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El capitalismo gana con la tragedia

El pasado mes de abril una triple explosión sacudió el autobús en el que viajaba el equipo Borussia de Dortmund (BVB), por suerte solo terminaron heridos el jugador Marc Bartra y un policía. Al principio se dio por hecho que se trataba de un atentado terrorista, pero luego se supo el verdadero móvil, que pasó más desapercibido y que apenas hemos parado a analizar.

Al autor compró antes del ataque 15.000 derechos de venta de acciones a futuro del BVB. Su plan era que, tras su atentado, el valor del club se desplomaría y él se enriquecería tras haber asegurado la venta de sus títulos a un precio fijado anteriormente. Cuanto más bajaran las acciones del BVB, más dinero ganaría el criminal, que tenía asegurado un cierto precio de venta de antemano. Según los cálculos del diario Bild, podría haberse embolsado unos 3,9 millones de euros.

El capitalismo también te puede hacer rico con las desgracias de los demás. Tu apuestas a la baja a que una empresa se va a arruinar y te forras cuando esa empresa tiene pérdidas, cierra, echa a sus trabajadores a la calle y muchas familias se quedan sin medio de vida. Si además tienes la capacidad de influir en ello, miel sobre hojuelas. Sería el caso de una empresa de calificación o de un fondo especulativo. Con sus maniobras pueden lograr que se hunda una empresa o la economía de un país y, de ese modo, ellos enriquecerse con esa ruina. No es verdad que en el capitalismo las personas ganen dinero solo cuando produzcan riqueza, también pueden ganar mucho dinero destruyéndola y provocando daño.

En su libro Ébano (Anagrama, 2000), dedicado a África, el periodista polaco Ryszard Kapu?ci?ski cuenta la historia de un barrio a varios kilómetros de la localidad nigeriana de Onitsha, donde en mitad de la carretera hay un tremendo socavón donde los vehículos terminan engullidos. Aquella barriada ha desarrollado todo un sistema de diferentes equipos de salvamento que se ganaban la vida sacando del hoyo a los vehículos, muchos de ellos grandes camiones. El obstáculo supone horas y días de retraso para todos los que por allí deben pasar, y así lo tienen asumido. Como consecuencia -explica Kapu?ci?ski- numerosas tiendas viven de los clientes atascados en la larga caravana que consumen comida, bebida o tabaco. Incluso en unas casas vecinas se anuncia en trozos de cartón la palabra “Hotel”, donde se alojan muchos de los viajeros que se ven obligados a pasar la noche allí. También se habían multiplicado talleres locales de reparación para que los conductores aprovechen la espera para arreglar pequeñas averías que tenían pendientes o actividades de mantenimiento. También tienen más trabajo profesionales como los sastres, zapateros o peluqueros que eran recurridos aprovechando el tiempo muerto. De modo que la maldición de los conductores se había convertido en bendición para los habitantes y comerciantes de ese barrio. Ni que decir tiene que la gente impedía con todas sus fuerzas que se arreglase el agujero, pues era la salvación de su economía.

Estos casos -el socavón en Nigeria o el atentado del Borussia- son la mejor metáfora del capitalismo. Un sistema que fundamenta su desarrollo y existencia en los problemas de los otros, y cuya solución es la peor de las noticias. En estos ejemplos se cumple el principio capitalista de no resolver los problemas o incluso provocarlos porque en ellos se encuentra el motor del funcionamiento del mercado y del enriquecimiento de algunos. Lo peor que podría hacer una empresa farmacéutica privada es curar de forma definitiva una enfermedad porque se iría a la ruina. Así se explica que hace unos años las autoridades españoles detuvieran a un guardia forestal acusado de provocar varios incendios. El hombre temía quedarse sin trabajo y llegó a la lógica conclusión de que, en el capitalismo, el mejor modo de garantizarte el empleo es multiplicar el problema que motiva tu contratación.

Es curioso que se haya dedicado tanta literatura a exponer la ineficacia del papel del Estado o del socialismo y la consecuente necesidad de su derrocamiento, cuando quien lleva el germen de la necesidad de no solucionar los problemas y enriquecerse con ellos es el capitalismo y el mercado.

 

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Contra la positividad de sofá, antiayuda

A Jorge le fascina la tristeza. Cuando está lejos de Galicia y cuando no llueve, este astrónomo busca sonidos de lluvia en Youtube. Una persona que mira a las estrellas y que vive en la ciudad más lluviosa de España bien podría estar predispuesta a la melancolía. Pero lo curioso de la relación que mantiene Jorge con la tristeza no es que la sienta como «una emoción bonita», sino que lo diga.

Su aceptación es la de Charles Bukowski, que aprovechaba la tristeza para alimentar la creatividad: el poeta corría las cortinas, se metía en la cama y abrazaba su tristeza. Después de tres días y cuatro noches metido entre las sábanas y regodeándose en sus penas, se levantaba fortalecido y tomaba cerveza. De ahí, decía, salía «iluminado para dos o tres meses». Decirle a alguien que llore y acepte su tristeza, como hacía Bukowski, debería ser un buen consejo, pero es difícil atreverse a hacerlo. «Yo tenía los ojos tristes y nadie me quería, excepto yo mismo», escribió.

Ante el empacho de felicidad y positividad, la respuesta no se ha hecho esperar. Frente a una marca adalid de la felicidad sin esfuerzo, surgió Mr. Puterful, que utiliza las mismas tipografías, el mismo tipo de producto y, casi, el mismo nombre que Mr. Wonderful para reivindicar un mundo real y lleno de miserias que estamos menospreciando. Los lunes apestan y no hay taza ni frase complaciente ni arcoiris que cambie eso. Mr. Puterful muestra que hay otra forma de enfrentarse al día a día. Su arma es el sentido del humor.

