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La milpa, la agricultura de los mayas de Yucatán

 

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A pesar de que en pocos renglones se puede describir el rudimentario proceso de la preparación del terreno, la siembra, los cultivos y la cosecha, la idea de simplicidad que emanara de esa descripción sería equivocada. El trabajo de la milpa es más complicado de lo que a primera vista parece. La gran importancia que tiene, se revela en el rico vocabulario técnico que hasta hoy se conserva, aunque con más o menos alteraciones.

Es posible que el trabajo de la milpa en la actualidad sea más complicado que antaño; el desmonte y la “quema” más perfectos, la siembra y los cultivos más cuidadosos, en un intento de compensar la baja de los rendimientos.

 

Las tierras ya no son tan fértiles; los montes altos tienden a desaparecer y sólo podemos tener una idea de lo que eran los bosques de Yucatán por los escasos manchones que aún existen en lugares alejados de las poblaciones y de las vías de comunicación; la mayor parte del monte bajo sufre una constante cosecha de combustible que no le permite alcanzar su máximo desarrollo, a la vez que se le despoja de plantas como el chakaj y el chukum, que tienen diversas aplicaciones; el ganado semi salvaje contribuye a su empobrecimiento devorando los vástagos y renuevos; los cultivos permanentes, como el henequén, le restan una superficie apreciable; la concentración de habitantes en ciertas zonas no permite esperar tantos años, como en época pretérita, para que el suelo recobre su fertilidad. No obstante, el número de campesinos cuyo único recurso es la milpa, es tan grande o quizás mayor que en la antigüedad. Por otra parte, la naturaleza del suelo no admite innovaciones radicales en la técnica agrícola. He aquí un problema de importancia cuya solución se hace cada vez más urgente, porque el suelo continúa empobreciéndose a la par que aumenta la población del Estado.

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Monsanto, la semilla del diablo

logo“La semilla del diablo”, así fue como el popular presentador del canal estadounidense HBO Bill Maher bautizó, en uno de sus programas y en referencia al debate sobre los Organismos Genéticamente Modificados, a la multinacional Monsanto. ¿Por qué? ¿Se trata de una afirmación exagerada? ¿Qué esconde esta gran empresa de la industria de las semillas? El domingo pasado, precisamente, se celebró la jornada global de lucha contra Monsanto. Miles de personas en todo el planeta se manifestaron contra las políticas de la compañía.

Monsanto es una de las empresas más grandes del mundo y la número uno en semillas transgénicas, el 90% de los cultivos modificados genéticamente en el mundo cuentan con sus rasgos biotecnológicos. Un poder total y absoluto. Asimismo, Monsanto está a la cabeza de la comercialización de semillas, y controla el 26% del mercado. A más distancia, la sigue DuPont-Pioneer, con un 18%, y Syngenta, con un 9%. Solo estas tres empresas dominan más de la mitad, el 53%, de las semillas que se compran y venden a escala mundial. Las diez grandes, controlan el 75% del mercado, según datos del Grupo ETC. Lo que les da un poder enorme a la hora de imponer qué se cultiva y, en consecuencia, qué se come. Una concentración empresarial que ha ido en aumento en los últimos años y que erosiona la seguridad alimentaria.

La avaricia de estas empresas no tiene límites y su objetivo es acabar con variedades de semillas locales y antiguas, aún hoy con un peso muy significativo especialmente en las comunidades rurales de los países del Sur. Unas semillas autóctonas que representan una competencia para las híbridas y transgénicas de las multinacionales, las cuales privatizan la vida, impiden al campesinado obtener sus propias simientes, los convierten en “esclavos” de las compañías privadas, a parte de su negativo impacto medioambiental, con la contaminación de otros cultivos, y en la salud de las personas. Monsanto no ha escatimado recursos para acabar con las semillas campesinas: demandas legales contra agricultores que intentan conservarlas, patentes monopólicas, desarrollo de tecnología de esterilización genética de simientes, etc. Se trata de controlar la esencia de los alimentos, y aumentar así su cuota de negocio.

