Archivos Mensuales: julio 2017

El capitalismo gana con la tragedia

El pasado mes de abril una triple explosión sacudió el autobús en el que viajaba el equipo Borussia de Dortmund (BVB), por suerte solo terminaron heridos el jugador Marc Bartra y un policía. Al principio se dio por hecho que se trataba de un atentado terrorista, pero luego se supo el verdadero móvil, que pasó más desapercibido y que apenas hemos parado a analizar.

Al autor compró antes del ataque 15.000 derechos de venta de acciones a futuro del BVB. Su plan era que, tras su atentado, el valor del club se desplomaría y él se enriquecería tras haber asegurado la venta de sus títulos a un precio fijado anteriormente. Cuanto más bajaran las acciones del BVB, más dinero ganaría el criminal, que tenía asegurado un cierto precio de venta de antemano. Según los cálculos del diario Bild, podría haberse embolsado unos 3,9 millones de euros.

El capitalismo también te puede hacer rico con las desgracias de los demás. Tu apuestas a la baja a que una empresa se va a arruinar y te forras cuando esa empresa tiene pérdidas, cierra, echa a sus trabajadores a la calle y muchas familias se quedan sin medio de vida. Si además tienes la capacidad de influir en ello, miel sobre hojuelas. Sería el caso de una empresa de calificación o de un fondo especulativo. Con sus maniobras pueden lograr que se hunda una empresa o la economía de un país y, de ese modo, ellos enriquecerse con esa ruina. No es verdad que en el capitalismo las personas ganen dinero solo cuando produzcan riqueza, también pueden ganar mucho dinero destruyéndola y provocando daño.

En su libro Ébano (Anagrama, 2000), dedicado a África, el periodista polaco Ryszard Kapu?ci?ski cuenta la historia de un barrio a varios kilómetros de la localidad nigeriana de Onitsha, donde en mitad de la carretera hay un tremendo socavón donde los vehículos terminan engullidos. Aquella barriada ha desarrollado todo un sistema de diferentes equipos de salvamento que se ganaban la vida sacando del hoyo a los vehículos, muchos de ellos grandes camiones. El obstáculo supone horas y días de retraso para todos los que por allí deben pasar, y así lo tienen asumido. Como consecuencia -explica Kapu?ci?ski- numerosas tiendas viven de los clientes atascados en la larga caravana que consumen comida, bebida o tabaco. Incluso en unas casas vecinas se anuncia en trozos de cartón la palabra “Hotel”, donde se alojan muchos de los viajeros que se ven obligados a pasar la noche allí. También se habían multiplicado talleres locales de reparación para que los conductores aprovechen la espera para arreglar pequeñas averías que tenían pendientes o actividades de mantenimiento. También tienen más trabajo profesionales como los sastres, zapateros o peluqueros que eran recurridos aprovechando el tiempo muerto. De modo que la maldición de los conductores se había convertido en bendición para los habitantes y comerciantes de ese barrio. Ni que decir tiene que la gente impedía con todas sus fuerzas que se arreglase el agujero, pues era la salvación de su economía.

Estos casos -el socavón en Nigeria o el atentado del Borussia- son la mejor metáfora del capitalismo. Un sistema que fundamenta su desarrollo y existencia en los problemas de los otros, y cuya solución es la peor de las noticias. En estos ejemplos se cumple el principio capitalista de no resolver los problemas o incluso provocarlos porque en ellos se encuentra el motor del funcionamiento del mercado y del enriquecimiento de algunos. Lo peor que podría hacer una empresa farmacéutica privada es curar de forma definitiva una enfermedad porque se iría a la ruina. Así se explica que hace unos años las autoridades españoles detuvieran a un guardia forestal acusado de provocar varios incendios. El hombre temía quedarse sin trabajo y llegó a la lógica conclusión de que, en el capitalismo, el mejor modo de garantizarte el empleo es multiplicar el problema que motiva tu contratación.

Es curioso que se haya dedicado tanta literatura a exponer la ineficacia del papel del Estado o del socialismo y la consecuente necesidad de su derrocamiento, cuando quien lleva el germen de la necesidad de no solucionar los problemas y enriquecerse con ellos es el capitalismo y el mercado.

 

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Contra la positividad de sofá, antiayuda

A Jorge le fascina la tristeza. Cuando está lejos de Galicia y cuando no llueve, este astrónomo busca sonidos de lluvia en Youtube. Una persona que mira a las estrellas y que vive en la ciudad más lluviosa de España bien podría estar predispuesta a la melancolía. Pero lo curioso de la relación que mantiene Jorge con la tristeza no es que la sienta como «una emoción bonita», sino que lo diga.