No todo es wonderful

La psicóloga Iratxe Bolaños tiene claro de qué lado está, qué hace menos daño: «Yo soy más de Mr. Puterful. Frente a esa felicidad en lata que nos han vendido de que todo tiene que ser guay por sistema, están ellos que dicen: “no, no, baja a la realidad”. Utiliza el humor para enseñarnos a hacer frente a una realidad que no nos gusta, frente a los que utilizan el deseo. Es el “decreta y se te dará”, y la vida no es así».

Bolaños se dedica a la psicología positiva, que nada tiene que ver con esa positividad de sofá. Con su trabajo, la psicóloga ayuda a los asistentes a descubrir y desarrollar las herramientas que les permitirán enfrentarse a lo malo, a las emociones negativas, siempre desde la creatividad y mediante los recursos de los que ya disponen. Para Bolaños, estamos confundiendo la positividad con la negación de las emociones negativas, «que son necesarias para crecer y que son negativas porque no nos gusta experimentarlas, no porque traigan nada malo».

La escritora Carmen G. de la Cueva no tiene reparos en explicar en redes sociales que está pasando por un mal momento. En este ámbito, compartir la intimidad es aceptable, siempre que sea para demostrar lo bien que funcionan las cosas. Lo menos aceptado es compartir la intimidad si es para contar las penas y miserias. Por eso, una de las veces que Carmen escribió públicamente cuál era su situación personal, acabó el texto disculpándose. ¿Se habría disculpado si hubiese difundido a los cuatro vientos que es feliz? Nos estamos haciendo daño, dice Bolaños, porque «llegamos a sentirnos culpables por no estar todo el día en el mundo happy flower, y esa es una presión extra».

Estamos confundiendo la positividad con la negación de las emociones negativas, “que son necesarias para crecer y que son negativas porque no nos gusta experimentarlas, no porque traigan nada malo”

«No suelo compartir mi intimidad, pero necesitaba cierta cartarsis, cierto consuelo y no hallé mejor forma que hacerlo ahí», explica la escritora. Para ella, está mal visto estar triste y «parece que una lo hace para que los demás le suban el ánimo, pero en este siglo, en este mundo virtual que nos ha tocado, compartir algo así en las redes debería ser algo tan natural como contarlo en un grupo de apoyo o en un grupo de amigos. Es una forma de desahogo».

Según Iratxe Bolaños, «para nada es positivo ser positivos en la manera en la que nos lo ponen» porque, muy lejos de la positividad, «en todo caso eso sería optimismo; pero tampoco, porque no es un optimismo realista». Se trata de un optimismo ciego que «niega que hay veces que las cosas no van bien». Por eso, cree la psicóloga que la positividad «se está distorsionando totalmente». «Tener una actitud positiva ante la vida es que las cosas pueden ir mejor y yo puedo hacer algo. No es sonreír aunque me caiga una pesa en el pie porque me lo dice una taza», aclara.

Para la psicóloga, es necesario aprender a vivir con el dolor y con la envidia, siempre que se haga de una «manera sana y aprovechando esas emociones para crecer». Lo tóxico, dice Bolaños, no es no disfrazar las emociones, como se cree: «Si alguien viene y me dice que por narices tengo que verlo todo de color de rosa, eso sí es muy tóxico porque a mí me va a crear un sentimiento de inutilidad».

Antiayuda vs. autoayuda

Mr. Puterful tiene su equivalente literario: frente a los libros de autoayuda han nacido los libros de antiayuda. De la misma manera, esta tendencia literaria reivindica la normalidad y las miserias, a menudo desde el sentido del humor.

A Eva García Fornet siempre le decían lo mismo: «Te pasan cosas malas porque eres negativa». Esa actitud negativa que le atribuían familiares y amigos, dice, se basa a menudo en el mero hecho de ser críticos: «Ser positivo es la nueva religión; ser crítico es de perdedores», explica a Yorokobu. García Fornet estaba harta de esa extendida ley de atracción, según la cual, el mundo conspira a tu favor o en tu contra en función de tus pensamientos, sin necesidad de acción. Los cursos de autoayuda norteamericanos fueron su inspiración definitiva para escribir El libro definitivo de antiayuda y desmotivación.

Dice la autora que estos cursos le inspiran tanto como le divierten porque siempre van dirigidos a la obtención de dinero, amor, juventud, éxito y ascenso laboral. En cambio, «ningún curso de autoayuda va orientado a que los lectores conspiren para acabar con el hambre del mundo, las guerras, la pobreza, la corrupción o los desastres medioambientales». Para García este tipo de autoayuda no es más que una «nueva espiritualidad neoliberal destinada al consumo de masas».

La escritora considera que la positividad exacerbada está derivando en un vocabulario pernicioso casi sin darnos cuenta, por ejemplo, cuando a un enfermo le llamamos «guerrero». Así es como las enfermedades «pasan a ser efecto de tu mente y de tu actitud» y desvían la atención, puesto que «mágicamente quedan fuera de debate cuestiones como la prevención médica y los recursos destinados a hospitales».

Mientras García Fornet dice esto, el escritor Juan Soto Ivars dice en Facebook: «Siempre he aborrecido los discursos sobre la felicidad y me han parecido patéticos, pero es porque un día me di cuenta de que no aspiraba a la felicidad, sino a la serenidad». La idea de felicidad que cada vez está más arraigada en la sociedad occidental beneficia a un tipo de economía con la que García Fornet es muy crítica. Para la escritora, la infelicidad es necesaria porque «es parte de la vida» y porque «cada uno es feliz a su manera».