La introducción en los países del Sur, en particular en aquellos con vastas comunidades campesinas capaces todavía de proveerse de semillas propias, es una prioridad para estas compañías. De este modo, las multinacionales semilleras han intensificado las adquisiciones y alianzas con empresas del sector principalmente en África e India, han apostado por cultivos destinados a los mercados del Sur Global y han promovido políticas para desalentar la reserva de simientes. Monsanto, como reconoce su principal rival DuPont-Pioneer, es el “guardián único” del mercado de semillas, controlando, por ejemplo, el 98% de la comercialización de soja transgénica tolerante a herbicida y el 79% del maíz, como recoge el informe ¿Quién controla los insumos agrícolas?. Lo que le da suficiente poder como para determinar el precio de las simientes con independencia de sus competidores.

De las simientes a los agrotóxicos

Sin embargo, Monsanto no tiene suficiente con controlar las semillas sino que, para cerrar el círculo, busca dominar también aquello que se aplica a su cultivo: los agrotóxicos. Monsanto es la quinta empresa agroquímica mundial y controla el 7% del mercado de insecticidas, herbicidas, fungidas, etc., por detrás de otras empresas, líderes a la vez en el mercado de las simientes, como Syngenta que domina el 23% del negocio de los agrotóxicos, Bayer el 17%, BASF el 12% y Dow Agrosciences casi el 10%. Cinco empresas controlan así el 69% de los pesticidas químicos de síntesis que se aplican a los cultivos a escala mundial. Los mismos que venden al campesinado las semillas híbridas y transgénicas son los que les suministran los pesticidas a aplicar. Negocio redondo.

El impacto medioambiental y en la salud de las personas es dramático. A pesar de que las empresas del sector señalan el carácter “amigable” de estos productos con la naturaleza, la realidad es justo todo lo contrario. Hoy, tras años de suministro del herbicida de Monsanto Roundup Ready, a base de glifosato, que ya en 1976 fue el herbicida más vendido del mundo, según datos de la misma compañía, y que se aplica a las semillas de Monsanto modificadas genéticamente para tolerar dicho herbicida mientras que éste acaba con la maleza, varias son las hierbas que han desarrollado resistencias. Solo en Estados Unidos, se estima que han aparecido unas 130 malezas resistentes a herbicidas en 4,45 millones de hectáreas de cultivos, según datos del Grupo ETC. Lo que ha llevado a un aumento del uso de agrotóxicos, con aplicaciones más frecuentes y dosis más elevadas, para combatirlas, con la consiguiente contaminación ambiental del entorno.

Las denuncias de campesinos y comunidades afectadas por el uso sistemático de pesticidas químicos de síntesis es una constante. En Francia, el Parkinson es incluso considerado una enfermedad laboral agrícola causada por el uso de agrotóxicos, después que el campesino Paul François ganará la batalla judicial contra Monsanto, en el Tribunal de Gran Instancia de Lyon en 2012, y consiguiera demostrar que su herbicida Lasso era responsable de haberlo intoxicado y dejado inválido. Una sentencia histórica, que permitió sentar jurisprudencia. El caso de las Madres de Ituzaingó, un barrio de las afueras de la ciudad argentina de Córdoba, rodeado de campos de soja, en lucha contra las fumigaciones es otro ejemplo. Tras diez años de denuncia, y después de ver como el número de enfermos de cáncer y niños con malformaciones en el barrio no hacía sino aumentar, de cinco mil habitantes dos cientos tenían cáncer, consiguieron demostrar el vínculo entre dichas enfermedades y los agroquímicos aplicados en las plantaciones sojeras de sus alrededores (endosulfán de DuPont y glifosato de Roundup Ready de Monsanto). La Justicia prohibió, gracias a su movilización, fumigar con agrotóxicos cerca de zonas urbanas. Estos son tan solo dos casos de los muchos que podemos encontrar en todo el planeta.

Ahora, los países del Sur son el nuevo objetivo de las empresas de agroquímicos. Mientras que las ventas globales de pesticidas descendieron en los años 2009 y 2010, su uso en los países de la periferia aumentó. En Bangladesh, por ejemplo, la aplicación de pesticidas creció un 328% en la década del 2000, con el consiguiente impacto en la salud de los campesinos. Entre 2004 y 2009, África y Medio Oriente tuvieron el mayor consumo de pesticidas. Y en América Central y del Sur se espera un aumento del consumo en los próximos años. En China, la producción de agroquímicos alcanzó en 2009 dos millones de toneladas, más del doble que en 2005, según recoge el informe ¿Quién controlará la economía verde?. Business as usual.

