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El mundo líquido de Zygmunt Bauman

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Un auditorio a rebosar. De lujo. Un público variopinto, en el que predominan los hombres trajeados y las mujeres muy puestas. Y enfrente, un anciano menudo, de pelo blanco y aspecto frágil, pero capaz de remover al auditorio en pleno por dentro. Algunos, comprenden su discurso, lo mal que vamos, y lo apoyan, incluso han venido con sus libros por si hay ocasión de que los firme. Otros, no, otros  mueven la cabeza, negando, cuando el anciano habla de la igualdad, del absurdo crecimiento, de la insolidaridad y la falta de ética. No dicen nada, pero se les nota nerviosos en el asiento. Estoy en la conferencia de Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco, ha ofrecido en la Fundación Rafael del Pino. Es uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo, autor de más de 50 libros y más de un centenar de ensayos. Premio Príncipe de Asturias en 2010. Un cerebro privilegiado.

El último de sus libros tiene un título que lo dice todo siendo una pregunta: “¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?”. En cuanto sale a escena, no tarda en dar su respuesta, porque comienza haciendo un retrato patético de este mundo: “Vale sí, hay mil millones menos de pobres que hace unas décadas, pero no podemos dejar de ver la diferencia en los países desarrollados entre los ricos y los que no lo son no deja de aumentar”. Zygmunt nos dice a la cara que, además, lo peor es que esa situación nos importa un bledo: “Somos indiferentes a los pobres porque hemos ahogado el impulso natural a ayudar al otro, las normas éticas están en crisis total porque lo que prima ahora es la competencia” .

¿Y cómo hemos llegado a esta situación? Para Bauman es “el sedimento de decisiones pasadas”, del mismo modo que las  tomemos ahora lo será para nuestros nietos y bisnietos, “si seguimos escudados en que no hay otra alternativa”.

Si mala es la situación, asegura, lo peor es que la soportemos sin hacer nada porque se fundamenta en tres creencias que se han hecho fuertes, y que hay que desterrar. “La primera es creer que cualquier problema social se soluciona aumentando el PIB. Y si no crece, cunde el pánico, todo va mal, y nos olvidamos de que hay otras formas de resolverlos, como es distribuyendo la riqueza de otra forma” (detecto movimientos en algunos asientos). Un ejemplo, recuerda, es lo que ocurrió cuando se descubrió petróleo en el Mar del Norte en los dos países beneficiados: Gran Bretaña bajó los impuesto a los ricos, pensando que aumentaría la riqueza general; Noruega lo invirtió en servicios sociales públicos, en educación, en sanidad… El resultado es evidente. “Hoy se nos olvida que el Estado de Bienestar no es invento de las izquierdas, sino de un liberal, tras la II Guerra Mundial“, señala. Pero acabamos con él.

Bauman nos recuerda que el aumento del PIB  “no distribuye la riqueza de forma equitativa, como se ve en Estados Unidos, donde desde 2007 el 93% de esa riqueza ha quedado en manos del 1% de la población porque crecer no cura el mal, sino que lo agrava, pero esa creencia hace que no se proteste”. Para el sociólogo, además, no es una desigualdad natural, ni voluntaria, por mucho que algunos lo crean así.

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COMPRAR ‘TRANQUILIZANTES DE DESHECHOS HUMANOS”

“La segunda es creer que la búsqueda de la felicidad está en las tiendas“, continúa , “y no contamos con otros caminos para encontrarla, como es el orgullo del trabajo bien hecho, de contribuir a la sociedad, de colaborar con otros para crear, del esfuerzo productivo, no del consumo”. Sin embargo, lo que ocurre, según sus palabras, es que “estamos capitalizando los sentimientos humanos, incluso la amistad o el amor” porque “ahora amar a alguien no es pasar más tiempo con esa persona, cada día estamos más ‘enchufados’ al trabajo, pasamos menos tiempo con la familia, y para compensar la culpa, compramos regalos valiosos. Las compras son tranquilizantes a desechos humanos, a sentimientos de culpabilidad“.

Llegamos a este punto, Zygmunt recapitula y recuerda que sólo estas dos creencias son ya imposibles: “Tanto el aumento del PIB como entender que la felicidad es el consumo parten de que los recursos del planeta son infinitos y no es así. Ya gastamos un 50% más de lo que se puede”.

La tercera creencia falsa es creer en las bondades del individualismo. “Desde 1970 se ha liberalizado el trabajo, las ventajas de los convenios colectivos deasparecieron y también la solidaridad entre los trabajadores. Ahora solo hay competencia: el compañero es el enemigo en potencia ante el riesgo de un despido” (como me suena eso). “Encima nos venden el estar en paro como un fracaso personal. Es mi culpa, mi incapacidad. Así pasa hoy con los jóvenes (¿se refería a España?), que quedan excluidos de la sociedad, marginados por no poder acceder a un empleo”.

Finalmente llegamos a su concepto innovador de “modernidad líquida”. A un momento en la historia diferente en el que Estado y poder no están juntos, como en el pasado. El Poder, con mayúsculas, “se diluye, se mueve en el espacio sin que nadie lo controle, cuando la política sigue anclada en como era en el siglo XIX”. “Es, señala, un poder extraterritorial, el de las empresas, que emigra de un país a otro”. Y añade que antes los empresarios dependían de sus obreros pero  “ahora ha desaparecido esa dependencia mutua de forma unilateral. El empresario siempre se puede ir a otro lugar a agrandar su fortuna, y la gente se siente humillada, indefensa. La desigualdad ha cambiado el rostro, pero existe”, denuncia. Y a continuación acusa: “En la sociedad líquida, no hay sentimiento de responsabilidad empresarial. Los que tienen más recursos tienen más movilidad, mientras miles de personas, que no encuentran trabajo en España (ahora sí especifica), están atrapadas, no pueden irse. Y en ese abandono tienen dos mundos: el real y el virtual. En el ON LINE se conectan con fotos, no con seres humanos. Es fácil hace relaciones, y romperlas en el mundo ‘on line’. Y eso lo hace atractivo”.

A estos argumentos responderá luego su colega español Víctor Pérez Díaz con un discurso mucho más deslabazado, con tecnicismos, pero hablando de cómo la sociedad debe establecer “sistemas de vigilancia de los poderes desde abajo, una vigilancia por una comunidad política virtual” , y de los mercados emergentes (China, India….), y del necesario crecimimiento: “Los mercados y las política liberales aportan recursos, sirven de reguladores, pero bajo el control social”. Ninguna referencia a cómo seguir creciendo indefinidamente en un planeta tan pequeño como éste.

Pérez Díaz hace también hace hincapié en que el sistema falla en el sur de Europa por “malos políticos y malos hábitos sociales, una educación de baja calidad, poca tendencia a innovar, baja participación…” . No por el sistema en sí:  “Los que creemos en la democracia pensamos que es el único camino si hay una masa crítica de vigilantes sociales, efectiva, que lucha contra la corrupción”.

Pero a Bauman esa vigilancia virtual no le convence: “Facebook es esa red donde puedes tener 100.000 amigos, cuando yo en 88 años no he tenido más de 500. Pero triunfa porque la gente se siente sola, abandonada, y porque no son proletariado, sino precariado. Y las redes dan la sensación de no estar tan solo, de formar parte de algo”. En el fondo, dice, “estamos en las puerta de la revolución cultural”, frase que sirve de colofón.

Después los aplausos, el afán de parte del público por acercarse para que firme algún ejemplar de un libro que traen en el bolsillo. Y él anciano se agacha, en posturas imposibles, para atenderlos, incluso escribiendo en el suelo mientras sus asistentes intentan arrastrarlo fuera de la sala.

A la salida hay barullo, comentarios. Delante de mí, dos de los trajeados intercambian impresiones: “Eso de la igualdad es muy peligroso. Imagina, la uniformidad. Todos vestidos iguales”.  Sin palabras.

 

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Televisión espectáculo y democracia

Justo en este año 2017 se cumplen cincuenta de la publicación de La societé du spectacle (en español, La sociedad del espectáculo. Pre-Textos, 2005). Se trata de un libro del filósofo francés Guy Debord en el que venía a decir que todo en nuestras sociedades capitalistas se ha convertido en representación, en un espectáculo que no es sino la imagen invertida de la sociedad real en la que vivimos.

Decía Debord que el espectáculo que nos rodea y nos inunda es la consecuencia del cambio definitorio de nuestra civilización capitalista, el que convierte las relaciones de cercanía entre la gente en relaciones entre mercancías cuando el universo del mercado absorbe y coloniza a toda la sociedad.

Ese espectáculo, decía, no es solo una colección de representaciones o imágenes que nos ofrecen para nuestra diversión sino una relación social de la que formamos parte a través de una pertenencia enajenada que nos lleva a vivir en un estado de falsedad sin réplica y sin futuro posible, en un constante presente.

Pero esa espectacularización de la vida no es ni mucho menos inocua. El espectáculo que se nos presenta como la forma amable, ligera, la más familiar y sencilla de contemplar nuestro alrededor, es en realidad la estrategia de dominio más sofisticada que se haya podido inventar porque se convierte en “el amo absoluto de los recuerdos y el dueño incontrolado de los proyectos… el espectáculo puede dejar de hablar de algo durante tres días y es como si ese algo no existiese. Habla de cualquier otra cosa y es esa otra la que existe a partir de entonces” (G. Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo).