Cuando la escritora vivía en Suecia descubrió el efecto negativo de esa máscara de la felicidad impuesta que apenas se cuestiona: «las personas se veían obligadas a mantener una fachada perfecta e inmutable de cara a la galería y en la intimidad consumían antidepresivos para ser capaces, por ejemplo, de ir al supermercado y hablar con el personal sin tener un ataque de ansiedad, o simplemente ir a una fiesta y tener el valor para hablar delante de los demás», recuerda.

La máscara de la felicidad comenzó a estar en pleno auge a raíz de la crisis económica porque “necesitábamos que alguien nos dijera que todo iba a salir bien”. Era tal la necesidad de que nos tranquilizaran y de convencernos de que este no era el fin, que caímos en la positividad cómoda

Aunque García Fornet es crítica con la autoayuda que nos convierte en sujetos pasivos a los que una taza o una frase nos salvarán de todos los males y permitirá que «el universo conspire para traerte Ferraris», defiende un tipo de autoayuda que sí busca el bienestar a través del esfuerzo y el autoconocimiento. Ese tipo de autoayuda, dice García, «es muy útil porque no todo el mundo puede permitirse económicamente ir a un psicólogo».

Bolaños cree que la máscara de la felicidad comenzó a estar en pleno auge a raíz de la crisis económica porque «necesitábamos que alguien nos dijera que todo iba a salir bien». Era tal la necesidad de que nos tranquilizaran y de convencernos de que este no era el fin, que caímos en la positividad cómoda. El papel de las redes sociales, en ambos casos, fue crucial.

García Fornet necesita las redes sociales porque ha autoeditado su libro, pero le parecen poco más que herramientas de manipulación, de exhibicionismo narcisista y de ruido. Aunque no ha perdido del todo la fe ni el sentido del humor: «Lo positivo de las redes sociales es que ha aumentado el silencio en los lugares públicos ya que todo el mundo va mirando el móvil. Bromas aparte, es necesario desconectar de internet y conectarse a la vida».

 

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Socialismo en España

 

Socialismo

 

El caballo en el pozo

Un campesino poseía algunos caballos que lo ayudaban en los trabajos de su pequeña hacienda. Un día, su capataz le dijo que uno de sus caballos había caído en un viejo pozo abandonado. Era muy profundo, y resultaría extremadamente difícil sacarlo de allí.

El campesino fue rápidamente al lugar del accidente y evaluó la situación, dándose cuenta de que el animal no se había lastimado. Pero, por la dificultad y el costo del rescate, concluyó que no valía la pena, y pidió al capataz que sacrificara al caballo tirando tierra al pozo hasta enterrarlo. Y así se hizo.
A medida que la tierra le caía encima, el animal la sacudía. Esta se acumuló poco a poco en el fondo del pozo, permitiéndole subir. Los hombres se dieron cuenta de que el caballo no se dejaba enterrar sino que, al contrario, estaba utilizando la tierra para llegar hasta arriba, logrando finalmente salir del socavón.

Podemos denuncia (con datos) la Trama hospitalaria

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Día a día crecen las sospechas de que los madrileños llevan pagando de más por la construcción de los nuevos hospitales que Esperanza Aguirre entregó, mediante concesiones administrativas, a empresas del entorno pepero. El capitalismo de amiguetes elevado a la enésima potencia o la Trama como suelen decir en Podemos. La investigación de la deuda madrileña, que ya se sitúa cerca de los 31.000 millones de euros, está dejando al descubierto que la supuesta “magnífica gestión” del liberalismo español no es más que otra muestra de despilfarro y saqueo de lo público como denuncian en Podemos.

Los datos que van obteniendo, no sin esfuerzo como confirma José Manuel López, demuestran que con total probabilidad el sistema de concesiones o cánones que impusieron en la Sanidad está generando un sobreendeudamiento a las arcas públicas. La claridad y contundencia de las palabras de la diputada Mónica García así lo reflejan: “En los hospitales hay indicios de despilfarro y beneficio a los concesionarios”. Unos concesionarios que los lectores de Diario 16 vienen leyendo en todos los casos de saqueo estatal que se cuentan. OHL, ACS, Grupo Cantoblanco (Arturo), Sando, FCC o Bankia.

Desde Podemos, López estima que seguramente “esos hospitales (los 6 nuevos más el Puerta de Hierro) ya estén pagados” y aún faltan 20 años de concesión (a más de 9 millones de euros de canon al año) que sólo pueden servir para subir la deuda y beneficiar a unos pocos. Según los datos de la intervención en los pagos del canon no se puede discernir realmente qué parte va a construcción y qué parte es para el pago de servicios. Pero los informes sí hacen constar que se está pagando muy por encima de coste trabajo/hora los servicios a las concesionarias. Por ejemplo, en mantenimiento se paga 65 euros la hora de trabajo, cuando realmente el trabajador no ganará más de 6 euros/hora. Existe un sobrecoste de 59 euros por tanto. Además, todas aquellas cuestiones que las concesionarias entienden que no es parte de su concesión son abonadas por la propia Comunidad de Madrid.