Una historia de terror

Pero, ¿de dónde surge dicha empresa? Monsanto fue fundada en 1901 por el químico John Francis Queeny, proveniente de la industria farmacéutica. Su historia es la historia de la sacarina y el aspartamo, del PBC, del agente de naranja, de los transgénicos. Todos fabricados, a lo largo de los años, por dicha empresa. Una historia de terror.

Monsanto se constituyó como una empresa química y, en sus orígenes, su producto estrella era la sacarina, que distribuía para la industria alimentaria y, en particular, para Coca-Cola, del que fue uno de sus principales proveedores. Con los años, expandió su negocio a la química industrial, convirtiéndose, en la década de los 20, en uno de los mayores fabricantes de ácido sulfúrico. En 1935, absorbió a la empresa que comercializaba policloruro de bifenilo (PCB), utilizado en los transformadores de la industria eléctrica. En los 40, Monsanto centró su producción en los plásticos y las fibras sintéticas, y, en 1944, comenzó a producir químicos agrícolas como el pesticida DDT. En los 60, junto con otras empresas del sector como Dow Chemical, fue contratada por el gobierno de Estados Unidos para producir el herbicida agente naranja, que fue utilizado en la guerra de Vietnam. En este período, se fusionó, también, con la empresa Searla, descubridora del edulcorante no calórico aspartamo. Monsanto fue productora, asimismo, de la hormona sintética de crecimiento bovino somatotropina bovina. En la década de los 80 y 90, Monsanto apostó por la industria agroquímica y transgénica, hasta llegar a convertirse en la número uno indiscutible de las semillas modificadas genéticamente.

Actualmente, muchos de los productos made by Monsanto han sido prohibidos, como los PCB, el agente naranja o el DDT, acusados de provocar graves daños en la salud humana y el medio ambiente. Solo el agente naranja en la guerra de Vietnam fue responsable de decenas de miles de muertos y mutilados, así como de pequeños nacidos con malformaciones. La somatotropina bovina también está vetada en Canadá, la Unión Europea, Japón, Australia y Nueva Zelanda, a pesar de que se permite en los Estados Unidos. Lo mismo ocurre con el cultivo de transgénicos, omnipresente en Norte América, pero prohibido su cultivo en la mayoría de países europeos, a excepción, por ejemplo, del Estado español.

Monsanto, asimismo, se mueve como pez en el agua en las bambalinas del poder. Wikileaks lo dejó claro cuando filtró más de 900 mensajes que mostraban cómo la administración de Estados Unidos había gastado cuantiosos recursos públicos para promocionar a Monsanto y a los transgénicos en muchísimos países, a través de sus embajadas, su Departamento de Agricultura y su agencia de desarrollo USAID. La estrategia consistía y consiste en conferencias “técnicas” desinformando a periodistas, funcionarios y creadores de opinión, presiones bilaterales para adoptar legislaciones favorables y abrir mercado a las empresas del sector, etc. El gobierno español es en Europa el principal aliado de EEUU en dicha materia.

Plantar cara

Ante tanto despropósito, muchos no callan y plantan cara. Miles son las resistencias contra Monsanto en todo el mundo. El 25 de mayo ha sido declarado jornada de acción global contra dicha compañía y centenares de manifestaciones y acciones de protesta se llevan a cabo ese día alrededor del globo. En 2013 se realizó la primera convocatoria, miles de personas salieron a la calle en varias ciudades de 52 países distintos, desde Hungría hasta Chile pasando por Holanda, Estado español, Bélgica, Francia, Sudáfrica, Estados Unidos, entre otros, para mostrar el profundo rechazo a las políticas de la multinacional. El domingo pasado, día 25, la segunda convocatoria, menos concurrida, se llevó a cabo con acciones en 49 países.

América Latina es, en estos momentos, uno de los principales frentes de lucha contra la compañía. En Chile, la movilización logró, en marzo del 2014, la retirada de la conocida como Ley Monsanto que pretendía facilitar la privatización de la semillas locales y dejarlas a manos de la industria. Otra gran victoria fue en Colombia, un año antes, cuando el masivo paro agrario, en agosto del 2013, logró la suspensión de la Resolución 970, que obligaba a los campesinos a usar exclusivamente semillas privadas, compradas a las empresas del agronegocio, y les impedía guardar las suyas propias. En Argentina, los movimientos sociales están, asimismo, en pie contra otra Ley Monsanto, que pretende aprobarse en el país y subordinar la política nacional de semillas a las exigencias de las empresas transnacionales. Más de cien mil argentinos han firmado ya contra dicha ley en el marco de la campaña No a la Privatización de las Semillas.