La televisión es el medio privilegiado no solo para hacer visible esa representación distorsionada sino para construirla. De inmediato, el espectáculo televisivo nos atrapa y nos involucra sin remedio en la representación para hacernos, justo en ese mismo instante, sujetos pasivos, con capacidad de vivir, como he dicho, solo en el presente y, por tanto, sin necesidad de réplica orientada a diseñar cualquier otro tipo de hoy día o de futuro.

Allí, en la televisión-espectáculo, se expresan y se resuelven en la banalidad todos los relatos que tejen la vida social y así nacen, como también decía Debord, una política-espectáculo, una justicia-espectáculo, una medicina-espectáculo… y, añado yo, incluso una economía-espectáculo. Las vemos (involucrados, incluso sin querer, en ellas) cada día y a cada instante.

La televisión convertida en la fábrica del espectáculo se ha convertido en el entramado que organiza con brillantez y eficacia la ignorancia sobre todo lo que nos sucede y el olvido de lo que, a pesar de todo, haya podido llegar a conocerse. Y gracias a ello -sigo utilizando las palabras de Guy Debord- se ha podido acabar “con aquella inquietante concepción, que dominó durante doscientos años, según la cual una sociedad podía ser criticable y transformable, reformada o revolucionada”.

En España, como en tantas otras cosas, estamos viviendo todo esto igual que en otros países pero a nuestra manera, es decir aceleradamente y con exageración. El espectáculo y la banalización de todo lo que en la realidad es complejo ha capturado a todas las fórmulas del debate social.

Se ha convertido en espectáculo la búsqueda de pareja, la intimidad de los hogares y las familias, el amor o el desamor entre los matrimonios, la búsqueda de trabajo, el fracaso empresarial, la inocencia de los niños, la preparación de platos de cocina, el conocimiento o las operaciones de cirugía estética pero también la política y el debate sobre la economía y la forma de satisfacer nuestras necesidades más inmediatas.

No es cuestión baladí porque el espectáculo consiste en reducir cualquiera de esos trozos de nuestro alrededor y la realidad en la que estamos como un todo a fuegos de artificio, en expresarla del modo más simple o soez -si hace falta-, en gritarse unos a otros llamando constantemente la atención para que todas las miradas converjan, ajenas al exterior y a la contingencia de nuestra época, en el momento presente y en la mera anécdota.

Cuando el debate político o el económico se convierten en espectáculo televisivo también se aprovecha la representación para invertir los componentes de la realidad (intereses, ideologías, poder, clases…) y así poder deformarla. Se acaba con la historia y con el saber contrastado sobre el presente haciéndolos innecesarios para descubrir la verdad, porque desvelar las evidencias es el papel que ahora corresponde en exclusiva a los expertos. Y el diálogo, el contraste y la deliberación que son los elementos imprescindibles para generar conocimiento real se sustituyen por fanfarrias y voceríos, por los insultos propios de quien se limita a exponer lo poco o mucho que sepa como quien asalta una trinchera enemiga.

De espaldas, sin debate auténtico, sin necesidad de oírse uno a otro ni de utilizar como punto de apoyo algo del pensamiento ajeno, ya no puede existir lo verdadero -lo dice también Debord- sino, a lo sumo, verdades que no lo son porque lo son solamente de cada uno, meras hipótesis que nacen para no llegar a ser alguna vez demostradas. Así es natural que los contrastes solo puedan dirimirse entre insultos y agresiones, sin dejar hablar al oponente y que no importe que la mentira se use como sujeto, verbo y predicado. Que sea una constante sobre la que nadie pide explicaciones ni que su uso conlleve responsabilidad, solo el alimento que oxigena su propio alarido.

El morbo, el escándalo, la lágrima, la agresión, el insulto de los que se nutre el espectáculo se perciben como expresiones ingenuas, efusiones de espontaneidad y libre albedrío, un resultado de la naturalidad con la que los actores dejan correr sus sentimientos y emociones en complicidad no expresa con la parte del público que se identifica con cada uno de ellos. Pero, en realidad, el espectáculo está perfecta y milimétricamente diseñado y programado, como cualquier buena representación, para que todos esos elementos produzcan en los espectadores justo el efecto emocional (político) que se desea producir. Para ello y por esa razón, los actores que intervienen en el espectáculo televisivo, en la política-espectáculo o en la economía-espectáculo, no lo hacen por lo que son, ni los expertos por lo mucho o poco que saben, sino por el papel que representan. Y son seleccionados para que en conjunto se conforme el mosaico de emociones e impactos que se corresponda perfectamente con el efecto final que se busca provocar.

En la televisión-espectáculo nada se deja al azar aunque lo que se busca se esconda, como se esconden los trucos en los juegos de manos. El presentador o conductor (nunca mejor utilizada esta expresión de connotaciones mussolinianas) recibe constantemente las órdenes a través del “pinganillo” para que el programa discurra justo y exactamente por donde los propietarios del mundo que son sus dueños han determinado previamente que debe discurrir, y su desarrollo se modifica, se reorienta, se acelera, se pausa o sencillamente se corta en el momento necesario para que el efecto producido sea el buscado y nunca otro diferente. El “debate” en la televisión-espectáculo no se coordina u organiza -aunque lo parezca- como la escena donde hay un contraste que produce pensamiento libre sino que se conduce, se gobierna, según se ha decidido previamente para que genere el no-saber que se quiere producir y difundir. Es un acabado producto de diseño para acabar con el diálogo social que genera conocimiento auténtico como base de una auténtica democracia.

Dice con toda la razón Amartya Sen que la democracia es un sistema exigente, y no sólo una condición mecánica (como el gobierno por la mayoría) tomada aisladamente: “tiene complejas exigencias, que ciertamente incluyen la votación y el respeto por los resultados electorales. Pero también requiere la protección de libertades, el respeto por los derechos legalmente conferidos, la garantía de discusión libre, la distribución de noticias y comentarios sin censura alguna. Hasta las elecciones pueden ser tremendamente defectivas si ocurren sin que los diferentes participantes tengan una adecuada oportunidad de presentar sus posturas, o sin que el electorado goce de la libertad de obtener noticias y considerar los puntos de vista de los protagonistas principales.” (La democracia como valor universal).

La televisión-espectáculo que banaliza los problemas sociales y degrada su análisis hurta a la sociedad justamente lo que resulta imprescindible para que la democracia llegue a serlo realmente: la posibilidad de contemplar todos los componentes de la realidad para deliberar sobre ellos con todos los puntos de vista por delante. Es el instrumento más útil que puede haber para acabar con la democracia sin que nos vayamos dando cuenta de ello.

 

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El síndrome de los zombis tatuados

hay gran cantidad de detalles en nuestra vida cotidiana que nos pasan desapercibidos y que ponen de manifiesto hasta qué punto alcanza el lavado de cerebro al que todos estamos sometidos.

Y aunque parezcan simples anécdotas, si somos capaces de identificar, analizar y exponer estos mecanismos de programación mental que se manifiestan en nuestro día a día, estaremos dando el primer paso indispensable para liberarnos de las cadenas psicológicas que nos esclavizan.

Realmente no necesitamos descender al inframundo para enfrentarnos a los demonios: los demonios contra los que tenemos que luchar para alcanzar nuestra libertad, ya están aquí, dentro de nuestras cabezas, convertidos en mecanismos inconscientes que nos subyugan por completo.

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Sobre consumismo

compra-compulsivaSe acerca la Navidad y se disparan las compras. Miles de personas inundan los centros comerciales en una estresante búsqueda de regalos. Algunas de esas compras se realizan de forma metódica y racional, pero la mayoría de ellas se hacen de forma compulsiva. Hablamos con el profesor de la Universidad de Valencia Ismael Quintanilla, director de la Unidad de Investigación en Psicología Económica y del Consumidor y autor de varios libros sobre el tema.

¿Qué diferencia hay entre una compra impulsiva y una racional?

Una compra racional es aquella que se suele basar en una necesidad objetiva o en un deseo bien definido. En contraposición están esas compras superfluas, no meditadas, de objetos que ni siquiera deseábamos antes de estar en la tienda. Para que te hagas una idea, más de un 60% de los consumidores deciden lo que se van a comprar en el mismo establecimiento.

¿Qué influye a la hora de realizar este tipo de compras?

El comportamiento racional no es una característica sustancial del ser humano, es decir, tenemos limitaciones en la racionalidad, luego no podemos ser del todo racionales en nuestras decisiones. Uno de los factores más importante es la tendencia a compararnos con los demás. Pasamos de ser una sociedad que tenía que satisfacer unas necesidades muy específicas, a una en la que queríamos satisfacer los deseos. Ahora nos encontramos en una tercera fase, que es la de la apariencia, la de yo quiero tener un coche que me distinga. Esto es porque la compra compulsiva tiene una fuerte componente simbólica. Cuando compramos algo, no solo compramos un objeto, sino que adquirimos toda una serie de símbolos que lo que hacen es reforzar nuestra propia imagen. Para que nos entendamos, el impulso no es más que dejarse llevar por las apariencias.

Entonces ¿es una decisión puramente personal?