Su aceptación es la de Charles Bukowski, que aprovechaba la tristeza para alimentar la creatividad: el poeta corría las cortinas, se metía en la cama y abrazaba su tristeza. Después de tres días y cuatro noches metido entre las sábanas y regodeándose en sus penas, se levantaba fortalecido y tomaba cerveza. De ahí, decía, salía «iluminado para dos o tres meses». Decirle a alguien que llore y acepte su tristeza, como hacía Bukowski, debería ser un buen consejo, pero es difícil atreverse a hacerlo. «Yo tenía los ojos tristes y nadie me quería, excepto yo mismo», escribió.

Ante el empacho de felicidad y positividad, la respuesta no se ha hecho esperar. Frente a una marca adalid de la felicidad sin esfuerzo, surgió Mr. Puterful, que utiliza las mismas tipografías, el mismo tipo de producto y, casi, el mismo nombre que Mr. Wonderful para reivindicar un mundo real y lleno de miserias que estamos menospreciando. Los lunes apestan y no hay taza ni frase complaciente ni arcoiris que cambie eso. Mr. Puterful muestra que hay otra forma de enfrentarse al día a día. Su arma es el sentido del humor.

No todo es wonderful

La psicóloga Iratxe Bolaños tiene claro de qué lado está, qué hace menos daño: «Yo soy más de Mr. Puterful. Frente a esa felicidad en lata que nos han vendido de que todo tiene que ser guay por sistema, están ellos que dicen: “no, no, baja a la realidad”. Utiliza el humor para enseñarnos a hacer frente a una realidad que no nos gusta, frente a los que utilizan el deseo. Es el “decreta y se te dará”, y la vida no es así».

Bolaños se dedica a la psicología positiva, que nada tiene que ver con esa positividad de sofá. Con su trabajo, la psicóloga ayuda a los asistentes a descubrir y desarrollar las herramientas que les permitirán enfrentarse a lo malo, a las emociones negativas, siempre desde la creatividad y mediante los recursos de los que ya disponen. Para Bolaños, estamos confundiendo la positividad con la negación de las emociones negativas, «que son necesarias para crecer y que son negativas porque no nos gusta experimentarlas, no porque traigan nada malo».

La escritora Carmen G. de la Cueva no tiene reparos en explicar en redes sociales que está pasando por un mal momento. En este ámbito, compartir la intimidad es aceptable, siempre que sea para demostrar lo bien que funcionan las cosas. Lo menos aceptado es compartir la intimidad si es para contar las penas y miserias. Por eso, una de las veces que Carmen escribió públicamente cuál era su situación personal, acabó el texto disculpándose. ¿Se habría disculpado si hubiese difundido a los cuatro vientos que es feliz? Nos estamos haciendo daño, dice Bolaños, porque «llegamos a sentirnos culpables por no estar todo el día en el mundo happy flower, y esa es una presión extra».

Estamos confundiendo la positividad con la negación de las emociones negativas, “que son necesarias para crecer y que son negativas porque no nos gusta experimentarlas, no porque traigan nada malo”

«No suelo compartir mi intimidad, pero necesitaba cierta cartarsis, cierto consuelo y no hallé mejor forma que hacerlo ahí», explica la escritora. Para ella, está mal visto estar triste y «parece que una lo hace para que los demás le suban el ánimo, pero en este siglo, en este mundo virtual que nos ha tocado, compartir algo así en las redes debería ser algo tan natural como contarlo en un grupo de apoyo o en un grupo de amigos. Es una forma de desahogo».

Según Iratxe Bolaños, «para nada es positivo ser positivos en la manera en la que nos lo ponen» porque, muy lejos de la positividad, «en todo caso eso sería optimismo; pero tampoco, porque no es un optimismo realista». Se trata de un optimismo ciego que «niega que hay veces que las cosas no van bien». Por eso, cree la psicóloga que la positividad «se está distorsionando totalmente». «Tener una actitud positiva ante la vida es que las cosas pueden ir mejor y yo puedo hacer algo. No es sonreír aunque me caiga una pesa en el pie porque me lo dice una taza», aclara.

Para la psicóloga, es necesario aprender a vivir con el dolor y con la envidia, siempre que se haga de una «manera sana y aprovechando esas emociones para crecer». Lo tóxico, dice Bolaños, no es no disfrazar las emociones, como se cree: «Si alguien viene y me dice que por narices tengo que verlo todo de color de rosa, eso sí es muy tóxico porque a mí me va a crear un sentimiento de inutilidad».