En Europa, Monsanto quiere ahora aprovechar la grieta que abren las negociaciones del Tratado de Libre Comercio Unión Europea-Estados Unidos (TTIP) para presionar en función de sus intereses particulares y poder legislar por encima de la voluntad de los países miembros, muchos contrarios a la industria transgénica. Las resistencias en Europa contra el TTIP, esperemos, no se hagan esperar.

Monsanto es la semilla del diablo, sin lugar a dudas.

 

Fuente

El pan ha dejado de ser un producto natural

“Hace tiempo que el pan empezó a morir. Aparca en las tiendas sus pálidos cadáveres, ataúdes cortados en rodajas”, sentenciaba el sociólogo Jesús Ibáñez en Por una sociología de la vida cotidiana (1994). El pan tiene hoy el poder de despertarnos nostalgia y recuerdos de otro tiempo en que sus propiedades eran otras.

¿Qué ha cambiado? Para empezar, el trigo. Las semillas no son las mismas. Han sido hibridadas hasta conseguir el mayor rendimiento posible y la mayor resistencia. No es algo nuevo. El agricultor siempre había seleccionado sus semillas, eligiendo las más fuertes, las más grandes, para ser plantadas nuevamente. “En los años 50 y 60, había ingenieros agrónomos que ya buscaban aumentar la producción del trigo, pero eran ingenieros independientes que trabajaban para las diputaciones, para el Estado… Y estaban en contacto con las panaderías, con el consumidor. Los trigos híbridos que sacaron entonces son buenísimos. Ahora hay ingenieros muy buenos que trabajan en centros de mejora, pero que están sometidos. Tienen que sacar el trigo que demanda la industria. Hay un dinero para la investigación que ponen las empresas. No pueden sacar lo que ellos quieren”, explica Víctor García, del proyecto de recuperación de semillas antiguas Triticatum. El objetivo de estas variedades híbridas de hoy es aumentar la productividad. El resto de cuestiones pasa a un segundo plano.

A partir de ahí, la harina es refinada para garantizar una mayor duración, retirando de ella las partes
susceptibles de deteriorarse. “La industria harinera separa primero la cubierta del grano con un proceso denominado descascarillado, para evitar que la harina tenga salvado. Después separa el germen con otro tratamiento para evitar que los aceites de éste obstruyan los turbotamices. De esta forma, el resultado es el fantasma de la harina”, denuncia Irais, biólogo y productor. El germen del trigo contiene lípidos muy nutritivos y proteínas asimilables, pero su enorme valor para la industria cosmética y dietética lo convierte en un producto demasiado valioso para ser malgastado en el pan. Por su parte, el salvado aporta las propiedades oligopéptidas (sabor y olor) y la fibra. Retirando ambos, el producto resultante está compuesto de almidón y gluten, al que se le añaden una serie de aditivos y complementos. “Hay un listado de aditivos legales para la harina (blanqueadores, antifermentantes, enzimas modificadas genéticamente) que una fábrica de harina puede añadirle a ésta para estabilizarla y mejorarla. Y luego, en las panaderías, otros cuarenta aditivos que el panadero puede utilizar legalmente también para incorporar al pan, para que tenga la corteza más crujiente, más dorada, que tenga más miga, absorba más agua, etc.”, explica Víctor García.

A diferencia de éstas, las harinas ecológicas, por regla general, utilizan sólo los ingredientes básicos (harina, agua y sal), y el cereal no ha sido tratado con productos químicos durante su cultivo. En las harinas ecológicas industrialmente procesadas, la normativa obliga a devolver parte del salvado y la totalidad del germen al producto final. Sin embargo, debido al enorme valor del germen es difícil pensar que una vez separado se vuelva a gastar en medios para devolverlo. “En todas las fábricas que he visitado, nadie lo hace. El consumidor o el panadero no saben si está el germen ahí o no. Habría que hacer una analítica para saberlo”, apunta Víctor García.