Obviamente es una decisión personal, pero no se puede culpabilizar a la gente de ser un comprador compulsivo, porque vivimos en un modelo socioeconómico que necesita, y por lo tanto genera, ese tipo de consumidores. Al final, nos comportamos así porque conviene que nos comportemos así, porque para que el modelo funcione el consumo no puede parar.

¿Hasta qué punto es malo comprar impulsivamente?

No es necesariamente malo. La gente tiene que disfrutar comprando y es bueno colmar algunos deseos, pero hay muchos tipos de compra y algunos pueden ser problemáticos. Por ejemplo, está la compra compulsiva estacionaria, que se da cuando llega una fecha especial, como la Navidad. Después está el comprador que lo hace de manera intermitente y, por último, el que lo necesita hacer prácticamente a diario. En definitiva, la compra compulsiva puede llegar a ser una forma de adicción que se manifiesta de numerosas maneras, en fechas específicas, algunos fines de semana o con mucha frecuencia. Esta última suele conllevar problemas psicosociales y psicopatológicos importantes.

Ha mencionado la Navidad, supongo que también aumentan las compras impulsivas

Sin duda. La compulsión aparece de forma notable en estas fechas, con compras muy alejadas de lo que sería una decisión racional. Además, los españoles la celebramos de una manera muy particular, con una diferencia importante con otros países y es que hemos incorporado la Navidad y Papá Noel a los Reyes.

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¿Y cómo afectan estas fechas al consumidor?

Hay que tener en cuenta que comprar puede ser tanto una fuente de placer y satisfacción, como de estrés. Si tienes tiempo y no hay contingencias que te agobien, puedes hacer una compra amable. Pero en estas fechas el estrés puede surgir por la falta de tiempo, por la obligación de hacer un regalo o por tener un objeto de deseo específico no cumplido (ese regalo concreto que no encontramos). Entonces llega la frustración y cuando se tiene poca tolerancia a la frustración, es cuando aparecen los problemas. La navidad tiene un momento muy emocionante y muy bonito de reunión familiar, pero también es cierto que supone una situación de estrés para muchos consumidores. Basta que te des una vuelta por la calle y veas las caras de la gente mientras está de compras.

¿Qué recomendaría para estas compras navideñas?

Que vuelvan a las listas y, sobre todo, a tener un presupuesto. Puede parecer que son las reglas de la abuela, pero funcionan bien. Además, también es importante invertir tiempo en comparar, para tratar de organizarse con un mínimo de racionalidad y sabiendo de antemano lo que se va a comprar. En general, la principal recomendación es que se encuentre tiempo, ya que una persona con una inteligencia media y con algo de tiempo, casi siempre hará una compra razonable.

¿Es muy diferente el consumidor español al del resto de Europa?

Hay algunas diferencias notables. La sociedad española llega a la sociedad de consumo de golpe y no siguiendo el proceso socioeconómico que se sigue en otros países europeos. La dictadura no hizo posible que la sociedad de consumo se desarrollara durante los 50 y los 60, como en Alemania, por ejemplo, y no llegó hasta prácticamente los 80. Así que esta adaptación se ha hecho de forma acelerada, con lo que la sociedad española ha sido una de las más propensas a la compulsión. Algo que cambió ligeramente con la llegada de la crisis.

¿La crisis cambió el perfil de consumidor?

Sí, pero hay que aclarar que con lo que terminó con la crisis fue con el consumo ostentatorio. Y ojo, no es que hubiera terminado el consumo de lujo, que se ha mantenido o incluso ha aumentado, sino que se ha producido una reestructuración social en la que la clase media está desapareciendo y está siendo sustituida por una clase que yo llamaría low cost.

¿Low cost?

Sí, yo siempre le pongo un ejemplo a mis alumnos. Les pregunto por qué van a tal supermercado. Al final, reconocen que se rigen por los precios y la cercanía del establecimiento. Es decir, aquel que me ofrece mejor precio en menos tiempo. Entonces yo les digo que esos son los criterios del liberalismo económico y que entonces no se deberían sorprender cuando los empresarios les contratan con esos mismos valores. Eso es una sociedad low cost. Y es precisamente en este tipo de sociedad en la que, como la variable precio ha disminuido, se desarrollan más compras compulsivas.

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La indefensión aprendida de la clase trabajadora

imagesUn sistema que beneficia a tan pocos y perjudica a tantos solo puede reproducirse de dos formas, una violenta y otra más discreta. Nos centraremos en la más discreta, es decir, aquella que hace creer que el sistema es bueno o bien aquella que hace creer que no existe una alternativa mejor.

El caso español debería estudiarse

Durante algún tiempo, y excepcionalmente estos últimos cinco años, el maltrato a la clase trabajadora de este país ha sido de juzgado de guardia. Dos reformas laborales, en 2010 y 2012, que han recortado derechos a los trabajadores y trabajadoras, facilitado y abaratado el despido, debilitado la negociación colectiva y reforzado el poder del empresario para modificar, unilateralmente, las condiciones pactadas en el contrato. En conclusión, precariedad y abaratamiento del factor trabajo. En muchas familias la única fuente de renta procede de la venta en el mercado de sus servicios como trabajadores. Está apareciendo una subclase dentro de la clase trabajadora, que sería la compuesta por aquellas personas que, a pesar de trabajar, se considera que están en riesgo de pobreza, un 21.3% (2014) en España. Las personas que se encuentren desocupadas además son excluidas de la sociedad, en tanto que no participan en el proceso productivo y, por ende, tampoco pueden participar en la fase de consumo. Un 29.2% (2014) de la población en nuestro país se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social.

A la situación anterior le añadimos el desmantelamiento incesante del jamás desarrollado Estado de Bienestar debido, en gran medida, a la pérdida de autonomía fiscal de los países. Además, las medidas impuestas para reducir el déficit público se han centrado en la reducción del gasto, sobretodo en las autonomías, proveedoras de Sanidad y Educación, y municipios, principales suministradores de la ayuda social. El salario indirecto de los trabajadores también se ha visto menguado.

El futuro

Y no es que las expectativas para los trabajadores sean muy halagüeñas, según se señala en Perspectivas Laborales y Sociales en el Mundo, de la OIT, se prevé para el 2019 una tasa de paro para España del 21.5%. Si consideramos que el TTIP puede aprobarse sin demasiada oposición por los gobiernos europeos, los efectos que puede tener sobre los derechos laborales son considerablemente negativos (precarización de las condiciones laborales, pérdida de derechos sindicales y amenaza de deslocalización de empresas). Añadamos que la competencia entre trabajadores no se va a ceñir a los americanos y europeos, sino más bien va a suponer una competencia con los trabajadores asiáticos después de que se ratifique el Trans-Pacific Partnership (TPP), punta de lanza de un acuerdo mucho más potente, la Free Trade Area Asia-Pacific (FTAAP).

Todo parece señalar a uno de los escenarios que Paul Mason dibuja en su libro, ‘PostCapitalism: a guide to our future’. Ante la desaparición de entre el 40-50% de los empleos actuales durante los próximos 30 años se acentuará la desigualdad, acompañada de una mayor precarización de los empleos y reducción salarial. El final de esta cadena de acontecimientos estará el crecimiento de fanatismos, nacionalismos, violencia y la desaparición de la globalización. En cambio, discrepo en las consecuencias de ese escenario.

El fraude

Hay que considerar que la clase hegemónica ha desarrollado técnicas muy eficaces para mantener el fraude y así mantener controlada a la sociedad. La continua división de la clase perjudicada entre parados-trabajadores, trabajadores públicos-privados o nacionales-extranjeros solo facilita las cosas. Los medios de comunicación deben seguir haciendo su trabajo como hasta ahora, controlando la agenda pública y evitando consecuencias negativas de las políticas que pueden enfurecer a la gente.

La indefensión aprendida también actúa en contra de esa predicción y puede ser inducida. ¿Qué es? Es una situación en la cual una persona se inhibe cuando las acciones que ha emprendido para cambiar algo no surten el efecto deseado. Todos hemos sido receptores, sino emisores, de la frase: “Para que voy a ir a (votar, a manifestarme, a enviar un CV, etc.) si total no va a cambiar nada”. Este comportamiento social tiene importancia, según este post en United Explanations, porque se traduce en pasividad ciudadana, lo que a su vez provoca que la brecha entre ciudadanía y políticos se amplíe, dejando un excesivo margen de maniobra a estos últimos y facilitando la captura del Estado por parte de los poderes corporativos. Y lo que es peor, este proceso se va retroalimentando.

Hace falta una alternativa

¿Qué ha sucedido en Grecia después del referéndum del 5 de julio? Nada.

Las contrarreformas neoliberales y la humillación al pueblo griego han sido retransmitidas por todos los medios de comunicación del mundo para que nadie se quedara por verlo. De eso se trata, “no hay alternativa”. La izquierda griega, la que se estaba erigiendo en baluarte de la resistencia ha sucumbido a la obviedad, haciendo desaparecer de cuajo cualquier atisbo de contestación en el sur europeo.

Las encuestas en España dan para el 20D la victoria a la derecha del Partido Popular y Ciudadanos. La izquierda ha quedado huérfana de discurso alternativo al neoliberal. El PSOE se ha presentado como “la izquierda posible” tratando de dejar claro que no va a cambiar nada, solo edulcorar algún desmadre sistémico. El resto de partidos pueden recibir votos que castiguen al bipartidismo pero, realmente, no han sabido diseñar un discurso alternativo.

