjuntos a la dirección, Consejos editoriales, jefes de opinión y opinadores, buscando culpables externos de lo que se labraron para sí y para la sociedad. Como reyes destronados cargados de rabia, sin asumir errores. De paso que alertan contra Trump, lo hacen contra enemigos de sus privilegios, como si formaran paquete. No han dejado ni un resquicio al hartazgo de la ciudadanía. Y termina pasando factura.

Lo mismo –y muchas veces en comandita– que los políticos tradicionales y asimilados. Burdas maniobras han prolongado la agonía del bipartidismo, y sobre todo de unas políticas y unas éticas difíciles de asumir. Todos los días tenemos muestras de esa desvergüenza, que también ha sembrado aquí la desigualdad, la mentira, la superficialidad y el abandono de grandes capas de la sociedad. Todos los días. Con salvadores de las esencias como la presidenta andaluza Susana Díaz, sin empacho en declarar que el fiasco de su partido, el PSOE, en los últimos meses “es el peaje que hemos pagado por proteger la democracia”. O el presidente aragonés Lambán, a quien le parece una “mala noticia” la elección en Francia a través de primarias de Benoît Hamon por ser de izquierdas. Con un 5º puesto en las encuestas tras el paso de Hollande y Valls.

La política que nos trajo hasta aquí, hasta los Trumps, no entiende que el proceso es al revés: sus errores acarrearon estos lodos. Y lo que es todavía peor, no son conscientes de lo que Trump implica en el mundo. Tenemos al Gobierno y sus socios de la gran coalición sin preparase como están haciendo en otros países, tal como contaba aquí Carlos Elordi.

No descartemos la labor de quienes, conscientemente o no, normalizan a Trump comparándolo con otros dirigentes fatídicos. Claro que aquí mismo, en España, hay vallas y con cuchillos cortantes, y que tenemos muertos visibles como los 15 jóvenes del Tarajal y muchos otros. Que trabajadores pobres, con empleo, tienen que acudir a comedores sociales como en EEUU. Pero Trump es la misma amenaza que sacudió Europa en los años 30, la que destruyó Europa. No verlo es otra cortedad de miras. Ante peligros graves hay que priorizar los objetivos.

Los fabricantes de Trumps siguen en activo, ni mucho menos han desenchufado la máquina. Quienes reaccionan a sus atropellos en América y otros continentes, están evidenciando una fuerza y determinación que no se veía en décadas. La campaña de #resistencia va a ser dura y larga. Los ciudadanos de buena voluntad deberían de saber cuándo y para qué abren el grifo. Ya nadie está a salvo de los Trumps.

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