Pan con más gluten

“Si partes de un trigo pensado únicamente para que crezca mucho y pronto, y luego le quitas el salvado, el germen, el pan que salga de ahí no va a tener mucho sabor y tendrás que agregarle un montón de cosas”, explica Isolda, de Semilla Solacera. “El pan ha dejado de ser un producto natural; es un producto químico que nuestro organismo tiene que tolerar”, explica la nutricionista y bióloga Pilar Parra. Estos panes, además de no ser nutricionalmente ricos, tienen un porcentaje de gluten mucho mayor. “Tiene tres veces más gluten que el pan tradicional”, denuncia Pilar Parra. “Y el problema no es sólo el pan. El gluten está ahora en todos sitios: lo añaden como espesante a muchas cosas. A los helados, a las salsas, a los embutidos, porque es una proteína muy barata de obtener”.

En los últimos años, ha habido un aumento exponencial de los casos de alergia al gluten (celiaquía) e intolerancia. “Es una cuestión de mejora de métodos de diagnóstico, pero también hay una serie de celiaquías que no se expresaban con síntomas, llamadas silentes, y que, debido a la cantidad de gluten que estamos tomando, ha hecho que se expresen. Se piensa que es una de las razones de que estén saliendo más casos. Luego hay mucha gente que tiene problemas de salud y que a lo mejor nunca sabrá que es celiaca, porque no hay un médico que sea capaz de verle los síntomas”. La doctora Pilar Parra apunta cuestiones de calidad y cantidad del gluten. “Nuestro organismo no está capacitado para digerir bien el gluten. Si encima tienes una predisposición genética y te están metiendo hasta tres veces más cantidad… Además, este trigo híbrido no es un trigo silvestre que nuestro organismo se acostumbró a digerir durante siglos”.

El caso de la espelta

La preocupación por la salud y el aumento de casos de intolerancia al gluten han estado detrás del crecimiento de la demanda de otros cereales en los últimos años, variedades de trigo viejo como la espelta o el kamut (trigo persa). En la primavera de 2013, a causa de las lluvias, las cosechas de espelta del centro de Europa fueron muy escasas y de mala calidad. La demanda se disparó de forma que las grandes empresas comenzaron a hacer acopio en otras zonas del continente, comprando toda la producción. “En España se estaban produciendo unos dos millones de kilos. Han acaparado todo. La poca espelta que había se ha quedado en manos de las grandes fábricas de harina que sirven a las grandes cadenas de alimentación”, explica Víctor García. Como consecuencia, este año la producción de espelta ha crecido exponencialmente. “Todos los agricultores que conozco tienen espelta este año”, explica Isolda, de Semilla Solacera. Se prevé una gran producción de este cereal, que posiblemente hará caer su precio para el productor, aunque esta bajada nunca llegarán a notarla los consumidores. Frente a las fluctuaciones del mercado, los pequeños productores apuestan por relaciones de cercanía. “Aquí está marcando mucho el mercado de lo bío. El mercado ecológico, por serlo, no está fuera de la macroeconomía. Con una relación estable cliente-proveedor, tú te aseguras de que te van a comprar y que lo vas a poder vender. Aunque venga un alemán y me quiera pagar el doble, yo tengo un compromiso que no voy a romper. Creo que es más a lo que hay que tender. Porque, además de lo ecológico, hay otros criterios”, puntualiza Isolda.

Cambio de hábitos

Iban Yarza, responsable de la web La Memoria del Pan, insiste en la imposibilidad de generalizar: “De­cir hoy ‘pan de pueblo’ o ‘pan congelado’ no es decir mucho. Hay gente que hace cosas bien y gente que las hace mal”. En lo que sí coinciden panaderos, harineros y agricultores es en que es necesario cambiar los hábitos de consumo.

En Reino Unido, ejemplo de los efectos de la industrialización sobre el sector alimentario, se ha puesto en marcha la iniciativa ‘Real Bread Campaign’ para exigir la recuperación del auténtico pan, que los fabricantes cesen en el uso de mejorantes, o al menos los declaren, y que se retiren términos como “fresco” o “recién horneado” de supermercados y otros distribuidores.

Pan recién hecho a cualquier hora

El pan precocido industrial es el más barato del mercado, y lo es a pesar de que sus costes de producción son mucho mayores, debido al gasto energético necesario para la congelación, y al envasado. Lo que abarata su coste es la producción masiva. “Interrumpir la cocción implica que se interrumpe la transformación que el almidón sufre en el horno. Esto afecta a la forma en que la miga absorbe el agua, de manera que en un par de horas se vuelve gomoso y se seca enseguida”, explican desde el Centro de Investigación e Información en Consumo (CRIC), que aboga por un consumo consciente y transformador.