Y me permito concluir con las mismas palabras que utilicé en otro artículo publicado en este mismo espacio, porque nada ha cambiado, con la esperanza de que empiece a fraguarse una alternativa más pronto que tarde:

En su “Filosofía de la Liberación”, Enrique Dussel habla sobre la importancia de construir un discurso desde y para los dominados. Los silenciados por el sistema deben rebelarse contra él, crear un discurso que contradiga la verdad actual y que llegado el momento pueda sustituirla. Ello requeriría del reconocimiento de uno mismo como dominado y tomar conciencia de clase, salir a la calle y compartir espacios.

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Por qué el tiempo parece pasar cada vez más rápido (y cómo evitarlo)

el-tiempo-vuelaNuestros padres a menudo nos advirtieron de ello, pero es complicado de entender hasta que se experimenta de primera mano: cuanto más mayor te haces, más rápido pasa el tiempo. Es algo que te pilla con la guardia baja, probablemente debido a lo abstracto que resulta. Pero ¿por qué ocurre?.

La realidad es que no puedes añadir más tiempo al tiempo, valga la expresión, pero entendiendo cómo ocurre este fenómeno puedes al menos intentar que parezca que tu vida se pasa un poquito más despacio.

El concepto relativo del tiempo

Hay diferentes teorías sobre por qué nuestra percepción del tiempo varía conforme envejecemos. Para empezar, percibimos el tiempo de manera relativa, y eso significa que el paso de una hora cuando tenemos 5 años es muy diferente a cuando tenemos 55.

Cuando eres un niño, no has estado viviendo durante muchos años, así que un año representa un porcentaje enorme de toda tu experiencia vital. Cuando eres adulto, en cambio, ya has experimentado muchos más años así que un año se siente y percibe como algo más pequeño.

Este gráfico interactivo te ayuda a visualizar dicho concepto (teorizado inicialmente por el filósofo Paul Janet), la idea básica es: percibimos el tiempo de manera relativa al tiempo total que hemos vivido.

Vivimos menos experiencias nuevas

Cuanto más mayores nos hacemos, más mundo vemos, comenzamos a desarrollar una rutina, todo se hace más familiar. Los días comienzan a parecer más similares entre sí y el tiempo vuela.

El psicólogo William James concluyó mucho de esto en sus Principios de Psicología. Explicó que, comparado con la infancia, un adulto tiene menos experiencias y además menos memorables. A menudo medimos el tiempo según las “primeras veces”: nuestro primer día de escuela, nuestro primer beso, nuestra primera casa, nuestro primer hijo… cuando se nos acaban los “primeros”, James afirma que “los días y las semanas se suavizan, los años se vuelven más huecos y sin sentido”.

Cuando revisamos con detalle nuestros recuerdos, eso sí, el momento parece durar más. Esto es lo que el neurocientífico David Eagleman dice al respecto en un perfil del New Yorker:

“Esto explica por qué pensamos que el tiempo se acelera conforme envejecemos” Eagleman afirma en relación a cómo los veranos de la infancia parecen eternos mientras que los de la edad adulta pasan en un suspiro. Cuanto más nos familiarizamos con el mundo que nos rodea, menos información necesita “escribir” tu cerebro y más tiempo parece pasar. El tiempo es algo elástico, gomoso, se estira cuando tu cerebro necesita invertir recursos en ello pero cuando piensa “Oh, sin problema, esto ya me lo sé, lo tengo controlado”, entonces se encoge.

Así que cuando nos quedamos atrapados en el temido modo de piloto automático, en realidad simplemente pasamos el tiempo a lo largo de los días sin retener información de lo que nos rodea. Es como cuando tienes un viaje realmente largo hasta el trabajo, a veces puede que conduzcas o viajes en tren durante un largo periodo de tiempo sin que luego tengas un recuerdo real de todo lo que ha sucedido en tu camino hasta allí.

El estrés y la “presión temporal” aceleran el paso del tiempo

En un estudio publicado en Ammons Scientific, los investigadores preguntaron a los sujetos cómo de rápido sentían que el tiempo estaba pesando, desde “muy rápido” a “muy lento”. También les pidieron que calificasen la precisión con que sentían que estaban describiendo ese paso del tiempo. Y la cuestión es que, resumiendo, encontraron que la mayoría de sujetos que describían que el tiempo pasaba muy rápido era porque tenían mucho que hacer pero no demasiado tiempo para completarlo.

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Los investigadores llamaron a esto “presión temporal” y va de la mano del el estrés. Tiene sentido considerando el resto de teorías, de hecho. Cuando más estresados estamos, es menos probable que estemos centrados y enfocados en vivir el momento presente, simplemente intentamos que le día pase lo antes posible. Y cuando lo hacemos, no tenemos el tiempo necesario ni la capacidad para memorizar lo que nos rodea y construir recuerdos detallados en nuestra memoria. Nuestra percepción del tiempo, por tanto, parece volar.

Intenta enfocarte en el momento presente

Si la teoría es que experimentamos el tiempo en relación a los años que hemos vivido, tiene sentido entonces que un modo de evitarlo sea comparar el momento presente contra todo lo que hemos vivido hasta ese momento.

En otras palabras: vive el momento presente. Cuando te centras en el presente, estás pensando en términos absolutos, no relativos, con respecto al tiempo. Hay algunas maneras de conseguir esto.

La meditación, de la que ya hemos hablado alguna vez, te ayuda a relajarte y enfocarte en el momento presente (viene además respaldada por toda una serie de beneficios médicos y mentales). No necesitas ser especialmente espiritual o religioso para meditar, tampoco. Es tan simple como encontrar un lugar calmado, contar hasta 10 y concentrarte en tu respiración. Yo “medito” mientras lavo los platos.

Enfocarte en el momento presente es una manera de estar más enfocado, más despierto. “Enfocarse en el momento presente” es una de esas frases manidas y repetidas hasta la saciedad que probablemente hayas oído mucho, pero la verdad es que es un concepto genial que implica estar más presente en el momento y más consciente y pendiente de tus pensamientos, acciones y sentimientos. Aparte de la meditación, aquí hay algunas de las maneras más efectivas de “vivir el momento presente”, según Melanie Pinola:

Una manera muy simple de empezar es activar determinados actos reflejos y señales que nos devuelven de vuelta al presente cuando nuestra mente, inevitablemente, comienza a perderse y vagar durante el día. Por ejemplo, mientras estés comiendo, recuerda saborear cada porción de comida que te llevas a la boca. En el trabajo, puedes programar una alerta cada hora o cualquier otro tipo de alerta que te permita pausar y enfocarte en ese momento. Pausar mínimamente antes de responder a un niño, o a un adulto, también ayuda a ser más consciente del momento y de las relaciones interpersonales. Más prácticas, increíblemente simples, incluyen apreciar mejor la vida y simplemente dejar las cosas ir.

Al igual que muchas más personas, tiendo a estar más “presente” cuando estoy de vacaciones. La misma idea de estar de vacaciones es sobre vivir más en el momento: dejas atrás tu estrés y preocupaciones y te enfocas en relajarte, explorar y disfrutar de la vida. Hay algunas prácticas que intento practicar cada día para que se parezca más a esas vacaciones:

  • Me olvido de horarios: Durante años, he tenido el hábito de programar y organizar demasiadas cosas durante el día, olvidándome de mí misma. He intentado pararlo y darme más espacio para respirar, para olvidarme de mis horarios. Eso previene el estrés y me da tiempo para estar concentrada y consciente de lo que me rodea en lugar de ir a tontas y locas sin más.
  • Establezco una rutina matinal: Hay otro modo con el que intento estar más enfocada en el momento presente. En lugar de comenzar directamente mi día, desarrollo una rutina para ir más despacio y tomar el día con ganas. Sí, la idea de una rutina parece ir en contra de la noción de vivir el momento presente, pero es una rutina deliberada, una que se enfoca en vivir el momento presente.
  • Programo una actividad para el final del día: Es demasiado fácil intentar meter el clásico “cinco minutos más” al final de un día de trabajo. Es una costumbre que pronto se convierte en una hora, y antes que lo sepas te has pasado varias horas tu turno. Cuando tengo algo planeado con un amigo después del trabajo, o aunque no lo tenga, me fuerzo a acabar a mi hora, alejarme del ordenador y relajarme un poco.

Vivir el momento presente me ayuda establecer ese tiempo como una cuestión de porcentajes. Estás más enfocado en el aquí y ahora, en el valor absoluto del tiempo.

Haz cosas nuevas

Alejarte de tu zona de confort puede marcar por completo la diferencia. Si James está en lo cierto y el tiempo parece volar porque cada vez tenemos menos “primeras veces”, la mejor manera de combatirlo es añadir novedades a nuestra vida: conoce a gente, visita nuevos lugares, prueba cosas nuevas.

Si estás demasiado cómodo con tu estilo de vida, intenta decir “sí” más a menudo. Como explicó Thorin Klosowski: “Es sorprendente la cantidad de experiencias nuevas que se presentan a lo largo del día simplemente con prestar algo de atención”.

