Archivo del sitio

El caballo en el pozo

Un campesino poseía algunos caballos que lo ayudaban en los trabajos de su pequeña hacienda. Un día, su capataz le dijo que uno de sus caballos había caído en un viejo pozo abandonado. Era muy profundo, y resultaría extremadamente difícil sacarlo de allí.

El campesino fue rápidamente al lugar del accidente y evaluó la situación, dándose cuenta de que el animal no se había lastimado. Pero, por la dificultad y el costo del rescate, concluyó que no valía la pena, y pidió al capataz que sacrificara al caballo tirando tierra al pozo hasta enterrarlo. Y así se hizo.
A medida que la tierra le caía encima, el animal la sacudía. Esta se acumuló poco a poco en el fondo del pozo, permitiéndole subir. Los hombres se dieron cuenta de que el caballo no se dejaba enterrar sino que, al contrario, estaba utilizando la tierra para llegar hasta arriba, logrando finalmente salir del socavón.

Adopción

Una maestra estaba estudiando con su grupo de primer grado la pintura de una familia. En la pintura había un niño que tenía la piel de color diferente al resto de los miembros de la familia. Uno de los niños del grupo sugirió que el niño de la pintura era adoptado. Entonces, una niña dijo: Yo sé todo de adopciones porque soy adoptada.
¿Qué significa ser adoptado?, preguntó otro niño.
Significa – dijo la niña – que tú creces en el corazón de tu madre en lugar de crecer en su vientre.

El niño y la transfusión de sangre

Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntario en un hospital, conocí a una niña llamada Liz que tenía una extraña enfermedad. Su única oportunidad de sobrevivir era recibir una transfusión de sangre de su hermano de cinco años, quien había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad. Había desarrollado anticuerpos necesarios para combatirla exitosamente.

El doctor explicó al niño la situación, y le preguntó si estaría dispuesto a dar sangre a su hermana. Yo lo vi dudar, pero solo un segundo después contestó: “Sí, lo haré”

Mientras la transfusión continuaba, él miraba sonriente a su hermana, y vi cómo el color rojizo volvía a las mejillas de ella. Entonces la cara del niño se puso pálida, su sonrisa desapareció, y fue entonces cuando preguntó al doctor: “¿A qué hora empezaré a morirme?”.

El helado de chocolate

En los días en los que el precio de un helado era algo razonable, un niño entró en una heladería y se sentó en una de las mesas. La dueña se aproximó a él para ver qué quería. “¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con almendras, señora?”, preguntó el chiquillo. “Cincuenta centavos”, respondió ella. El niño contó las monedas que llevaba en su mano y volvió a preguntar: “¿Y cuánto un helado de chocolate sin almendras?”. La dueña tenía mucho que hacer y empezaba a desesperarse. “Treinta y cinco centavos, muchacho”, contestó de mala manera. “Bien, póngame uno de chocolate sin almendras, por favor”.

Unos minutos después el niño terminaba su helado, pagaba en caja y se marchaba. La dueña volvió a la mesa para limpiarla, y allí encontró un plato, una cuchara, una servilleta usada y quince centavos…su propina.

 

El sabio que visitó el cielo y el infierno

Cierto día, un sabio visitó el infierno. Allí, vio a mucha gente sentada en torno a una mesa ricamente servida. Estaba llena de alimentos, a cual más apetitoso y exquisito. Sin embargo, todos los comensales tenían cara de hambrientos y el gesto demacrado: Tenían que comer con palillos; pero no podían, porque eran unos palillos tan largos como un remo. Por eso, por más que estiraban su brazo, nunca conseguían llevarse nada a la boca.

Impresionado, el sabio salió del infierno y subió al cielo. Con gran asombro, vio que también allí había una mesa llena de comensales y con iguales manjares. En este caso, sin embargo, nadie tenía la cara desencajada; todos los presentes lucían un semblante alegre; respiraban salud y bienestar por los cuatro costados. Y es que, allí, en el cielo, cada cual se preocupaba de alimentar con los largos palillos al que tenía enfrente.