Los aumentos de los peajes, con consentimiento del gobierno de Peña Nieto, que OHL ha realizado en México y han supuesto un escándalo de corrupción, parece que son un modelo que Aguirre y sus secuaces han exportado al extranjero. No es de extrañar que los concesionarios luego aparezcan como donantes del propio PP. Como en el caso de Javier López Madrid, por ejemplo. O el Grupo Cantoblanco de Arturo Fernández, ex-presidente de CEIM. Todas estas coincidencias extrañan y mucho a la formación morada que está dispuesta a esclarecer y denunciar ante fiscalía todo lo que entiendan como un caso de prevaricación, administración desleal u otro concepto penal que pudiese aparecer.

Hugo Martínez y José Manuel López también han apuntado que es extraño que año tras año los interventores adviertan que se cometen irregularidades con la facturación y contables y que desde la propia Comunidad de Madrid no se haga nada. Es una grave infracción que estaría cometiendo el consejero Jesús Sánchez Martos por dejadez. Por este motivo, volverán a preguntarle en Pleno para ver si por fin responde.

Otra curiosidad de todo este entramado empresarial es que la empresa que debe controlar las concesiones (Hill International), y a la que se le abona por ello 1,3 millones de euros anuales, se dedique a lo mismo que las concesionarias, a la construcción y la gestión de proyectos y no a la auditoría realmente. Es más en su accionariado tiene a alguna de las concesionarias mediante fondos de inversión. La conclusión de los podemitas es que “Cifuentes no quiere romper con el pasado como demuestra la Ciudad de la Justicia o los cánones hospitalarios”.

 

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El mundo líquido de Zygmunt Bauman

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Un auditorio a rebosar. De lujo. Un público variopinto, en el que predominan los hombres trajeados y las mujeres muy puestas. Y enfrente, un anciano menudo, de pelo blanco y aspecto frágil, pero capaz de remover al auditorio en pleno por dentro. Algunos, comprenden su discurso, lo mal que vamos, y lo apoyan, incluso han venido con sus libros por si hay ocasión de que los firme. Otros, no, otros  mueven la cabeza, negando, cuando el anciano habla de la igualdad, del absurdo crecimiento, de la insolidaridad y la falta de ética. No dicen nada, pero se les nota nerviosos en el asiento. Estoy en la conferencia de Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco, ha ofrecido en la Fundación Rafael del Pino. Es uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo, autor de más de 50 libros y más de un centenar de ensayos. Premio Príncipe de Asturias en 2010. Un cerebro privilegiado.

El último de sus libros tiene un título que lo dice todo siendo una pregunta: “¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?”. En cuanto sale a escena, no tarda en dar su respuesta, porque comienza haciendo un retrato patético de este mundo: “Vale sí, hay mil millones menos de pobres que hace unas décadas, pero no podemos dejar de ver la diferencia en los países desarrollados entre los ricos y los que no lo son no deja de aumentar”. Zygmunt nos dice a la cara que, además, lo peor es que esa situación nos importa un bledo: “Somos indiferentes a los pobres porque hemos ahogado el impulso natural a ayudar al otro, las normas éticas están en crisis total porque lo que prima ahora es la competencia” .

¿Y cómo hemos llegado a esta situación? Para Bauman es “el sedimento de decisiones pasadas”, del mismo modo que las  tomemos ahora lo será para nuestros nietos y bisnietos, “si seguimos escudados en que no hay otra alternativa”.

Si mala es la situación, asegura, lo peor es que la soportemos sin hacer nada porque se fundamenta en tres creencias que se han hecho fuertes, y que hay que desterrar. “La primera es creer que cualquier problema social se soluciona aumentando el PIB. Y si no crece, cunde el pánico, todo va mal, y nos olvidamos de que hay otras formas de resolverlos, como es distribuyendo la riqueza de otra forma” (detecto movimientos en algunos asientos). Un ejemplo, recuerda, es lo que ocurrió cuando se descubrió petróleo en el Mar del Norte en los dos países beneficiados: Gran Bretaña bajó los impuesto a los ricos, pensando que aumentaría la riqueza general; Noruega lo invirtió en servicios sociales públicos, en educación, en sanidad… El resultado es evidente. “Hoy se nos olvida que el Estado de Bienestar no es invento de las izquierdas, sino de un liberal, tras la II Guerra Mundial“, señala. Pero acabamos con él.

Bauman nos recuerda que el aumento del PIB  “no distribuye la riqueza de forma equitativa, como se ve en Estados Unidos, donde desde 2007 el 93% de esa riqueza ha quedado en manos del 1% de la población porque crecer no cura el mal, sino que lo agrava, pero esa creencia hace que no se proteste”. Para el sociólogo, además, no es una desigualdad natural, ni voluntaria, por mucho que algunos lo crean así.

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COMPRAR ‘TRANQUILIZANTES DE DESHECHOS HUMANOS”

“La segunda es creer que la búsqueda de la felicidad está en las tiendas“, continúa , “y no contamos con otros caminos para encontrarla, como es el orgullo del trabajo bien hecho, de contribuir a la sociedad, de colaborar con otros para crear, del esfuerzo productivo, no del consumo”. Sin embargo, lo que ocurre, según sus palabras, es que “estamos capitalizando los sentimientos humanos, incluso la amistad o el amor” porque “ahora amar a alguien no es pasar más tiempo con esa persona, cada día estamos más ‘enchufados’ al trabajo, pasamos menos tiempo con la familia, y para compensar la culpa, compramos regalos valiosos. Las compras son tranquilizantes a desechos humanos, a sentimientos de culpabilidad“.

Llegamos a este punto, Zygmunt recapitula y recuerda que sólo estas dos creencias son ya imposibles: “Tanto el aumento del PIB como entender que la felicidad es el consumo parten de que los recursos del planeta son infinitos y no es así. Ya gastamos un 50% más de lo que se puede”.