Esto es algo que puede ser tan simple como probar un restaurante nuevo o un viaje de fin de semana o ir a una parte de la ciudad que nunca has visitado. Parte de mi propósito de año nuevo es hacer una cosa nueva cada semana que me fuerce a salir de mi zona de control. Como resultado, fui por primera vez a una conferencia, hablé en un evento y escribí sobre cosas de las que me daba miedo escribir. Me costaron mi esfuerzo, supusieron un desafío, pero también fueron nuevas y cuando reflexiono sobre ellas, los últimos 10 meses se me antojan como un año largo y completo.

Hablando más en general, la idea es proporcionarte a ti mismo nueva memorias con nuevas experiencias que te obliguen a salir de ese piloto automático y cambiar tu percepción del tiempo. Al menos en lo que a mi propia experiencia se refiere, esto funciona particularmente bien.

Continúa aprendiendo

Cuando tienes experiencias nuevas, aprendes mucho sobre lo que te rodea, así que naturalmente, evolucionas con ello. Los cambios pueden suponer una gran diferencia en cómo percibimos el tiempo. Piensa cuando tenías 5, 10 o 20 años. Dependiendo de tu edad, es posible que te parezca que fue hace siglos. Has crecido y evolucionado mucho desde entonces, probablemente la razón por la que te parece que pasó hace tanto tiempo.

Cuando estás aprendiendo constantemente, leyendo acerca de nuevas cosas, probando nuevas habilidades y practicando idiomas estás, en cierto sentido, experimentando cosas nuevas. Ese aire a novedad ayuda a exprimir más el tiempo, evitando la sensación de que “vuela”.

Nuestra percepción del tiempo es un tema fascinante. Aunque es probablemente imposible “ralentizarlo” de modo que lo percibamos como lo percibe un niño de 5 años, al menos hay cosas que podemos hacer para evitar esa sensación de que, como dicen, la vida son dos días.

 

Fuente

8 efectos psicológicos comunes

Learn-how-to-do-past-life-regression¿Por qué alguien que apuesta al rojo no se atreve a cambiar al negro en una misma partida? ¿Por qué en ocasiones nos atascamos en proyectos laborales y personales, pese a saber que son imposibles de llevar a cabo? ¿Cómo es que acierta el horóscopo?

Nuestro cerebro es creador y receptor de estímulos, experiencias, emociones y razonamientos.

Con los años, va adquiriendo una base sólida sobre la que afianzamos nuestro día a día, y en general, le creemos bastante capaz de liderarnos por el buen camino en el trabajo, en la familia, amigos y ocio.

Sin embargo, la máquina perfecta que suele ser el cerebro, tiene lagunas y comete errores. Unas veces por exceso de confianza y otras por defecto.

A diferencia de las equivocaciones de las que podemos ser conscientes, como los efectos de percepción (confundir colores, distancias, velocidades o profundidades), hay otros de los que no somos conscientes y no podemos ver ni sentir.

¿Los culpables? Los sesgos cognitivos y heurísticos

Un sesgo, no es más que un prejuicio. Una interpretación engañosa y equivocada de la realidad que convertimos en lógica gracias a “quedarnos” con una parte de la información disponible, o desechar la otra parte.

Los heurísticos (o atajos mentales) son tan absolutamente necesarios como potencialmente desacertados. Si esto es así, ¿de qué nos sirven?…

La idea principal es que no estamos preparados para asumir toda la información que nos llega a través de los cinco sentidos.

Procesar, ordenar, analizar e integrar la información con nuestros esquemas, para más tarde dar respuesta, es un proceso tan lento y agotador que acabaría con nuestros recursos mentales.

La mente utiliza estos atajos para liberar trabajo. Es una de las estrategias que usamos, tan real como el razonamiento lógico o el ensayo – error.

Algunos de los conocidos y no tan conocidos atajos mentales

En el mundo de la psicología se han realizado diversos experimentos para mostrar si realmente existían este tipo de atajos.

En los últimos años se han reproducido algunos de los antiguas investigaciones, dando como resultado la confirmación de su existencia.

  • Sesgo de confirmación: elegimos y procesamos la información que se ajusta a nuestras expectativas y que coincide con nuestras ideas y prejuicios, casi sin importarnos si es verdad o es mentira. Esto nos sucede sobre todo en cuestiones emocionales y para apoyar creencias fundamentales.
  • Sesgo de auto justificación: a veces, hay decisiones que tomamos y tienen difícil explicación. Esta trampa del cerebro nos ayuda a no torturarnos, ni culparnos demasiado con cosas en las que podemos intuir que hemos fallado. Siempre podemos encontrar motivos para justificarnos, por muy cuestionables que sean.
  • Sesgo de retrospectiva: ¿cuántas veces hemos pensado: tendría que haberlo sabido? Esto sucede cuando una vez ha pasado un suceso, miramos al pasado y vemos todos aquellas señales que indicaban que iba a suceder. El sentido común se nos presenta de forma injusta, mirando al pasado con la ventaja de saber el final de la historia.
  • Sesgo del costo hundido: nos ocurre cuando nos resistimos a abandonar aquello en lo que hemos invertido tiempo, dinero, esfuerzo e ilusiones, aun cuando la evidencia nos muestra la inviabilidad del proyecto.
  • La falacia del jugador:  se da la creencia en juegos de azar, de que si sale repetidamente un color en una ficha o un número en un dado, se aproxima el cambio en la tendencia. En realidad, lo que la probabilidad nos dice, es que hay exactamente la misma probabilidad que las quince veces anteriores, un 50%.
  • Norma de reciprocidad: tenemos opiniones más favorables sobre comportamientos de miembros de nuestro grupo cercano que de miembros de otros grupos.
  • Efecto del contagio imaginado: se sabe que imaginar el contacto y la relación con miembros de otros grupos étnicos es suficiente para ir reduciendo los prejuicios sobre aquellos que son diferentes.
  • Efecto forer o Barnum: este sesgo es la clave del horóscopo. Le damos importancia y valoramos  con alto acierto a descripciones generales de personalidad. Hacemos específicamente nuestras, frases que son vagas e imprecisas, en las que pueden incluirse millones de personas.

Si no te reconoces en ninguno de estos efectos psicológicos, lo más probable es que hayas caído sin querer en otro sesgo: el del punto ciego. Es decir, ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

Los sesgos y heurísticos son necesarios y útiles aunque muchas veces nos conduzcan inevitablemente al amargo más que al dulce.

 

El lenguaje de la Bestia

La Bestia habla, tiene un idioma propio.

Esa bestia, a la que llamamos Sistema, tiene una presencia cada vez menos abstracta: ya empieza a ser un ente con unas características bien definidas y reconocibles.

Y una de ellas es un lenguaje propio, con unas lógicas propias y con una intencionalidad final concreta.

Un lenguaje que ha sido inoculado en nuestras mentes y que nos ha programado a todos sin que nos demos ni cuenta, para que seamos partícipes directos de la eliminación de nuestra propia identidad individual y de nuestra conversión en meras piezas de la maquinaria.

Como hemos dicho con anterioridad en otros artículos, el Sistema actúa como si fuera una especie de maquinaria psíquica, que está instalada en nuestras psiques, programando todas nuestras acciones de forma semi-inconsciente.

Es muy difícil identificarlo correctamente, pues no tiene nombre, ni cara, ni cuerpo, ni podemos hacernos una imagen clara de él; se refleja en todas nuestras expresiones culturales, en lo que creemos que son nuestros anhelos y sueños, en nuestras leyes, en nuestras creencias e ideologías.

Solo podemos detectar su presencia poderosa y omnisciente en los resultados, constatando que efectivamente está ahí, oculto en cada gesto y en cada uno de nuestros actos, dirigiendo la orquesta humana desde las sombras del inconsciente colectivo…

Pero desde hace un tiempo, relativamente corto, ha dado un salto adelante.

Ha salido de las sombras y ha empezado a hablar con una voz propia cada vez más reconocible.

El suyo es un lenguaje explícito, frío y eficiente…pero también es extremadamente sincero: nos dice, sin ambages, que no nos considera seres humanos individuales, sino simples números, susceptibles de ser sumados, restados o borrados en cualquier momento.

Lo podemos percibir en la profusión de lenguaje estadístico que inunda nuestras existencias y que nos ha convertido a todos en cifras abstractas parametrizables.

Un ejemplo claro de como ese lenguaje está calando en nuestras mentes y en nuestra visión del mundo y de la realidad, lo podemos encontrar en los medios de comunicación y más concretamente al escuchar cualquier noticiario televisivo.

Fijémonos, por ejemplo, en lo que encontramos en un noticiario televisivo de forma habitual.

Las noticias vienen acompañadas de una amplia profusión de fríos datos estadísticos, cuyo efecto principal es la uniformización, la despersonalización y la eliminación de cualquier expresión de individualidad.

Cuando combinamos esa deshumanización estadística con un bombardeo de imágenes morbosas, en forma de grandes desastres, espectaculares accidentes, explosiones, cadáveres, dolor y muerte, eso acaba teniendo un efecto devastador sobre nuestra forma de ver el mundo, a las demás personas y a nosotros mismos.

Nos hemos acostumbrado a ver morir a seres humanos y a convertirlos automáticamente en datos estadísticos en nuestro cerebro, en forma de muertos o heridos y clasificándolos según etiquetas, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Podríamos decir que la máquina nos está “mecanizando” a nosotros también, programando nuestras mentes con su lógica fría y calculadora, para que seamos como ella.