 

El consejo del campesino

Una vez un campesino, pobre y muy sabio, trabajaba la tierra duramente con su hijo.
Un día el hijo le dijo: “Padre, ¡qué desgracia! Se nos ha ido el caballo.”
“¿Por qué le llamas desgracia? – respondió el padre, veremos lo que trae el
tiempo…”

A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo. “¡Padre, qué suerte! – exclamó esta vez el muchacho, nuestro caballo ha traído otro caballo.”
“¿Por qué le llamas suerte? – repuso el padre, veamos qué nos trae el tiempo.”

En unos cuantos días más, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y éste, no acostumbrado al jinete, se enfurecio y lo arrojó al suelo. E muchacho se quebró una pierna.
“Padre, qué desgracia! – exclamó ahora el muchacho – ¡Me he quebrado la pierna!”
Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció:
“¿Por qué le llamas desgracia? Veamos lo que trae el tiempo!”

El muchacho no se convencía de la filosofía del padre, sino que se quejaba en su cama. Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo.

El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo, porque la vida da muchas vueltas y que todo en este vida tiene un propósito.

 

Padre

padre-e-hijoEra tu padre. Estaba igual, más joven incluso que antes de su muerte, y te miraba sonriente, parado al otro lado de la calle, con ese gesto que solía poner cuando eras niño y te iba a recoger a la salida del colegio cada tarde. Lógicamente, te quedaste perplejo, incapaz de entender qué sucedía, y no reparaste ni en que el disco se ponía rojo de repente ni en que derrapaba en la curva un autobús y se iba contra ti incontrolado. Fue tremendo. Ya en el suelo, inmóvil y medio atragantado de sangre, volviste de nuevo los ojos hacia él y comprendiste. Era, siempre lo había sido, un buen padre, y te alegró ver que había venido una vez más a recogerte.

 

(Autor: Carlos Alfaro Gutiérrez)

Los niños (Eduardo Galeano)

Día tras día, se niega a los niños el derecho de ser niños. Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a los niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños.

Los nadies (Eduardo Galeano)

Sueñan las pulgas con comprarse un perro
y sueñan los nadies con salir de pobres,
que algún mágico día
llueva de pronto la buena suerte,
que llueva a cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy,
ni mañana, ni nunca,
ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte,
por mucho que los nadies la llamen
y aunque les pique la mano izquierda,
o se levanten con el pie derecho,
o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie,
los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados,
corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos,
rejodidos:

Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones,
sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos,
sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal,
sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies,
que cuestan menos
que la bala que los mata.

El plato de madera

Al anciano le temblaban las manos, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban, así que fue a vivir a la casa de su hijo, su nuera y su nieto de cuatro años.

La familia completa comía junta en la mesa, pero las manos temblorosas y la vista enferma del anciano hacían el alimentarse un asunto difícil. Los guisantes caían de su cuchara al suelo y cuando intentaba tomar el vaso, derramaba la leche sobre el mantel. Hijo y su esposa se cansaron de la situación. “Tenemos que hacer algo con el abuelo”, dijo el hijo. “Ya he tenido suficiente”. “Derrama la leche hace ruido al comer y tira la comida al suelo”.

Así fue como el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor. Ahí, el abuelo comía solo mientras el resto de la familia disfrutaba la hora de comer. Como el abuelo había roto uno o dos platos su comida se la servían en un plato de madera. De vez en cuando miraban hacia donde estaba el abuelo y podían ver una lágrima en sus ojos mientras estaba ahí sentado solo. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía, eran fríos llamados de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida.

El niño de cuatro años observaba todo en silencio. Una tarde antes de la cena, el papá observó que su hijo estaba jugando con trozos de madera en el suelo. Le pregunto: “¿Que estás haciendo?” Y el niño le contestó: “Ah, estoy haciendo un tazón para ti y otro para mamá para que cuando yo crezca, ustedes coman en ellos.”

Kommon Blog

Free The Writers

Café de Papel

Historias que vale la pena compartir

Te miro me miras... Nos miramos

El blog de María G. Vicent

Nonet

Unas palabras especialmente para ti....

LA ZONA TRIBAL

.......ELIGE BIEN LAS PIEZAS DEL PUZZLE

Las termitas del cielo

Entropía callejera

#Barbanza

Mirada subjetiva de las noticias, con mucha picardia e ironía en #Barbanza

QUEBRANTANDO EL SILENCIO

.......ELIGE BIEN LAS PIEZAS DEL PUZZLE