La tercera creencia falsa es creer en las bondades del individualismo. “Desde 1970 se ha liberalizado el trabajo, las ventajas de los convenios colectivos deasparecieron y también la solidaridad entre los trabajadores. Ahora solo hay competencia: el compañero es el enemigo en potencia ante el riesgo de un despido” (como me suena eso). “Encima nos venden el estar en paro como un fracaso personal. Es mi culpa, mi incapacidad. Así pasa hoy con los jóvenes (¿se refería a España?), que quedan excluidos de la sociedad, marginados por no poder acceder a un empleo”.

Finalmente llegamos a su concepto innovador de “modernidad líquida”. A un momento en la historia diferente en el que Estado y poder no están juntos, como en el pasado. El Poder, con mayúsculas, “se diluye, se mueve en el espacio sin que nadie lo controle, cuando la política sigue anclada en como era en el siglo XIX”. “Es, señala, un poder extraterritorial, el de las empresas, que emigra de un país a otro”. Y añade que antes los empresarios dependían de sus obreros pero  “ahora ha desaparecido esa dependencia mutua de forma unilateral. El empresario siempre se puede ir a otro lugar a agrandar su fortuna, y la gente se siente humillada, indefensa. La desigualdad ha cambiado el rostro, pero existe”, denuncia. Y a continuación acusa: “En la sociedad líquida, no hay sentimiento de responsabilidad empresarial. Los que tienen más recursos tienen más movilidad, mientras miles de personas, que no encuentran trabajo en España (ahora sí especifica), están atrapadas, no pueden irse. Y en ese abandono tienen dos mundos: el real y el virtual. En el ON LINE se conectan con fotos, no con seres humanos. Es fácil hace relaciones, y romperlas en el mundo ‘on line’. Y eso lo hace atractivo”.

A estos argumentos responderá luego su colega español Víctor Pérez Díaz con un discurso mucho más deslabazado, con tecnicismos, pero hablando de cómo la sociedad debe establecer “sistemas de vigilancia de los poderes desde abajo, una vigilancia por una comunidad política virtual” , y de los mercados emergentes (China, India….), y del necesario crecimimiento: “Los mercados y las política liberales aportan recursos, sirven de reguladores, pero bajo el control social”. Ninguna referencia a cómo seguir creciendo indefinidamente en un planeta tan pequeño como éste.

Pérez Díaz hace también hace hincapié en que el sistema falla en el sur de Europa por “malos políticos y malos hábitos sociales, una educación de baja calidad, poca tendencia a innovar, baja participación…” . No por el sistema en sí:  “Los que creemos en la democracia pensamos que es el único camino si hay una masa crítica de vigilantes sociales, efectiva, que lucha contra la corrupción”.

Pero a Bauman esa vigilancia virtual no le convence: “Facebook es esa red donde puedes tener 100.000 amigos, cuando yo en 88 años no he tenido más de 500. Pero triunfa porque la gente se siente sola, abandonada, y porque no son proletariado, sino precariado. Y las redes dan la sensación de no estar tan solo, de formar parte de algo”. En el fondo, dice, “estamos en las puerta de la revolución cultural”, frase que sirve de colofón.

Después los aplausos, el afán de parte del público por acercarse para que firme algún ejemplar de un libro que traen en el bolsillo. Y él anciano se agacha, en posturas imposibles, para atenderlos, incluso escribiendo en el suelo mientras sus asistentes intentan arrastrarlo fuera de la sala.

A la salida hay barullo, comentarios. Delante de mí, dos de los trajeados intercambian impresiones: “Eso de la igualdad es muy peligroso. Imagina, la uniformidad. Todos vestidos iguales”.  Sin palabras.

 

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A granel (Guillemo Viglione)

El hipermercado cerró los ultramarinos y mató las conversaciones de barrio. El autoservicio dejó las compras sin balanza y sin palabras. Prohibido bromear con la cajera que se forma cola. Hay cajas rápidas para los que llevan pocos productos y ya hay cajas en las que te cobras tú mismo. Las lechugas vienen en bolsa y deshojadas. Las manzanas maduran en bandejas de plástico rígido.

Éste es un mundo empaquetado, enlatado, etiquetado, clasificado, embotellado, precintado, embolsado, plastificado, deshuesado, desgrasado, pelado, precocinado y loncheado. Un mundo no retornable de PVC, Pet, Tetrabrik, aluminio, poliestireno expandido y mil tipos de plástico. Una vida insostenible, marcada, como nuestros productos, con fecha de caducidad.

El progreso es aséptico. Escrupuloso. Exacto y desapasionado. Yo prefiero vivir a granel. Comprar al corte. Que vuelvan las hueveras y el vermut de barril. Los mercados y los mercadillos. Conocer a quien regó los tomates. Rellenar sifones y devolver los cascos. Comprar lento, charlar y perder el tiempo.

No quiero una vida envasada al vacío. Aspiro a ser parte de un mundo imperfecto e inexacto. Amar a granel. No dosificar los besos. Derrochar abrazos. Reír a puñados. Hacer manojos de caricias y gastarlos sin recato.  No dar las gracias ni pedir perdón con cuentagotas. No poner etiquetas. Gastar la amistad a raudales. Soñar sin rigor y sin medida.

Comerme la vida a bocados y atragantarme de ella.