 

Pongamos un ejemplo: supongamos que por la televisión, en un noticiario, nos muestran uno de esos vídeos de accidentes desgraciados grabados con una cámara de vigilancia.

Nos muestran a una persona que pasea tranquilamente por la calle con su perrito y de repente, vemos como el animal cruza la calle de improviso, su dueño corre tras él y lo atropella un coche. Ver una imagen como esta, puede provocarnos un impacto emocional. No importa si esa persona es china, rusa, blanca o negra. Nos identificaremos con ella porqué está haciendo algo que podríamos hacer nosotros y le sucede algo que también podría sucedernos a nosotros mismos o a algún ser querido. Eso provoca que sintamos empatía hacia esa persona y que su desgracia nos provoque un cierto grado de dolor.

¿Pero qué sucede si yo acompaño esas imágenes con una nutrida dosis de fríos datos estadísticos?

Supongamos que nos muestran esas mismas imágenes, pero una voz en off nos va diciendo que “cada año mueren 1500 personas atropelladas por distracciones en las ciudades del país, de las cuales, un 25% fallecen” y posteriormente nos muestran vídeos muy cortos o en multipantalla de muchos otros atropellos en diferentes países, con los datos estadísticos comparativos de víctimas en aquellos lugares, con números de muertos, heridos y tantos por ciento de hombres y mujeres atropellados.

Esa profusión de datos, acompañada de las imágenes impactantes, tiene un efecto demoledor en nuestra forma de ver y sentir la realidad.

De repente, ya no vemos a esa persona desconocida concreta con la que podíamos identificarnos y que podía provocarnos empatía; esa empatía se ve sustancialmente reducida, porque esa persona pasa a ser el reflejo visual de un dato estadístico.

Bien, pues este efecto de programación en nuestra mente, se repite de forma incesante y constante, hora tras hora, día tras día, sin que seamos conscientes de ello, como un veneno que va calando en nuestra psique gota a gota.

Esa es la función principal de los medios de comunicación de masas: son la herramienta de uniformización masiva más poderosa de todos los tiempos.

Son la antena desde la que el sistema emite constantemente los paquetes de datos que deben ser instalados en nuestros cerebros para las consiguientes “actualizaciones diarias del software del Sistema”.

Si los analizamos con atención descubriremos que esta programación mental propia de una máquina, está estructurada con una serie de lógicas internas completamente perversas, de las que nadie se da ni cuenta.

 

El lenguaje de programación mental que nos transmiten los noticiarios, no se limita a reducir a las personas a simples cifras estadísticas: también las clasifica de forma lógica según un sistema de valores implícito, y a la vez, crea un sistema paralelo de simulación cuantitativa de empatía hacia los demás, algo parecido a una nueva sub-rutina de programación mental basada en emociones pre-fabricadas y parametrizables, cuyo objetivo es sustituir los posibles rastros de empatía real, espontánea y sincera que aún alberguemos y que nos caracteriza como individuos humanos.

Vamos a intentar aclarar lo que acabamos de exponer.

Cada día las noticias nos muestran a personas muriendo o sufriendo.

Pero a todos se nos hace más que obvio que los medios cuantifican sibilinamente la cantidad de empatía que debemos sentir hacia esas personas dependiendo de sus características: los medios no las tratan a todas por igual.

Hay diferentes escalafones, determinados por la raza o la proximidad étnica o nacional.

Incluso hay diferentes escalas dependiendo de las clases sociales y las profesiones.

Por ejemplo, en un noticiario cualquiera, de forma inadvertida y sutil, se nos transmite la idea de que un policía o un agente de la autoridad siempre tiene más valor que cualquier otro civil.

Cuando las víctimas son policías, siempre se cuentan aparte del resto, como si fueran de una clase superior. ¿Cuántas veces hemos escuchado narraciones del tipo “en el tiroteo, se produjeron 5 víctimas mortales, 2 de las cuales eran policías?”

Es una distinción continuada que los periodistas ya parecen hacer de forma inconsciente.

Pero en muchos casos, este tipo de distinciones no tienen nada de inconsciente, sino que estamos ante una manipulación emocional premeditada de carácter político.

Recordemos cuando en España sufríamos los atentados de ETA y moría un policía, un guardia civil o un militar: siempre nos decían cuántos hijos tenía la víctima, con la intención poco disimulada, de manipular nuestras emociones y generar una respuesta empática en favor de la víctima (y por lo tanto del gobierno) y de rechazo visceral hacia los terroristas.

Como vemos, el lenguaje de programación mental del Sistema que nos transmiten los noticiarios, contiene implícitamente una escala de valoración de las personas dependiendo de su “clasificación” dentro de la sociedad.

piramide

Si en una noticia nos dicen que mueren 4 obreros en un accidente laboral (en el caso excepcional de que nos hablen de un muerto en accidente laboral que no lleve uniforme y pistola), ¿alguna vez nos notifican cuántos hijos huérfanos dejan esos trabajadores?

Nunca, o casi nunca.

Y la razón implícita de ello es que, siguiendo la lógica interna del Lenguaje del Sistema, un obrero tiene un valor muy inferior a un policía y por lo tanto no es necesario condicionar una respuesta empática artificial ante su desaparición, básicamente porque el sistema tampoco obtendría ningún beneficio al hacerlo, como sí sucede al tratar de generar empatía con alguien que representa a la autoridad y al poder.

Esa es la cruda realidad.

Pero la perversión implícita en este lenguaje del Sistema, va mucho más allá aún.

Este es un razonamiento que a algunas personas les puede incomodar, pero la realidad es que todas las catástrofes o tragedias que nos cuentan en los noticiarios, siguen unas fórmulas implícitas que todos tenemos asumidas de forma inconsciente.

Cualquier tragedia es cuantificable tanto en Magnitud como en Intensidad y dispone de su propia unidad de medida, como la tiene la distancia, el volumen, la fuerza o la corriente eléctrica.

No seamos hipócritas: la MAGNITUD de una tragedia se mide en Muertos. Y los heridos, son algo parecido a los decimales.

¿Cuántas veces hemos escuchado en las noticias algo como “el accidente provocó 21 muertos y 37 heridos”?

Eso significa que la magnitud de la tragedia, fue de 21.37

Un suceso con 1 muerto y 3 heridos, tiene una magnitud de 1.3 y uno con tan solo 26 heridos, una magnitud de 0.26

¿Parece un cálculo frío e inhumano de lo que es una tragedia?

Lo es. Es inhumano.

Pero este es el lenguaje de la Bestia, el lenguaje del Sistema, que inadvertidamente los medios de comunicación inoculan en nuestra psique.

Y todos lo tenemos plenamente asumido de forma inconsciente: programa nuestra mente como si fuéramos poco más que autómatas.

Pero no solo se cuantifica inconscientemente la Magnitud de las tragedias.

También se cuantifica la Intensidad de la tragedia, es decir, la carga emocional o empatía condicionada que debe provocar en el espectador.

Y para cuantificar la intensidad de la tragedia, existe otra unidad de medida: el Niñomuerto.

¿Cuántas veces hemos escuchado en las noticias algo como “el accidente provocó 200 muertos, 75 de los cuales eran niños”?

¿Qué nos transmite una noticia redactada de esta manera?

Pues que la tragedia tuvo una Magnitud de 200 y una Intensidad de 75.

La función final de la cuantificación de la Intensidad de la tragedia, midiéndola en niños muertos, es condicionar la cantidad de empatía que el suceso debe despertar en nosotros. Es un mecanismo que busca programar y cuantificar nuestra respuesta emocional, convirtiéndola en algo fácilmente parametrizable, como si fuéramos máquinas.

Puede parecer una exposición muy dura y descarnada, pero esa es la auténtica realidad y la podemos constatar cada día cuando encendemos la televisión, escuchamos la radio o leemos las noticias en un diario o en Internet.

Y puesto que todos hemos aceptado funcionar según estos parámetros de programación, ¡Dejémonos ya de tanta hipocresía y digamos las cosas por su nombre, de forma explícita y sin tantos rodeos!

Hagámoslo de una vez: añadamos ya estas unidades de cálculo de tragedia a las ya múltiples unidades de medida del Sistema Internacional. Pongamos al Muerto y al Niñomuerto al lado del Metro, el Kilogramo, el Amperio, el Newton o el Joule.

Que no mareen más la perdiz nuestros amigos los periodistas: que lo digan con toda naturalidad…”Última hora: se ha producido una tragedia de 200.42 Muertos de magnitud y una intensidad de 55 Niñosmuertos”.

Porque de hecho ya lo hacen y solo la repugnante hipocresía de nuestra sociedad y del mundo periodístico en particular, les impide exponerlo explícitamente.

Y ya puestos a arrancar máscaras y a aceptar sin tapujos que hemos sido programados con el frio e insensible lenguaje de la bestia, acabemos de deducir qué otras fórmulas se ocultan en su interior.

Hemos hablado de las unidades de magnitud e intensidad que sirven para cuantificar las tragedias y la respuesta emocional condicionada que deben provocar en el espectador.

Pero dichos cálculos se ven alterados por un conjunto de parámetros adicionales que no podemos ignorar.

Y es que como ya indicábamos antes, no todos los muertos cuentan igual.

Para calcular el valor de un muerto, también se aplica algo parecido a una fórmula matemática implícita, que incluye una serie de factores correctores.