Triticatum (La Garrotxa, Girona)

Triticatum es un proyecto de recuperación de variedades antiguas de trigo nacido hace 30 años de la mano de Víctor García Torres. Triticatum cuenta con un banco de semillas formado por más de 700 variedades de trigos antiguos y un jardín botánico donde tiene plantadas otras 200 para estudiar sus características agronómicas. Además, dispone de un área de formación y asesoramiento para panaderías, para campesinos y para cualquiera que quiera trabajar con variedades antiguas.

“Trabajo con variedades antiguas, que forman parte de nuestro patrimonio. Son el resultado del cultivo de generaciones y generaciones de campesinos, un producto que es nuestro y viene de nuestros ancestros. Estas variedades son muy poco exigentes en nutrientes. No necesitan que se les incorpore nitrógeno, y compiten muy bien con la hierba. Además, si son trigos antiguos de una zona determinada, son resistentes a algunos tipos de enfermedades, porque están aclimatados. A nivel organoléptico, tienen gusto y texturas diferentes a los modernos. Y esto lo conocen los panaderos viejos. Antes conocían los trigos, de dónde provenían. Había una relación más de proximidad entre el panadero, el agricultor, el fabricante de harina. Era una producción más local”.

Semilla Solacera (Itero de la Vega, Palencia)

Proyecto de reciente creación, dedicado a la producción de harina de kamut, espelta, saragolla y centeno de forma tradicional. Semilla Solacera nace como una apuesta por la soberanía alimentaria y unas relaciones diferentes entre productores y consumidores. “No añadimos fertilizantes, herbicidas, etc. a la tierra. La mayor diferencia en nuestra harina es la forma en que la producimos: hacemos la molienda en molino de piedra y la tamizamos a mano. El tamizado, al ser a mano, hace que la harina mantenga el germen y una parte del salvado. También intentamos explicar a la persona que compra la harina cómo se ha hecho. Es lo más interesante. Y hay toda una ideología detrás: tanto de soberanía alimentaria, como que lo ecológico se expanda y no sea para una élite únicamente, que la tierra se recupere”. Desde Semilla Solacera explican que “poco a poco más productores ecológicos están viendo que procesar el grano y hacer la harina incrementa un poco las ganancias y genera una relación un poco más coherente con lo que es la agroecología. La gente se está lanzando a comprar un pequeño molino y producir su propia harina”.

Pan de Madre (La Iglesuela, Toledo)

Cooperativa agroalimentaria dedicada a la elaboración de pan integral con masa madre y de repostería. Pan de Madre es un proyecto formado por familias que han apostado por la vida rural y que elaboran pan con harinas bio­lógicas y masa madre como fermento natural. Inciden mucho en tareas de reeducación alimentaria y concienciación sobre lo que se come.

“La masa madre que utilizamos es una reserva de la masa del pan que hacemos hoy, elaborado con harinas integrales, ecológicas, y agua de manantial, que se deja fermentar y actúa como levadura en el pan que haremos mañana. Esto hace que estemos utilizando reservas de [masa] madre que parten de una masa elaborada hace seis años. El pan elaborado con masa madre es un pan mimoso y mimado, un pan que necesita tiempo, reposo, calor, humedad, buen ambiente, buenas harinas vivas, con todo su germen, su salvado, sus nutrientes. Presentan un olor, textura, color y sabor especiales”. Como Pan de Madre, otros pequeños proyectos en todo el Estado elaboran pan siguiendo estos fundamentos, lo que hace que encontrar “auténtico” pan sea una cuestión de prioridades.

Patentar tomates, pimientos o la vida

Esos ejemplares esculturales, presumiendo su físico musculoso y reluciente, prácticamente idénticos cual delantero mediático de fútbol, son cada vez más habituales. Últimamente los encuentro en todas partes y parece que tienen éxito, al menos, veo que mucha gente habla de ellos, se acercan, los tocan, los acarician, los desean. Unos dicen que son fruto de muchas horas de esfuerzo, otros dicen que son fruto de mejoras genéticas, hay quien lo explica en base a una bonita historia de rescate de especímenes olvidados y hay quien asegura que, comidos, tienen efectos afrodisíacos. Pero yo a la hora de llevarme tomates a la boca, prefiero algo menos exótico que esos tomates de ‘marca registrada’.