 

Cambiar esto

crecer

Televisión espectáculo y democracia

Justo en este año 2017 se cumplen cincuenta de la publicación de La societé du spectacle (en español, La sociedad del espectáculo. Pre-Textos, 2005). Se trata de un libro del filósofo francés Guy Debord en el que venía a decir que todo en nuestras sociedades capitalistas se ha convertido en representación, en un espectáculo que no es sino la imagen invertida de la sociedad real en la que vivimos.

Decía Debord que el espectáculo que nos rodea y nos inunda es la consecuencia del cambio definitorio de nuestra civilización capitalista, el que convierte las relaciones de cercanía entre la gente en relaciones entre mercancías cuando el universo del mercado absorbe y coloniza a toda la sociedad.

Ese espectáculo, decía, no es solo una colección de representaciones o imágenes que nos ofrecen para nuestra diversión sino una relación social de la que formamos parte a través de una pertenencia enajenada que nos lleva a vivir en un estado de falsedad sin réplica y sin futuro posible, en un constante presente.

Pero esa espectacularización de la vida no es ni mucho menos inocua. El espectáculo que se nos presenta como la forma amable, ligera, la más familiar y sencilla de contemplar nuestro alrededor, es en realidad la estrategia de dominio más sofisticada que se haya podido inventar porque se convierte en “el amo absoluto de los recuerdos y el dueño incontrolado de los proyectos… el espectáculo puede dejar de hablar de algo durante tres días y es como si ese algo no existiese. Habla de cualquier otra cosa y es esa otra la que existe a partir de entonces” (G. Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo).

La televisión es el medio privilegiado no solo para hacer visible esa representación distorsionada sino para construirla. De inmediato, el espectáculo televisivo nos atrapa y nos involucra sin remedio en la representación para hacernos, justo en ese mismo instante, sujetos pasivos, con capacidad de vivir, como he dicho, solo en el presente y, por tanto, sin necesidad de réplica orientada a diseñar cualquier otro tipo de hoy día o de futuro.

Allí, en la televisión-espectáculo, se expresan y se resuelven en la banalidad todos los relatos que tejen la vida social y así nacen, como también decía Debord, una política-espectáculo, una justicia-espectáculo, una medicina-espectáculo… y, añado yo, incluso una economía-espectáculo. Las vemos (involucrados, incluso sin querer, en ellas) cada día y a cada instante.

La televisión convertida en la fábrica del espectáculo se ha convertido en el entramado que organiza con brillantez y eficacia la ignorancia sobre todo lo que nos sucede y el olvido de lo que, a pesar de todo, haya podido llegar a conocerse. Y gracias a ello -sigo utilizando las palabras de Guy Debord- se ha podido acabar “con aquella inquietante concepción, que dominó durante doscientos años, según la cual una sociedad podía ser criticable y transformable, reformada o revolucionada”.

En España, como en tantas otras cosas, estamos viviendo todo esto igual que en otros países pero a nuestra manera, es decir aceleradamente y con exageración. El espectáculo y la banalización de todo lo que en la realidad es complejo ha capturado a todas las fórmulas del debate social.

Se ha convertido en espectáculo la búsqueda de pareja, la intimidad de los hogares y las familias, el amor o el desamor entre los matrimonios, la búsqueda de trabajo, el fracaso empresarial, la inocencia de los niños, la preparación de platos de cocina, el conocimiento o las operaciones de cirugía estética pero también la política y el debate sobre la economía y la forma de satisfacer nuestras necesidades más inmediatas.

No es cuestión baladí porque el espectáculo consiste en reducir cualquiera de esos trozos de nuestro alrededor y la realidad en la que estamos como un todo a fuegos de artificio, en expresarla del modo más simple o soez -si hace falta-, en gritarse unos a otros llamando constantemente la atención para que todas las miradas converjan, ajenas al exterior y a la contingencia de nuestra época, en el momento presente y en la mera anécdota.

Cuando el debate político o el económico se convierten en espectáculo televisivo también se aprovecha la representación para invertir los componentes de la realidad (intereses, ideologías, poder, clases…) y así poder deformarla. Se acaba con la historia y con el saber contrastado sobre el presente haciéndolos innecesarios para descubrir la verdad, porque desvelar las evidencias es el papel que ahora corresponde en exclusiva a los expertos. Y el diálogo, el contraste y la deliberación que son los elementos imprescindibles para generar conocimiento real se sustituyen por fanfarrias y voceríos, por los insultos propios de quien se limita a exponer lo poco o mucho que sepa como quien asalta una trinchera enemiga.

De espaldas, sin debate auténtico, sin necesidad de oírse uno a otro ni de utilizar como punto de apoyo algo del pensamiento ajeno, ya no puede existir lo verdadero -lo dice también Debord- sino, a lo sumo, verdades que no lo son porque lo son solamente de cada uno, meras hipótesis que nacen para no llegar a ser alguna vez demostradas. Así es natural que los contrastes solo puedan dirimirse entre insultos y agresiones, sin dejar hablar al oponente y que no importe que la mentira se use como sujeto, verbo y predicado. Que sea una constante sobre la que nadie pide explicaciones ni que su uso conlleve responsabilidad, solo el alimento que oxigena su propio alarido.