La cantidad de valor que tiene un muerto depende de su profesión (un político cuenta más que un policía y un policía más que un barrendero o un camionero, por ejemplo); su posición social (un empresario rico vale más que un obrero); su nivel de celebridad (un jugador de fútbol famoso vale más que un maestro de escuela), etc…

Y a ello, debemos añadir los importantes factores correctores referentes a la raza, la cultura o la procedencia.

En Occidente, por ejemplo, un blanco vale por 1, un oriental vale por 0,3 y un africano negro o un indio, valen por 0,1; un hindú, un musulmán o un budista vale menos que un cristiano; un alemán vale más que un rumano y un norteamericano vale mucho más que un bengalí, etc…

Además, si la víctima habla tu idioma vale más que si lo hace en otro idioma; y podríamos decir que el valor dado a la víctima de una tragedia, también es inversamente proporcional a la distancia entre su lugar de origen y el tuyo.

A ello debemos añadir un factor adicional de corrección referente a la forma en que se han producido las víctimas. Por ejemplo, a un muerto en accidente de avión se le otorga un valor de tragedia superior a un muerto por hambruna, a causa del impacto visual y psicológico del suceso…y así con un largo etcétera de condicionantes diversos.

Todos estos elementos configuran algo parecido a una fórmula matemática que aplicamos de forma inconsciente a cada víctima cuando en las noticias nos hablan de cualquier tragedia o suceso.

Es este conjunto de rutinas lógicas, instaladas inadvertidamente en nuestra mente, las que provocan que sintamos un mayor impacto emocional por 4 muertos por un accidente de avioneta en nuestro país, que por 5.000 muertos en Etiopía a causa del hambre o de la guerra.

Si habláramos solo de “magnitud nominal” de la tragedia, la tragedia de Etiopía tendría una magnitud de 5000 respecto a la de 4 de nuestro país…pero los factores correctores reducen enormemente el valor de la unidad de magnitud de tragedia (el Muerto) en el caso de los etíopes, de manera que cada muerto etíope queda reducido a apenas unas milésimas de “muerto occidental” próximo a nuestra casa.

Sí, es muy cruel hablar en estos términos…pero así es el lenguaje de la bestia, instalado en nuestra mente y actualizado y reforzado, cada día, por los medios de comunicación.

Y lo aplicamos constantemente, como si fuera la cosa más natural y lógica del mundo.

Otra cosa es que nos neguemos a aceptar que nuestro cerebro está programado con estos parámetros…allá cada uno con su nivel de tolerancia a la hipocresía.

Esta es la cruda realidad y este es el lenguaje con el que la maquinaria del Sistema está programando nuestra mente a nivel profundo; susurra incesantemente sus cifras estadísticas en nuestros oídos, como un mantra que nos aturde las emociones, hasta el punto de que ya no vemos a las demás personas como iguales a los que amar o respetar, sino como datos sumables o restables, como puntitos lejanos que oteamos desde una gran altura y por los que no podemos sentir nada.

Este lenguaje, con su lógica fría y su simulación numérica y simplista de lo que es la emoción o la empatía, tiene la capacidad de convertir lo mágico, lo misterioso, lo inaprehensible, en una mera desviación estadística.

Por lo visto, es el lenguaje del nuevo mundo hacia el que nos encaminamos.

Un lenguaje científico y tecnocrático, en el que los individuos de valor incalculable, con sus sueños y talentos únicos, son sacrificados impíamente en los altares de la eficiencia del Sistema, para aumentar en un 0,1% algún indicador estadístico de la gran maquinaria.

Nos han infectado la mente con este nuevo lenguaje, con el objetivo de que nos adaptemos sumisamente al nuevo mundo que se está gestando y para que concibamos sus lógicas internas como algo natural e inevitable, como lo es el paso del tiempo , la ley de la gravedad o la constante de la velocidad de la luz.

Y de hecho, es algo que ya está sucediendo; la infección ya ha llegado a lo más hondo de nuestra psique.

Con la crisis, hemos visto como a gran cantidad de personas, con sus sueños, sus anhelos y décadas de esfuerzos denodados a sus espaldas, se las ha “desechado” como piezas inservibles, para favorecer un descenso de 100 puntos en la Prima de Riesgo, o para aumentar en un 0,3% el crecimiento económico interanual.

¡Y la mayoría de gente se lo ha tragado como si fuera la cosa más natural del mundo!

Por lo visto, la inmensa mayoría de la población está dispuesta a sacrificarse en pos de alguna cifra macroeconómica abstracta, sin tan solo preguntarse qué representa esa cifra, si es algo real o no, ni a quien favorece realmente la mejora de ese indicador de significado tan difuso.

Con expresión resignada nos encaminamos nosotros mismos hacia el altar de la oblación, siguiendo el sendero de la “responsabilidad ciudadana”, para ser sacrificados por la gloria del Dios-Sistema.

Las voces de los grandes sacerdotes resuenan en los altavoces mediáticos, prometiéndonos que “nuestra sangre fertilizará los campos y aumentará el rendimiento de las cosechas en un 10%” y conformados, nos tumbamos sobre el altar para que nos desollen…y ya ni tan solo, en el colmo de nuestra derrota como seres humanos, exigimos que se realice un ritual decente para nuestra inmolación, adornado con bellos cánticos de ofrenda o danzas ceremoniales; ¡Que va! Nos han programado hasta tal punto, que permitimos que cualquier funcionario gris y mediocre nos abra en canal y nos despelleje con desprecio, como si fuéramos reses en un matadero.

Y aquellos que se atreven a rebelarse y levantan sus gritos llamando a la rebelión, a la desobediencia, o incluso a quemar el templo, no tardan en ser acallados por sus propios compañeros, que los acusan de violentos, de insolidarios o de vagos improductivos que no están dispuestos a sacrificarse por el bien común, el progreso de la humanidad, o la recuperación patria.

Son los nuevos herejes, ahora denostados bajo el apelativo de “terroristas anti-sistema” y no tardan en ser golpeados o incluso linchados por esas masas dispuestas a eviscerarse por la “gran causa” del Dios-Sistema.

Imaginemos por un momento, ¿qué habría pasado durante esta crisis, o ahora, durante la impostada fase de recuperación, si el lenguaje de la Bestia no estuviera instalado en nuestra mente con toda su parafernalia estadística?

La reacción de la población habría sido muy diferente.

Si la gente no se hubiera creído, absolutamente convencida, que su sufrimiento y sus apuros servían para que la prima de riesgo bajara 70 puntos o las expectativas de crecimiento pasaran del 0,9% al 1,4%, nadie habría tragado con la situación. Los ciudadanos solo se habrían fijado en los aprietos de su día a día, solo habrían visto a sus hijos viviendo peor que antes y eso los podría haber llenado de una rabia incontenible de impredecibles consecuencias.

Sí, es cierto, la rabia ha existido, se ha reflejado en las calles de alguna manera, pero ha sido apaciguada en gran manera (entre otros factores) por la susurrante voz de la Bestia; con su lenguaje falaz y su profusión de datos, ha conseguido hipnotizar a las masas y desviar toda esa rabia real y tangible, diluyéndola en un mar de datos abstractos e incomprensibles.

Ha sido al otorgarle cifras estadísticas al sufrimiento individual, disfrazándolo de esfuerzo colectivo, cuando la gente ha aceptado sumisamente su estado de precariedad.

Cada gota de sufrimiento ha sido sustituida por un “dato estadístico esperanzador” que indicaba unos “prometedores resultados” y una “incipiente recuperación” y la gente ha seguido recibiendo los latigazos con la cabeza gacha, pensando “bueno, ahora toca remar fuerte, pero pronto llegaremos a puerto”, como esclavos en una galera romana a los cuales se les comunica, tras una jornada extenuante, que “han rendido un 0,25% mejor que el día anterior y que su navío es un 1,2% más rápido que el resto de galeras de la flota”.

Mucha gente dirá que ha sido el gobierno el que ha manipulado a la población, ofreciendo todos esos datos macroeconómicos esperanzadores; pero esa solo es una visión superficial de la situación. La realidad profunda, es que si nuestra mente no hubiera sido programada con el lenguaje de la bestia y si no lo hubiéramos interiorizado tanto, hasta el punto de alterar nuestra percepción de la realidad, los gobiernos no dispondrían de ningún resorte para conducirnos como un rebaño.

La clave de todo, radica en la aceptación de los programas mentales.

Somos esclavos en una galera, que pensamos:

“Hoy me han pegado 3 latigazos, pero la media para esta galera es de 4 latigazos diarios, ¡soy afortunado!”

“Hoy han muerto 8 remeros por extenuación, pero en el resto de galeras mueren 10…tenemos un índice de mortalidad del 80% respecto a la media de la flota romana, ¡qué satisfactorio!”

“Hoy ha fallecido mi compañero de remo; es el cuarto de este mes, lo que indica un descenso interanual en el número de compañeros fallecidos en acto de servicio…¡Las condiciones mejoran!”

¿Dónde está la dignidad y el amor incondicional por la propia vida y por la de los demás?