Como explica Juan José Soriano en el último número de la revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas, el Kumato® –ese tomate casi negro que se vende en paquetes de celofán, con el glamour de un producto de alta calidad- es una desagradable muestra de las tácticas que algunas empresas agrícolas están llevando a cabo para monopolizar un mercado del que ya controlan una buena porción. De hecho, de cada seis tomates que usted compra es muy probable que uno sea propiedad de Syngenta, la multinacional especializada en semillas transgénicas y dueña del bien parecido Kumato®. Los datos de la organización ETC Group sobre el mercado mundial de semillas comerciales confirma cómo de concentrado está este sector que maneja anualmente una cifra superior a 27.400 millones de dólares: Syngenta, Monsanto y otras 8 empresas controlan tres cuartas partes de todo el mercado; y ellas dos, junto con Dupont-Pioneer, controlan más de la mitad (53%).

Muchas son las circunstancias permitidas para que uno de los recursos estratégicos básicos de nuestra alimentación y vida, las semillas (junto al agua potable y la tierra fértil) esté tan ‘acaparado’ por un puñado de multinacionales. Tenemos lo que el espejo del capitalismo y neoliberalismo refleja: la vida en manos de unas corporaciones. El Kumato ®, en este caso, nos enseña una de las nuevas maneras de seguir en esta terrible tendencia. Puesto que las actuales leyes sobre la propiedad de las semillas, aunque insuficientemente, aún reconocen de alguna manera que las variedades vegetales que puedan ir surgiendo no son sino la recombinación de caracteres ya existentes en las plantas tradicionales, la estrategia de Syngenta ha sido ir a buscar su exclusividad en las oficinas del registro mercantil. Bautizando a su tomate con cualquier nombre que suene sabroso ha registrado una marca obteniendo así la posibilidad de prohibir en todo el mundo que se comercialicen semillas de sus tomates, que se produzcan sin su permiso e incluso puede exigir que se sancione a quien lo haga. Pero hay que insistir, ni Syngenta ni ninguna empresa han inventado el tomate y patentar su variedad es una afrenta inaceptable para las gentes campesinas que callada y pacientemente, desde los tiempos aztecas, domesticaron y mejoraron, generación a generación las muchas variedades de tomates tradicionales que existen, adaptándolas a diferentes climas y suelos y, que desde luego, nadie prohíbe que se puedan reproducir.

Recientemente, una gran coalición europea de 34 organizaciones de agricultores y organizaciones no gubernamentales de 27 países, presentó un recurso ante la Oficina Europeade Patentes (OEP) en contra de una patente sobre el pimiento concedida el año pasado precisamente a Syngenta. Esta patente también permite a la empresa agroquímica apropiarse de una resistencia a los insectos y le garantiza derechos en exclusividad. Pero Syngenta no explica que la resistencia conseguida la obtuvo al cruzar un pimiento silvestre de Jamaica con un pimiento comercial. Para los recurrentes “las patentes sobre la vida, no solo son cuestionables desde el punto de vista ético, sino que también ponen de manifiesto el fenómeno de la concentración en el mercado de semillas, lo que reduce la biodiversidad y amenaza la seguridad alimentaria”. Y aunque el año 2012 el Parlamento Europeo adoptó una resolución solicitando que cesase este tipo de patentes, la OEP ha hecho caso omiso de esta recomendación, de lo que Syngenta y otras multinacionales se están beneficiado extraordinariamente.

A mi parecer es importante debatir y reflexionar a propósito del caso del Kumato® pues entiendo que desvela por dónde van los movimientos de las grandes firmas de las semillas. Viendo que el mercado rechaza definitivamente el consumo de variedades transgénicas (donde las leyes les dan muchos privilegios) y observando cómo cada vez más las y los consumidores valoran recuperar el buen sabor en la boca, como incluso mucha gente cultiva sus propios tomates y como cada vez más se recuperan y dan valor a las variedades locales y antiguas, la formula de ‘nuevos tomates’ con valor añadido (como un buen sabor, un estilo añejo o con más propiedades nutritivas) será la que quieran imponer.

Pero, ojo, siempre con su inequívoca señal de ‘marca registrada’® grabada a en la piel.

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