El morbo, el escándalo, la lágrima, la agresión, el insulto de los que se nutre el espectáculo se perciben como expresiones ingenuas, efusiones de espontaneidad y libre albedrío, un resultado de la naturalidad con la que los actores dejan correr sus sentimientos y emociones en complicidad no expresa con la parte del público que se identifica con cada uno de ellos. Pero, en realidad, el espectáculo está perfecta y milimétricamente diseñado y programado, como cualquier buena representación, para que todos esos elementos produzcan en los espectadores justo el efecto emocional (político) que se desea producir. Para ello y por esa razón, los actores que intervienen en el espectáculo televisivo, en la política-espectáculo o en la economía-espectáculo, no lo hacen por lo que son, ni los expertos por lo mucho o poco que saben, sino por el papel que representan. Y son seleccionados para que en conjunto se conforme el mosaico de emociones e impactos que se corresponda perfectamente con el efecto final que se busca provocar.

En la televisión-espectáculo nada se deja al azar aunque lo que se busca se esconda, como se esconden los trucos en los juegos de manos. El presentador o conductor (nunca mejor utilizada esta expresión de connotaciones mussolinianas) recibe constantemente las órdenes a través del “pinganillo” para que el programa discurra justo y exactamente por donde los propietarios del mundo que son sus dueños han determinado previamente que debe discurrir, y su desarrollo se modifica, se reorienta, se acelera, se pausa o sencillamente se corta en el momento necesario para que el efecto producido sea el buscado y nunca otro diferente. El “debate” en la televisión-espectáculo no se coordina u organiza -aunque lo parezca- como la escena donde hay un contraste que produce pensamiento libre sino que se conduce, se gobierna, según se ha decidido previamente para que genere el no-saber que se quiere producir y difundir. Es un acabado producto de diseño para acabar con el diálogo social que genera conocimiento auténtico como base de una auténtica democracia.

Dice con toda la razón Amartya Sen que la democracia es un sistema exigente, y no sólo una condición mecánica (como el gobierno por la mayoría) tomada aisladamente: “tiene complejas exigencias, que ciertamente incluyen la votación y el respeto por los resultados electorales. Pero también requiere la protección de libertades, el respeto por los derechos legalmente conferidos, la garantía de discusión libre, la distribución de noticias y comentarios sin censura alguna. Hasta las elecciones pueden ser tremendamente defectivas si ocurren sin que los diferentes participantes tengan una adecuada oportunidad de presentar sus posturas, o sin que el electorado goce de la libertad de obtener noticias y considerar los puntos de vista de los protagonistas principales.” (La democracia como valor universal).

La televisión-espectáculo que banaliza los problemas sociales y degrada su análisis hurta a la sociedad justamente lo que resulta imprescindible para que la democracia llegue a serlo realmente: la posibilidad de contemplar todos los componentes de la realidad para deliberar sobre ellos con todos los puntos de vista por delante. Es el instrumento más útil que puede haber para acabar con la democracia sin que nos vayamos dando cuenta de ello.

 

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Los fabricantes de Trumps

Vivimos en una sociedad que no relaciona actos con consecuencias. Cualquiera ve que, en circunstancias normales, al abrir un grifo sale agua y al no cerrarlo en horas se produce una inundación. Para los grandes hechos de nuestro tiempo esa regla de acción/resultado parece obviarse, a pesar de todas las evidencias. El nuevo presidente estadounidense Donald Trump es hijo directo de muchos errores y atropellos. Y los poderes varios siguen sin ver su responsabilidad y por tanto alimentando el fenómeno.

Donald Trump ha organizado un desastre monumental en poco más de una semana en el cargo. Su decreto migratorio contra países de mayoría musulmana con los que no tiene negocios (los unidos por lazos comerciales con él no están incluidos) ha ocasionado un caos humanitario, legal, institucional, de relaciones internacionales, sin precedentes. Una de sus últimas gestas por el momento destituir a la fiscal general interina por negarse a defender su polémico veto. Pero ha habido mucho más después. Le colgó el teléfono al presidente de Australia, lo que está provocando manifestaciones sin precedentes en Melbourne.  La más escandalosa a esta hora es la declaración de la jefa de camapaña de Trump y ahora asesora principal Chris Matthews. Se ha inventado una masacre que nunca existió a la que ha llamado Bowling Green massacre, atribuida a dos irakíes y culpa de Obama, para justificar el veto a los musulmanes. Cuesta creer que, desde instancias oficiales, se pueda llegar a más. El concepto que la propia Matthews acuñó: realidades alternativa, es decir, mentiras como montañas.

Lo previsto, sin embargo. Con 70 años, y dada su ostentación y presencia en medios, pocos pueden decir que no supieran cómo era Trump. Sobradamente conocidos sus métodos empresariales, se le relaciona incluso con las mafias neoyorquinas. Su ideología, xenófoba, racista, machista y de la más cerril extrema derecha. Su pueril egolatría. Su jactanciosa y vulgar forma de vivir, en su propia torre de oro, rodeado de una familia de plástico. ¿Quién ha podido pensar que un ser así va a ocuparse del bienestar de los ciudadanos?

En pocos días hemos profundizado en muchos más datos inquietantes. Su falta absoluta de empatía hacia los demás. Hacia poblaciones enteras de seres humanos, prohibidos por su origen. Hacia su propia familia incluso. Las declaraciones de su esposa, la tercera, Melania, las de él mismo, duelen en la dignidad de mujer. Es como si el multimillonario Donald se hubiera comprado una geisha que ni defeca, valorada por “sus pechos” y su belleza y, sin duda, por su sumisión al marido. Pasados los días, por cierto, Melania ha desaparecido del mapa y cumple las funciones de primera dama, viajes incluidos, la hija favorita de Trump, Ivanka.

 Con sus subalternos, prescinde hasta de la cortesía: se informa que ha prohibido al personal de la Casa Blanca que le hable o le mire si se cruza con él, a no ser que el presidente desee hacerlo y tome la iniciativa. Lo nuevo es que ha dictado una norma por la que los hombres deben usar corbata y las mujeres “atuendos de mujer”.