Antiayuda vs. autoayuda

Mr. Puterful tiene su equivalente literario: frente a los libros de autoayuda han nacido los libros de antiayuda. De la misma manera, esta tendencia literaria reivindica la normalidad y las miserias, a menudo desde el sentido del humor.

A Eva García Fornet siempre le decían lo mismo: «Te pasan cosas malas porque eres negativa». Esa actitud negativa que le atribuían familiares y amigos, dice, se basa a menudo en el mero hecho de ser críticos: «Ser positivo es la nueva religión; ser crítico es de perdedores», explica a Yorokobu. García Fornet estaba harta de esa extendida ley de atracción, según la cual, el mundo conspira a tu favor o en tu contra en función de tus pensamientos, sin necesidad de acción. Los cursos de autoayuda norteamericanos fueron su inspiración definitiva para escribir El libro definitivo de antiayuda y desmotivación.

Dice la autora que estos cursos le inspiran tanto como le divierten porque siempre van dirigidos a la obtención de dinero, amor, juventud, éxito y ascenso laboral. En cambio, «ningún curso de autoayuda va orientado a que los lectores conspiren para acabar con el hambre del mundo, las guerras, la pobreza, la corrupción o los desastres medioambientales». Para García este tipo de autoayuda no es más que una «nueva espiritualidad neoliberal destinada al consumo de masas».

La escritora considera que la positividad exacerbada está derivando en un vocabulario pernicioso casi sin darnos cuenta, por ejemplo, cuando a un enfermo le llamamos «guerrero». Así es como las enfermedades «pasan a ser efecto de tu mente y de tu actitud» y desvían la atención, puesto que «mágicamente quedan fuera de debate cuestiones como la prevención médica y los recursos destinados a hospitales».

Mientras García Fornet dice esto, el escritor Juan Soto Ivars dice en Facebook: «Siempre he aborrecido los discursos sobre la felicidad y me han parecido patéticos, pero es porque un día me di cuenta de que no aspiraba a la felicidad, sino a la serenidad». La idea de felicidad que cada vez está más arraigada en la sociedad occidental beneficia a un tipo de economía con la que García Fornet es muy crítica. Para la escritora, la infelicidad es necesaria porque «es parte de la vida» y porque «cada uno es feliz a su manera».

Cuando la escritora vivía en Suecia descubrió el efecto negativo de esa máscara de la felicidad impuesta que apenas se cuestiona: «las personas se veían obligadas a mantener una fachada perfecta e inmutable de cara a la galería y en la intimidad consumían antidepresivos para ser capaces, por ejemplo, de ir al supermercado y hablar con el personal sin tener un ataque de ansiedad, o simplemente ir a una fiesta y tener el valor para hablar delante de los demás», recuerda.

La máscara de la felicidad comenzó a estar en pleno auge a raíz de la crisis económica porque “necesitábamos que alguien nos dijera que todo iba a salir bien”. Era tal la necesidad de que nos tranquilizaran y de convencernos de que este no era el fin, que caímos en la positividad cómoda

Aunque García Fornet es crítica con la autoayuda que nos convierte en sujetos pasivos a los que una taza o una frase nos salvarán de todos los males y permitirá que «el universo conspire para traerte Ferraris», defiende un tipo de autoayuda que sí busca el bienestar a través del esfuerzo y el autoconocimiento. Ese tipo de autoayuda, dice García, «es muy útil porque no todo el mundo puede permitirse económicamente ir a un psicólogo».

Bolaños cree que la máscara de la felicidad comenzó a estar en pleno auge a raíz de la crisis económica porque «necesitábamos que alguien nos dijera que todo iba a salir bien». Era tal la necesidad de que nos tranquilizaran y de convencernos de que este no era el fin, que caímos en la positividad cómoda. El papel de las redes sociales, en ambos casos, fue crucial.

García Fornet necesita las redes sociales porque ha autoeditado su libro, pero le parecen poco más que herramientas de manipulación, de exhibicionismo narcisista y de ruido. Aunque no ha perdido del todo la fe ni el sentido del humor: «Lo positivo de las redes sociales es que ha aumentado el silencio en los lugares públicos ya que todo el mundo va mirando el móvil. Bromas aparte, es necesario desconectar de internet y conectarse a la vida».

 

Fuente

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