Si pensamos así, si sustituimos cada latigazo y cada abuso, cada muestra de nuestra hiriente esclavitud e indignante sometimiento, por un dato estadístico vacío de sentido, ¿quién es el principal culpable de nuestra situación? ¿El que abusa de nosotros y lo decora con datos vacíos para sacar beneficio de nuestro lavado de cerebro, o nosotros, que nos creemos este lenguaje y lo tenemos interiorizado como si fuera algo real?

¿Qué sucedería si ignoráramos toda esta acumulación de datos vacuos y nos centráramos en el dolor del latigazo y en la injusticia de estar encadenados en un navío, remando hasta la muerte, para beneficio de un sistema que desprecia nuestra existencia?

A base de calcular las condiciones estadísticas de nuestra esclavitud, hemos acabado olvidando lo realmente esencial: que somos esclavos, que estamos encadenados a un remo y que nos pegan latigazos para que sigamos remando.

Solo centramos nuestra atención en contabilizar los latigazos, en lugar de focalizar toda nuestra energía en luchar por dejar de ser unos esclavos de una vez por todas.

¡Debería darnos vergüenza!

La dignidad no se puede cuantificar; no es algo negociable o relativizable. Se tiene o no se tiene. Uno se respeta a sí mismo o no se respeta. Punto. Y lo mismo sucede con las demás personas.

Como ya hemos dicho otras veces, nuestro valor real es incalculable.

Pero es algo que hemos olvidado por completo.

Debemos reconocer que el Sistema es una maquinaria tremendamente eficiente a la hora de manipularnos y reducirnos a la nada.

Ha conseguido programar nuestras mentes, primero para que sacrificáramos nuestras vidas por conceptos abstractos, pero con un reflejo tangible y real, como eran las patrias, las religiones y las ideologías.

Y con el paso del tiempo, ha dado un paso más y está consiguiendo que sacrifiquemos nuestra existencia y nuestra dignidad por simples datos estadísticos, mucho más abstractos y difusos, hasta el punto de que prácticamente existen solo dentro de nuestra mente.

Podemos decir, alto y claro, que los datos y las macro-cifras estadísticas, son la nueva representación de la divinidad.

La imagen icónica del nuevo Dios al que debemos entregar nuestras vidas y las de nuestros hijos si es necesario.

Ahora, la santísima trinidad son la Eficiencia, el Rendimiento y la Sostenibilidad.

A través de ellos se alcanza el paraíso.

Todos hemos aceptado este nuevo modelo de divinidad; todos nos hemos subyugado servilmente a esta entidad abstracta.

Y con ella, aceptamos la autoridad implacable de sus máximos representantes: los tecnócratas, los flamantes sacerdotes de la nueva religión mundial.

Ellos son los portavoces máximos de los designios de nuestro nuevo dios: la Máquina-Sistema, que exige continuos sacrificios de sangre para ser cada vez más eficiente.

Los viejos dogmas de fe de la religión han muerto para siempre: ahora la nueva religión es la ciencia y tiene un lenguaje litúrgico propio.

Las túnicas han caído y las sotanas se apolillan en los armarios por el desuso…pero que nadie crea que los viejos sacerdotes han desaparecido.

Ahora llevan batas blancas cuando pertenecen a la Sagrada Orden de los Científicos, o visten trajes y corbatas cuando forman parte de la Santa Orden de los Economistas; y han cambiado sus cruces y báculos por tubos de ensayo, escáneres cerebrales y completas auditorías de las cuentas.

Sus antiguos sermones se han convertido en sesudos estudios científicos igualmente dogmáticos, pues son portadores de una supuesta verdad absoluta indiscutible, respaldada por presuntos datos incontrovertibles.

Es la religión del Nuevo Mundo.

Un Nuevo Orden donde el destino de los individuos seguirá estando escrito de antemano, como antaño.

Ahora vendrá determinado por tantos por ciento y cifras solo escrutables por los magnos sacerdotes; nuestro destino vendrá determinado por nuestra inclinación genética, cuantificable mediante probabilidades y por condicionantes socio económicos parametrizables mediante análisis estadísticos.

Los nuevos sacerdotes determinarán si en base a estos datos debemos ir en una dirección o en otra; determinarán si seremos más eficientes para el sistema ocupando una u otra posición social; si seremos prescindibles o si debemos ser reciclados; si iremos al cielo de la eficiencia o al infierno de la improductividad.

La nueva doctrina, vomitada por los nuevos sacerdotes nos dice: “No sois nada. Solo sois paquetes de datos clasificables. Y estáis al servicio del Dios-Sistema. Lo amaréis por encima de todas la cosas y temeréis su ira cuando oséis ignorar sus designios”

¿Acaso no son los mismos conceptos que han encadenado nuestras mentes durante milenios, pero mucho más evolucionados y perfeccionados?

¡Es fascinante la capacidad que tiene el Sistema para cambiar de piel y adaptarse a las nuevas circunstancias que su propia evolución va generando!

 

Fuente

 

 

 

 

 

Las cuatro etapas de la vida adulta

Según el psicoterapeuta Carl Gustav Jung, existen 4 etapas por la que todos los seres humanos pasamos a lo largo de nuestra vida adulta, y son las siguientes:

1. La etapa del Atleta

En esta etapa, nuestra mayor preocupación es nuestro aspecto exterior, nuestro cuerpo. Durante esta fase, nos pasamos horas mirándonos al espejo, observando nuestro reflejo. Nuestra apariencia es lo más importante para nosotros, por encima de todo lo demás. Estas son las preocupaciones que tenemos cuando nos encontramos en la fase inicial del desarrollo adulto. Durante este período la vida parece imposible sin un espejo y sin la aprobación constante de los demás, que nos hace sentirnos seguros.

El avance más allá de esta fase viene determinado por cómo te obsesiones por tu cuerpo, evidentemente, es saludable cuidarlo, ejercitarlo y nutrirlo. Enorgullecerte de tu aspecto físico y disfrutar de los cumplidos que te hagan no significa que estés obsesionado con tu cuerpo. Pero si tus actividades cotidianas giran alrededor de esto, significa que aún no has abandonado este período.

2. La etapa del guerrero

Durante esta fase, nuestra mayor preocupación es salir ahí fuera y conquistar el mundo. Queremos hacerlo todo lo mejor posible, ser los mejores, hacer aquello que hacen los guerreros, actuar como actúan los guerreros. En esta etapa pensamos continuamente en cómo tener más éxito que todos los demás. Es una etapa de comparaciones, de vencer a aquellos que están a nuestro alrededor, para poder sentirnos mejor porque hemos logrado más. Nosotros somos los héroes, los más valientes.

Esta es una fase llena de ansiedad. En este momento, el ego domina nuestras vidas y nos sentimos impulsados a conquistar el mundo para poder demostrar nuestra superioridad. Los trofeos, las recompensas, los títulos y la acumulación de objetos materiales es lo que define nuestros logros. El guerrero se siente intensamente preocupado por el futuro y por todo aquello que pueda interponerse en su camino.

3. La etapa del profesor

En esta fase, nos damos cuenta de que aquello que hemos logrado hasta el momento no es suficiente para nosotros, para sentirnos realizados, para ser felices… ahora empezamos a buscar formas de marcar la diferencia en el mundo, formas de servir a aquellos que están a nuestro alrededor. Queremos saber qué es lo importante para los demás, y cómo podemos ayudarles.

Nos damos cuenta de que aquello que hemos perseguido hasta ahora, dinero, poder, posesiones, seguirán apareciendo en nuestras vidas, pero ya no les damos el mismo valor que antes, ya no sentimos tanto apego hacia esas cosas. Ahora estamos en una etapa diferente de nuestra vida, sabemos que existe algo más importante. Aceptamos esas cosas, y las agradecemos, pero no nos importaría vivir sin ellas.

En esta etapa, todo lo que queremos hacer es darnos a los demás. Ahora sabemos que recibimos mucho cuando damos a los demás. Sabemos que es el momento de dejar de ser egoísta, egocéntrico y empezar a pensar en maneras de ayudar a los que pasan necesidad. Queremos dejar el mundo un poco mejor de como lo encontramos.

La fuerza fundamental en nuestra vida ya no es el deseo de ser el más poderoso o atractivo, o el de dominar o conquistar. Hemos entrado en el ámbito de la paz interior. Siempre podemos encontrar la felicidad si actuamos al servicio de los demás, independientemente de lo que hagamos o de cuáles sean nuestros intereses.

4. La etapa del espíritu

Según Jung, esta es la última etapa de nuestras vidas, en la que nos damos cuenta de que ninguna de estas 3 fases anteriores define quiénes somos y lo que somos. Nos damos cuenta de que somos mucho más que nuestro cuerpo, más que nuestras posesiones, más que nuestros amigos, nuestra familia, y todo lo que habíamos pensado hasta ahora. Empezamos a pensar que somos seres espirituales que están teniendo una experiencia humana, en lugar de seres humanos que han tenido una experiencia espiritual.

Llegamos a la conclusión de que esta no es nuestra casa, que no somos lo que pensábamos que éramos. Estamos en este mundo pero no pertenecemos a él. Ahora somos capaces de observarnos a nosotros mismos desde una perspectiva diferente. Ahora somos capaces de salir de nuestro cuerpo, de nuestra mente y entender quiénes somos, de ver las cosas como realmente son. Nos convertimos en el observador de nuestras vidas. Nos damos cuenta de que no somos lo que vemos sino el observador de lo que vemos.

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