Esa forma de firmar sus incendiarios decretos como soltando la cuchilla de una guillotina. Esa firma enorme, apretada, con altos picos de soberbia. Ahora, con la euforia de su éxito definitivo: la cima del mundo. Se ha rodeado de fieles que refuerzan su ego, rechazando a los expertos. En cabeza, Steve Bannon, un activista de ultraderecha, aupado desde la web de difamación y propaganda Breitbart News, a convertirse en el principal asesor presidencial, elemento imprescindible en el Consejo de Seguridad Nacional. Hemos sabido que Trump es una persona influenciable y que Bannon le ha tomado la medida. A juego con todo el equipo, la nueva embajadora ante la ONU, Nikki Haley, hizo gala de la Diplomacia Trump en su presentación con este mensaje: “A quienes no nos apoyan, estamos anotando sus nombres”. Nadie sensato se extraña del temor e indignación que esta presidencia norteamericana suscita.

Trump era un elemento perfectamente conocido, un peligro global. ¿Quién ha podido votarle y confiarle la dirección de su país? Millones de descontentos, sin criterio. Deslumbrados por un botarate –como buena parte de ellos– que ha llegado a tener mucho dinero. Dinero, el gran valor de nuestro tiempo. Y sin duda unos cuantos unabombers del sistema, enfurecidos con la situación.

Alguien, mucho antes, abrió el grifó y no lo cerró. Alguien fabricó al Trump presidente, a los votantes de Trump y a esa ciudadanía abotargada, pisoteada, maleable, abandonada en suma. Es asombroso que no previeran consecuencias a la gran estafa que llamaron crisis. Al fomento de la desigualdad, a los engaños sostenidos, al egoísmo y la crueldad extrema que se ha enseñoreado de nuestro mundo, a la pérdida de principios. Ciertamente, de los escenarios previstos como reacción, Trump es el peor. Y todavía no hemos visto sino el principio de su mandato.

Ha sido lo que un profesor francés, Jean-Claude Michéa, llamó “La escuela de la ignorancia”, la docente y la que emana de los medios de la banalidad. De recortar sistemáticamente en cultura y disuadir el pensamiento crítico. De imponer como valores supremos el dinero y el triunfo. Sin escrúpulos a la trampa. El triunfo y la trampa. Trump como metáfora. Ya saben, “si sueñas, loterías”, dice la administración del PP.

Los medios norteamericanos y muchos europeos son conscientes de lo sucedido. La amenaza a la libertad de expresión, a la verdad, que todos los Trump suponen. Buena parte de los españoles no, con esa visión local que quieren seguir adaptando a sus intereses cualquier oportunidad. Trump ataca a los medios críticos, no a los que están al servicio del poder. Fox no tiene problema alguno, es su modelo. Una sensible diferencia.

Es fácil imaginar, aquí, las reuniones de directores, adjuntos a la dirección, Consejos editoriales, jefes de opinión y opinadores, buscando culpables externos de lo que se labraron para sí y para la sociedad. Como reyes destronados cargados de rabia, sin asumir errores. De paso que alertan contra Trump, lo hacen contra enemigos de sus privilegios, como si formaran paquete. No han dejado ni un resquicio al hartazgo de la ciudadanía. Y termina pasando factura.

Lo mismo –y muchas veces en comandita– que los políticos tradicionales y asimilados. Burdas maniobras han prolongado la agonía del bipartidismo, y sobre todo de unas políticas y unas éticas difíciles de asumir. Todos los días tenemos muestras de esa desvergüenza, que también ha sembrado aquí la desigualdad, la mentira, la superficialidad y el abandono de grandes capas de la sociedad. Todos los días. Con salvadores de las esencias como la presidenta andaluza Susana Díaz, sin empacho en declarar que el fiasco de su partido, el PSOE, en los últimos meses “es el peaje que hemos pagado por proteger la democracia”. O el presidente aragonés Lambán, a quien le parece una “mala noticia” la elección en Francia a través de primarias de Benoît Hamon por ser de izquierdas. Con un 5º puesto en las encuestas tras el paso de Hollande y Valls.

La política que nos trajo hasta aquí, hasta los Trumps, no entiende que el proceso es al revés: sus errores acarrearon estos lodos. Y lo que es todavía peor, no son conscientes de lo que Trump implica en el mundo. Tenemos al Gobierno y sus socios de la gran coalición sin preparase como están haciendo en otros países, tal como contaba aquí Carlos Elordi.

No descartemos la labor de quienes, conscientemente o no, normalizan a Trump comparándolo con otros dirigentes fatídicos. Claro que aquí mismo, en España, hay vallas y con cuchillos cortantes, y que tenemos muertos visibles como los 15 jóvenes del Tarajal y muchos otros. Que trabajadores pobres, con empleo, tienen que acudir a comedores sociales como en EEUU. Pero Trump es la misma amenaza que sacudió Europa en los años 30, la que destruyó Europa. No verlo es otra cortedad de miras. Ante peligros graves hay que priorizar los objetivos.

Los fabricantes de Trumps siguen en activo, ni mucho menos han desenchufado la máquina. Quienes reaccionan a sus atropellos en América y otros continentes, están evidenciando una fuerza y determinación que no se veía en décadas. La campaña de #resistencia va a ser dura y larga. Los ciudadanos de buena voluntad deberían de saber cuándo y para qué abren el grifo. Ya nadie está a salvo de los Trumps.

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